Magazine del colectivo Quimera

Ésta será mi cajita de canicas de Andrés Sánchez Redondo

In Uncategorized on octubre 4, 2010 at 3:22 AM

Ésta será mi cajita de canicas, mi pequeña y frágil urna. Ahorraré aquí mi estúpido patrimonio. Y al abrir la tapa, etéreas mariposas y flameantes tridentes, caramelos de franjas coloreadas, generosos conceptos arrinconados… Tlup, tlup, tlup… desde su interior, un adjetivo anciano o un secreto municipal, por decir algo, confundirá mi cercano ojo, mi ceja crispada, con un irresoluble dios. He aquí mi plan de pensiones, me aseguraré una demencia sana y luminosa.

Escribir ahora de cualquier cosa al vuelo, porque el pensamiento es un francotirador con los ojos vendados. Acerca de la rendición, la más hermosa de las actitudes. La primavera no es más que… El hombre de rostro cuarteado que bebe en el fondo del bar, el niño que llora, el derviche que se inmola en el corazón de una roca, el empresario inexpugnable, el jubilado que frecuenta las obras públicas, el despechado que escucha a Caruso, el idiota que escribe.

Un grito: la voz etílica de un sargento me despierta en mitad de la noche. Hay una oscura energía militar en el pecho de cada hombre. Pronto la realidad se ensaña con uno, te pone en su sitio. ¡La realidad es tan real! Hay una vaga luz en la ventana, por el patio de luces se desliza la atiplada voz de una mujer. Son las tres de la mañana y un matrimonio ha decidido que es el momento de conversar acaloradamente.

¿A dónde voy? Me alejo de las carreteras. Quiero distanciarme de las autopistas, de los caminos. Deseo -y sé que es un deseo impertinente y fatuo- hollar parajes inexplorados, encontrarme de pronto tan solo, tan lejos de todo, tan bellamente asustado. Quien ha caminado por un desierto no soporta ver de nuevo los violentos semáforos, los acechantes pasos de cebra. Pero quien ha caminado por un desierto, quien ha vivido la experiencia de un desierto, ése no puede decirte al respecto la más mínima palabra. De ahí esa furia cordial y benévola que arde en los ojos de un tuareg. Hombre que anhelas a Dios, envuelve la adorable miseria de tu cuerpo en una túnica y tu franca cabeza animal en los paños de un turbante, muestra al Supremo el glorioso espanto de tus ojos, tu embozada risa de trastornado.

Pero cuán contradictorio puedo llegar a ser, se diría que miento como un solemne bellaco, pero soy sincero, y en la propia naturaleza de mi espontaneidad, de la espontaneidad de cualquiera, anida el ave de la paradoja. Tanto puede excitar mi espíritu la nítida expectativa de un horizonte como la turbia calidez de un hogar.  Un hogar es cualquier sitio donde uno no se ve apremiado a marcharse. Este banco de la avenida en el que me he sentado junto a mis ensoñaciones, también era un hogar para un elegante y astroso anciano. Cualquier lugar es bueno para soñar despierto. Un hogar también es un sitio donde poder coexistir con otros sin tener que mediar palabra. Ese anciano anotaba frases en un bloc, he tenido la desfachatez de cruzarle la mirada, sus ojos eran tan jóvenes y vitales, el voltaje de la escritura iluminaba su espíritu. Dejad que los insensatos se acerquen a mí. Como los insectos, estamos tan ávidos de luz que no nos importa achicharrarnos. En efecto, soy un adicto a la escritura, pero menos que a la alucinación. Configurar códigos al azar, como una slot machine del lenguaje, ¡ja! Quizás un día obtenga una frase con premio, es cuestión de probabilidades. Eso es, los pequeños percances cotidianos no son otra cosa que monedas, la calderilla de cada día dánosla hoy, oh señor de la tempestad y la gloria. Soy un yonqui que transita la vida buscando una dosis, ¿de qué? Un ludópata de la sandez. Estoy enamorado del mundo. Del mundo y de la parodia del mundo. A veces, toda la energía de un ser se concentra en su rostro. Esa muchacha que ahora pasa discutiendo con otra. Toda esa excitación de las cejas, ese síncope de las ventanas de la nariz, el vehemente ejercicio de los labios. ¿No besaría uno esa estremecida cabeza?, ¿no la estrecharía uno contra su pecho? Y también la del anciano luminoso, y la de aquel guardia que se enfrenta al tráfico, y la de aquella panadera con manoplas. ¿Se puede estar tan ebrio de belleza?

