Magazine del colectivo Quimera

Segundo capítulo de una novela por entregas Daniel Ferreira de León

In Uncategorized on octubre 4, 2010 at 3:08 AM

Francesco Baumann

Pensé que la guerra, (que empezó un par de años antes para él) me desembarazaría incluso del recuerdo más vago de esa nulidad llamada Cesc. De ese montón de idiotas que era Cesc tomado a solas. El tamaño de su imbecilidad, en la naturaleza corriente, sólo podrías reunirlo a partir de una multitud. ¡Y con tus dificultades! Cuando se fue al frente, entre ciclos de óxido y fumeta de trenes, bajo su mochila y su cara de pastelero tenor, precedido de una pequeña ceremonia de despedida en el cuartelillo del pueblo y la parroquia, condecorado con las medallas y el uniforme de su padre, y enfardado con sus muertos y su heroismo distraído… decía… cuando se fue al frente, jodió el equilibrio sentimental del pueblo. Las mejores reputaciones de la localidad se quedaron a solas. Labradas a fuerza de vejez, jubilación de la vida, sencillo cansancio. Demasiado tísicos para la pelea o los cargos de gobierno, los que quedaron. No tenían nada que decirse; ningún fragmento de infamia que lanzarse entre sí. Flores y galanteos inactivos era lo único que se oía. Ya no entraban en disputas de precios, dilaciones o pequeños sobornos. Sus rebaños habían sido confiscados para la última causa. Las próstatas de los adúlteros se convirtieron en piedra por el piadoso encantamiento de la senectud. Se había marchado nuestro imbécil. Llorábamos a nuestro Mambrú. No nos quedaba nadie a quién insultar con aire de enseñarle el arte de la vida. El pueblo se había vaciado de escoria. El circo no pasaba por aquí. No teníamos a quién enviar a hacer pequeños mandados degradantes. Aveces como favor hacia él mismo, incluso. Otras, como una penitencia por delitos inexistentes. Los soldados y la policía (y mi inestimable colaboración con lo de Marowski), habían limpiado de inferioridad y pobreza itinerante nuestro pequeño pueblo. Mis conciudadanos no encontraban conversación en las colas de la panadería. Se quedaban con el rencor en los labios, viendo asustados cómo se cerraban las puertas del infierno para ellos. ¡El periódico no tenía ninguna utilidad! Sólo consignaba tediosas victorias en un frente móvil, una lejana línea de cadáveres estupendos, dibujada con mimo por una florista del Reich. Rojos y grises, los cadáveres, o viceversa. Los rumores habían muerto, desnutridos, apáticos. Todos sintieron hasta qué punto se jodió la armonía civil con la marcha de Cesc a su primer destino húngaro. El resentimiento empezaba a dirigirse contra los funcionarios, los gobernantes… incluso ¡contra la policía! Culpaban a la guerra de llevarse a Cesc, y al gobierno por desencadenarla. Lo mantienen en Grecia, ahora, arrancado del seno de su pueblo. Quién sabe dónde acabaría después, el imbécil, el santo radiante. Nada estaba claro en esta guerra de turismo infatigable. No había perspectivas de que volviera y se reinstaurara el orden natural, cristiano, con el salvador perturbado bien machacadito y meándose de dolor… en las alturas de un palo del pueblo; por y para él.  Un humor impensable se paseó por la calle principal cuando Cesc se fue a la guerra. ¡Las panaderías sonaban mustias como capillas! Pero a quien se le vino la noche encima con su marcha, fue a su madre. La honesta mujer de Otto Baumann. ¡El cabo Otto Baumann! Un fragmento de cien hombres, también él. Veteranísimo de la primera guerra. De parche en el ojo y dentadura viajera. Mascado como una pelusa de tabaco por todas las guerras de Alemania. Acabó muerto a la primera de cambio, cuando los polacos a caballo resistieron la primera invasión, lanzando galletitas, insultos y sus propias heces contra el blindaje alemán. Cuando llegó la noticia, Monsigniore, el párroco católico, tuvo que esforzarse para no echar una carcajada en el salón de los Baumann. Alguien la había dicho, a la salida de la parroquia, que Baumann sucumbió al primer pedo de un cabo polaco. La broma era más fuerte que su piedad. El hombre de las mil batallas la había palmado de un escupitajo