Magazine del colectivo Quimera

Hotelo

In Uncategorized on octubre 4, 2010 at 3:12 AM

Hotelo.

–          Los celos son manifestación de cierta finura. Higiene. Disgusto por la suciedad. Es el asco natural de cualquier hombre civilizado ante todo embadurnamiento pringoso de nuestros utensilios. Admitir que lo que pincelean con engrudo caliente es a nuestras mujeres, es la clave. Además es un asqueroso resultado de la oscura fraternidad masculina, eso que los maricas de barco llaman camaradería, el conocer la forma en que las mujeres impresionan la sensibilidad de los tipos. Por lo general no ha sido más que emparedar al que te dije en una almeja sustanciosa y mocosa hasta descarnarla por fricción. ¡Y mi mujer no es un molusco conchudo!.

Bernardo se consideraba demasiado intelligentsetse, de avanzada, para soportar el seudónimo de Hotelo. Ese nombre de caballo morisco, decía, ocultaba su naturaleza civilizada y rafiné. Petitjean insistía en considerarlo un bruto simio territorial. A mí me importaba un huevo la forma en que castrara a su mujer. Podía hacerlo con una lata de conservas o con un cinturón de cemento sin que encontrara mi granito de oposición.

Petit le había espetado en crudo, en la cafetería de un parapléjico, mientras esperábamos que se asaran los croissants y llegaran a nosotros: <<lo tuyo es sólo una manifestación de egoísmo. ¿Fuiste hijo único?. ¿Aha?, ya me lo parecía. Lamento informarte que las únicas faldas de pliegues incondicionales serán las de tu madre>>.

Petit Géant hizo un pequeño gesto de incredulidad, breve y confuso. No creía en nada de lo que decía. Toda su gesticulación, que parecía de algún modo reafirmar sus palabras, no era más que el intento fallido de la boca de contenerlas.

–          ¡Está bien!. – Hotelo se envaró en los puños – Estoy dispuesto a demostrarlo. Los celos no son más que consciencia antiséptica elemental. Hay demasiadas babillas y moquillos repugnantes contra los que proteger a la mujer que se ama. Si ustedes consiguen un eunuco pulcro, con control sudoral y debidamente entalcado, juro que dejaría que se montara a Fanny en mis propias narices.

A Petit Geant se le encendió el foco de gas, retardatario, de la inteligencia y lanzó el eureka. Hotelucho se preocupó. Petit apareció del baño con el espejo del tocador y se lo plantó frente a la cara.

–          Ahí lo tenés. Un perfecto guardián de sultanato.

Hotelucho se miraba con extrañeza, con las cejas arrobadas, casi dispuestas a creerle a Petit Geant. Desensobró un puño imprevisto de la axila y partió el espejo en tres pedazos.

Nos pusimos en camino hacia su casa. La idea era que o bien Petit o yo, nos sometiéramos a un proceso de aseo y esterilización, que Hotelo supervizaría, y nos pasáramos a Fanny por las armas. Aquella operación de adulterio consentido arrojaría pruebas bien gordas de que el apodo morisco que le colgaba de la imbecilidad era una injusticia.

Camino a su casa se echó para atrás, arrepentido, inventando excusas y dificultades, a espacios regulares de cuatro metros. Pero no pudo desestimular nuestra nueva fe experimentalista. Inquebrantable, como cualquier novedad. Nuestro escepticismo no iba a retroceder ante meros juramentos y argumentaciones. Tenía que darnos alguna prueba sólida, con la contundencia de tres martillos bien forjados. Era su deber abrirnos el pubis de su mujer para saciar nuestra curiosidad científica. Después de todo, lo hacíamos en nombre de la verdad experimental. Para desmitificar todo el asunto. ¡Era como recelar de un par de estupendos ginecólogos!

Bernardo nos obligó a detenernos en el umbral de su puerta. Iría a plantearle la situación a Fanny. No era un operación sencilla. De sobra sabíamos que tendría que usar toda su capacidad argumentativa para convencerla. Una buena esposa tendría que sacrificarse por la reputación de su marido.

Esperamos cerca de media hora bajo la luz amarillenta del porche. Le concedimos diez minutos más. La deliberación tenía que ser tan compleja como ridícula. Petit se atrevió a decir que aquello era una locura. En el caso de que Fanny aceptara revolcarse con alguno de nosotros, no podíamos ser tan hijos de puta como para acceder. Si Bernardo quería deshacerse de aquel apodo injurioso, podíamos iniciar una campaña de rumores que lo desmintieran. Además, nadie pensaba que el celar a una mujer, de costumbres tan livianas como Fanny, estuviera mal. Era un síntoma de lucidez. Sin la mediación de los celos de Bernardo el número de vergas que usarían su lavabo se multiplicaría por cien.