y entre imágenes así es difícil elegir las palabras. Pero la tardanza definitiva del cabo Otto no fue la peor de las noticias que le llegaban a su familia, desde el ayuntamiento. Hubo una demora de seis meses en la paga de los bonos de viudez y Martha, la madre de Cesc, había sacrificado ya sus dos últimas gallinas. Al romper el último huevo de su ponedora (ya en la harina del recuerdo) se metió a puta. Discretamente, primero. Con sentido de misión, tres días después. Recibía en su casa. Instaló en su salón la sala de espera y la oficina infectoria, para supervisar el tinte, aveces macabro, de las pililas. Un retrato todavía binocular de Otto presidía. Sentada en el arcón de la vajilla, Naty, la hermana pequeña de Cesc, inspeccionaba y lavaba, escrupulosa y rápida, las vergas de los soldados y los vecinos. Exceptuaba a los oficiales y al alcalde que pasaban con los espárragos al natural, dentro de la lata, con un presumible amarillo pálido inmaculado. Cuando Naty encontraba una verga roja, la olía de cerca, arrugando la naríz con verdadero desprecio higiénico. Se las frotaba durante un minuto, con abundante grasa de cerdo y una destreza de cadena de montaje, muy decente y funcional. Reunía apenas catorce años entonces, pero habría podido reconocer a cada uno de los parroquianos por el aspecto o el tufo de sus miembros. Al hijo de la panadera no lo dejó en paz un minuto. Le hundía la naríz en el pubis, sujetándolo por los muslos, mientras chillaba con un hilito de voz entre mísitca y felina, encendida por los celos. Puerco, le decía, más que puerco, qué diría tu hermano, el profesor, si te viera revolcarte con esa pasa infecta de mujer… No entres, no vayas, tómame a mí… amor… se lamentaba, sin despegar la cabeza del pubis, orando, orando profusamente. Los ancianos se quejan, enseñándole sus pequeñas vergas en la mano, como a un pichón enfermo y negruzco. ¿Por qué me haces esto? ¡Impaciente! Le saca por lo menos diez años. ¡Por qué no te irás a la guerra! Le dice, antes de que él se zafara con un golpe de cadera y le escupiera simbólicamente el pelo, sin devolverle jamás una palabra de contestación. Pero, como les contaba… el idiota de Cesc debía cumplir con su destino. Imitar la bravuconería de su padre Otto, pero sobre todo, resguardar la tradición de verse enredado en las convocatorias guerreras, como un gato en el menaje. Era una celebridad, después de todo, su padre. El partido acudió a él para convertirlo en uno de los más maltrechos estandartes de carne que se hayan alzado al viento. Viento de pimentón y mermelada rosa. Brisa picante. Cesc se hinchaba de orgullo al evocarlo. El idiota del Káiser lo condecoró por sus proezas. Su pequeño suceso heroico fue consignado por un estudiante de periodismo de Munich que lo convirtió en una gloria instantánea, resistente a la derrota final, por toda la comarca. Luego, el periodista fue encarcelado por insultar el honor de la señora del Alcalde y, sobretodo, acostarse con un librero del Klopstockweg. Otto en persona viajó hasta la mitad de Baviera para defender su honestidad… No sirvió de nada. Cesc conserva una foto de la premiación de su viejo. El pollo mental del Káiser se veía, desovándolo a lo lejos, en medio de personalidades y eminencias, manchas de luz y presumibles canapés, mientras Otto Bauman y varios segmentos de sus camaradas posan frente a la cámara. Habían sudado su propia carne. Como soldaditos de plomo custodios de una fundición. La hazaña de Baumann fue la de mantener con vida durante casi tres horas al tercio visible de su hermano Fancesco. El Cesc original, en nombre de cuyos sufrimientos fue bautizado su propio hijo. Estiró su agonía todo lo que pudo, en el borde exterior de la trinchera, dándole respiración boca a boca, lavándole la cara de sangre con la cantimplora, besándole los asomos de calavera en mitad de la ofensiva enemiga. Caía munición como confetti caliente a su alrededor, pero no lo abandonó. Lo besó interminablemente. Vals. Trompetillas. Se detenía cada tanto para escupir coágulos de sangre y diente molido. Siguió bombeándole aire, con la mitad del