Me negué a moverme sin por lo menos escuchar los resultados de aquella conversación. Imaginé a un Bernardo con la cara deshecha, diciéndonos que no, no era posible, Fanny se encontraba indispuesta, o alguna frase hecha del estilo. Incluso sorteamos con quién se iría a vivir Bernardo por unas noches, hasta que su esposa se decidiera a readmitirlo. Fortuna se ensañó una vez más con Petit.

Un par de minutos después, la puerta se entornó con suavidad, y apareció Bernardo. Traía puesta la gabardina, por lo que me preparé para lo razonable. Se acercó usando una sonrisa astuta y con asomos de harina y nos comunicó que todo estaba dispuesto. Fanny se preparaba en el tocador. Ni bien apagara la luz del baño y se retirara al dormitorio, podíamos entrar. En todo momento se dirigió a Petit, así que supuse que era el elegido. Mi rol sería el de mero espectador aburrido, obligado a escuchar los descargos de Bernardo, y a ver desarrollar en la pizarra una fórmula deliciosa. Odiaba aquel papel, tenía que dar final a un ejercicio divertido, pronunciando el quod erat demostrandum con voz litúrgica, de párroco eunuco.

Sin embargo, la duda que me carcomía con más voracidad tenía que ver con el aspecto de Fanny. Sabía que era una de las mujeres fáciles del momento. En las tardes, recibía nutriciamente a los muchachos del barrio. Sin dudas, se había magnificado el asunto, pero estaba preparado para encontrarme con la escupidera de moco de dos o tres mecanicos, o carniceros, o simples chicos de sonrisa lustrosa, de por allí. Pero, en términos de figura, no habían soltado ni un solo dato. No podía componer ni siquiera su silueta. Y no iba a consentir que el grotesco siguiera en aumento. Incluyendo ahora a una gorgona chueca y con calenturas, siendo enhebrada por un enano.

Pudimos ver la luz del baño encenderse y apagarse. Fanny había terminado y estaba impaciente por defender el honor de su marido. Hotelo me pidió que esperara en el recibidor. Me entregó el control remoto y me ubicó en el sofá de felpa repelada que daba hacia la calle. Lo encendí en la MTV mientras iban al baño a desinfectar a Juan. No quise sostener demasiado el pudor de la espalda. Giré la cabeza hacia la puerta del dormitorio y vi a Fanny husmeando por un requicio. Sonreí y saludé. La puerta del baño volvió a abrirse, así que fingí concentración en un zapping vertiginoso. Saltándome los canales sin lograr identificar las figuras de una sola escena. Hotelo se acuclilló y buscó algunos tarros higiénicos en el aparador. Sacó una bolsa de talco corporal y jabón de glicerina. Un cepillo de cerdas duras y una piedra pómez. Me reí imaginando la cara de babuino asustado que pondría Petit. Lo sometería a un descamamiento feroz. Es decir, le sacaría de encima todas las células muertas hasta dejarlo con la piel al rojo. Sin darse cuenta, y para incrementar el absurdo de la situación, lo ponía a punto, incentivando la sensibilidad corporal habitualmente deprimida de Petit.

La discusión se formó en el baño. Juan se resistía a que lo trataran como a un mueble, esconfinándolo y puliéndolo hasta sacarle un brillo irreal.

Volví a retorcer la cabeza. Ahí estaba Fanny, husmeando de nuevo. Al verse sorprendida desapareció. Volví a poner la MTV y aumenté el volumen. Llegué al dormitorio y la observé unos segundos en la réplica del espejo, acostada sobre su brazo. Tamborileando contra un vértice de la almohada, aburrida, y para mi consuelo, hermosa. Algo vieja, es cierto, pero un fruto ligeramente pasado puede escarbarte los dientes con la uña del deseo tanto como uno apenas inmaduro. Tracé el perímetro de su figura con la tiza blanca del deseo. Imaginé todas las posiciones de su cuerpo, agitado por la escena de los crímenes que la arrojaron en aquella posición desalentada, apenas expectante, algo fastidiada por la demora. Adoptaría la misma posición después de la reconstrucción del crímen. Me metí al cuarto y ocupé una de las sillas que Bernardo había dispuesto, en un ángulo muy revelador, para que no perdiéramos detalle del desempeño científico de aquellos dos. Fanny sonrió. Me preguntó si creía que les faltaba mucho, super articulando los labios esponjosos, parecían de algodón de azúcar o moho rojo. Le hice conocer mi ignorancia con una mímica muda. Se sopló el cerquillo con fastidio. De nuevo gesticulando expresó su rabia por la repetición de aquella espera. Siempre lo mismo, se sentía en un quirófano. Le parecía ridículo y divertido. ¿Faltará mucho?. Se acercó a la puerta y trató de escuchar el estado de las operaciones en el baño. Aquello era insoportable. La erección me acribillaba el mentón. Se me iba a soltar la mandíbula en cualquier momento. El knockout espontáneo dejaría una mancha de derrota en mis pantalónes. El rango erótico de la situación superaba todo lo conocido.

Esperaba la señal para abandonar el banquillo e ir en busca de un adversario. Para desahogar mi furia. La derrotaría a golpes bajos, fuera de reglamento. Un halo de perfume dulzón movía sus dedos hechizantes sobre el cuerpo de Fanny. Se dirigió hacia la cómoda con espejo y trató de dispersar un poco más la sombra verde de los párpados. Ya tenía mi señal. La rodilla derecha se adelantó la distancia justa para que el floripondio magnífico quedara abierto a los caprichos revoltosos del sol.

El numerito fue veloz y silencioso. Un número concebible formándose en un ábaco, un número que designaba una riqueza moderada, cuyas cuentas caían marcando un único compás. Estaba mal afeitado, el desodorante extinto, el culo picante, las pelotas sudadas, los pies empapados y fétidos. Fanny apenas boqueó. Le gustaba tanto aquella gimnasia monocorde, por una razón misteriosa, que no necesitaba grandes despliegues. Necesitaba hamacarse un poco, sentirse enhebrada, sin más, sin esperar una sola cosquilla a cambio. Me sentí clavando la balloneta en un muñeco de felpa. Un cadaver destripado por dos siglos de ejércitos napoleónicos. Hambrientos, rápidos, descorteses, plebeyos, con los dientes podridos y fisurados por aullar la victoria, de la manera que fuese. Yo sólo debía marcar aquel cuerpo con una señal más de mutilación. Estaba demasiado anegado de esperma como para dejar una marca inconfundible. No llegaría a la pasta lechosa del hueso. Apenas dibujaría mi nombre en un sector que ocultaría facilmente el cabello.

<<¿Te gusta Juan?>>. En realidad no, era demasiado bajito. Pero si aquello ayudaba de alguna manera a su marido… Le faltaba seguridad y aquel apodo le generaba más inquietud. Las cosas podrían resolverse de esta manera excéntrica. Lo había intentado todo. Todavía lo amaba. Le gustaban sus bolsillos, su estabilidad y su pene siempre a media asta. De niña había amado a un osito descabezado, lo elegía para dormir por sobre todos los demás. Claro que necesitaba jugar con otros, que tuvieran mirada, orejas y, sobre todo, una boca un poco lujuriosa, aunque fuera de plástico.

Suena la puerta del baño. No pude contener la risa al ver a Petit. Desnudo, enrojecido por los escofinazos, con el pecho, los sobacos, las cejas, el culo y el pubis espolvoreados con talco. En el diminuto pene fláccido colgaba un condón. Lo más cómico del asunto eran los guantes de goma. El talle no le iba. Hasta los dedos parecían incapaces de erguirse. La dentadura le resplandecía. Tuvo que frotársela doce veces, sin enjuague, hasta demostrarse incapaz de producir saliva.

Ahora entraba al cuarto y saludó a Fanny desde los pies de la cama. Bernardo se sentó junto a mí, frotándose las manos. No podía sentir compasión por aquel personaje desarticulado y grotesco, de comedia bufa, con un olor lejía nueva, inmarsecible. Olía a manicomio, con los pisos trapeados, sin un gérmen, pero con la miseria y estupidez humanas dando voces en los pasillos.

Fanny adoptó la posición de loto sobre la cama. Con el camisón desprendido, invitó a Petit Geant a tenderse. Traté de distraer a Bernardo. Temía la evidencia impulcra que podría presentar aquella mata devastada. Fanny habia olvidado todo el franeleo preliminar. Su memoria era de polyfom inflado. Yo caí sin hacer mella, como una bola de caucho seco.

Bernardo estaba demasiado compenetrado en la competencia higiénica de Petit como para detectar que su pajarito había sido empetrolado. Habían caído sobre él un millón de metros cúbicos de crudo, pero él se preocupaba por defender a su ave de aquella última gota de alquitrán. Petit puso una rodilla sobre el colchón, y a contrapelo de la emoción inconfundible de su miembro, se declaró incapaz de hacerlo. Fanny no debía sentirse ofendida. Cualquiera desearía estar en su lugar, a punto de acoplarse con ella. ¿Qué tal si lo intentaba yo?, propuso Bernardo y me invitó al baño. Oh, no, no, creo que sólo con la posibilidad de la situación queda demostrado. ¿No lo creeía Juan?. Pues, todos de acuerdo.

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