cuerpo ofrecido a la frontera francesa, besando al Francesco original. En el pueblo todavía se le llama “Baumanner” al beso con lengua… O hablamos de comerle las muelas a las chicas, en honor al militar…  Así que, poco antes de su partida, le organicé una buena despedida, a Cesc. En el campo, aprovechando un pic-nic programado de mi distinguida familia. Unos mierdas resplandecientes como cubertería fina. ¡Caviar fresco, mi estirpe! Caquita de lujo. Mi padre llevaba la bocamanga de su traje manchada de salsa, spaghettis, repollo hervido. Se levantaba muy a menudo de su cabecera a saludar. El brazo se dirigía contra el sol de la patria como una saeta tembleque. ¡Firme!, mi padre, con todo lo que tenía. Un funcionario de provincias de los que se burlan a toda costilla en las viñetas del periódico. De esos chupatintas que deben justificar su existencia a cada segundo, sobre todo cuando pasa por delante un médico o un militar. Y sin embargo ¡Son la verdadera savia de la nación! El mecanismo puro de la guerra. Su entraña de relojería y tinta china. Los tendones le sonaban como cuerdas de hielo, a mi viejo, cuando saludaba sobresaltado por un golpe de carrillón.  Así que nos reunimos con Monsigniore y su secretaria y partimos los cinco. La chica austríaca se acomodó con Cesc y conmigo en el asiento trasero, mientras Monsigniore hacía leves alusiones botánicas, entre pausas breves para sonarse o saludar el paso de los convoyes. Enseguida retomaba su lección de excelente naturalista, sin perder jamás el tono agonizante. Yo llevaba mi maleta a los pies. Llena de retazos de la grandeza alemana. Cascos y distintivos. Águilas y cruces. Hierro sólido y tierra negra. Pero sobre todo, un bigote postizo en forma de cuerda saltada del instrumento más velludo que consigas imaginar. Haríamos una pequeña función de teatro para amenizar la promenade. Y usaría a Cesc como mi nibelungo privado.  Cesc posee un instinto infartante para decir siempre lo correcto.  ¿La patria, Cesc?  ¡La vida!  ¿El cielo, Cesc?  ¡Dios! ¿El cielo nublado, buen hombre? ¡Lloverá, tal vez! ¿Siempre que llueve, escampa? ¡No volverá a caer una sola tormenta más sobre Alemania! Mi padre y Monsigniore continuaban a lo suyo. La pequeña secretaria del sacerdote buscaba encogerse un poco más en defensa de una virginidad que nadie se atrevería a amenazarle. Era fea como un topo y olía a toronja seca.  Mi padre me vió abriendo la maleta y hurgando en el interior. – ¿Qué llevas ahí, Dieter? – A tu país, padre, a tu país entero. – recuerdo que le respondí. Bajamos los cinco en un prado. Cesc estaba hambriento y ansioso por comenzar la representación. Devoró rápidamente su sandwich de arenque y queso y se fue tras un matorral con la maleta. Lo habíamos ensayado muy bien. Una payasada milimétrica que únicamente el bigote podía diferenciar de nuestra altisonante y estrepitosa propaganda. De nuestro teatro y nuestra política. Algunos ruiseñores se alejaron de Cesc a toda carrera, mientras nosotros extendíamos el mantel y las cestas. Padre trataba de reproducir una escena de revista norteamericana, aunque ahorrándose el elemento perturbador de la jefa-del-hogar. Cesc apareció desde los matorrales entonando su cancioncilla patriótica. La gloria alemana iba vestida de vagabundo. De borrachín. Patética y arrugadilla en una escena de guignol. Tenía una potente voz de panadero aficionado a la ópera. Mi padre miró hacia todas partes, antes de atreverse a sonreír. Monsigniore le clavó su mirada radiante de abusador de niños. La secretaria dió dimituas palmas de pajarito mientras se aseguraba de que la falda la cubriera por completo. La canción acabó y pedimos la siguiente. El orden patriótico de las canciones, espontáneas y simples como la expresión de un muerto, estaba muy claro. – ¿Esto lo has organizado tú? – me preguntó mi padre. – Si perdemos la guerra noloquieradios, podrías dedicarte a los musicales. Podría arreglarlo todo para que empieces a trabajar con Volker, el marionetista. ¿Qué dices? Si todo sale mal, te ofreceré como aprendiz.

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