Un hombre fornido camina oblicuo por la calle. Tensa todos los músculos, sus hombros contraídos quieren ser más altos que su cabeza porque esa transformación es horrorífica. Con violentos gestos, busca enemigos a un lado u otro, a un lado, y luego al otro. De repente se observa en el reflejo de un escaparate o en algún espejo, y contempla a una frágil mujer, quizás hermosa. En los forzudos puños, ahora unas crispadas manitas,  las bolsas de la compra. Su cabello flota en el aire rosicler creando un bonito paisaje de olas. Esto parecerá una idiotez, pero yo he conocido a alguien así, quizás demasiado de cerca. ¿No se podría hacer un cuento con este material? Claro, incluso una novela. Pero ya nos aprietan suficiente los zapatos en la oficina: al caballo de la escritura lo quiero salvaje, inocente, primitivo, que ignore el sabor de un azucarillo. ¡Qué hermoso debió ser el mundo antes de que el hombre aprendiera a leer! Ahora todo es evocación. Un poeta no es más que alguien con una portentosa memoria animal.  Hombre que escribes: son el tigre, el oso, el pato, el delfín, el hombre de la caverna, el gorila, quienes escriben a través de ti, ¡olvida todas tus ínfulas de conocimiento!  Abandona. Ríndete, anégate en el torrente de tu propia animalidad. Hombre que escribes, ¡eres el último chamán! Sea el espíritu del cóndor quien eleve tus palabras más allá de las albas cordilleras hasta ese espacio relumbrante y manso, hasta ese lugar tan familiar como innombrable. Hombre que escribes, condúcenos hasta el tornasolado cielo de las bestias.

Ese espíritu contemplativo. Tantas veces me sorprendo de mi profunda abstracción. Pero, ¿es esto la vida o es una dichosa película?

Enfrentarse a eso.

La muchacha tiene el rostro orondo y brillante de felicidad. La muchacha habla con un ser inexistente, dialoga con él intensa y arrebatadamente. Es un ser mucho más alto que ella, a juzgar por la pose. Cada día la veo, de buena mañana, en el metro. Yo, que tampoco estoy muy cuerdo, me imagino que habla con Dios, y me digo que todos los que han visto el rostro de Dios han enloquecido.

Enfrentarse a eso.

Hombre que has muerto, ¿qué podemos explicarte a ti que no sepas ya? Todo esto es pura cordialidad, como cuando saludamos en el camarín del ascensor a un apático vecino. Hombre que has muerto, ¿no ves la suerte que tienes? Pagaste la más cara de las hipotecas, y sin embargo ahora… Morir en vida es la experiencia más dura y la más gratificante. Hombre que has muerto: Bajaste al abismo tenebroso y encontraste la luz. No la llama magnánima de Prometeo sino la llamita azul y trémula que arderá eterna en las espitas de tu corazón. El castigo se anticipó al pecado, como es lo natural, pues en la biblioteca del espíritu la zeta va la primera. Hombre que has conocido la verdadera soledad, vuelve al rebaño del hombre. Hombre que, herido de muerte, huiste del hombre. Hombre despedazado por el rayo caprichoso del destino, yo te ordeno: levántate y anda. Limpiarás el barro de tu ropa, cuidarás tus cicatrices, maquillarás la lividez de tu rostro. Construirás un personaje, pues a diferencia del animal, el hombre no puede ser anónimo. Fabricarás un ciudadano a tu imagen y semejanza. Te confundirás con el hombre. Ganarás el pan día a día con el sudor de tu frente, pero eso no significará más que tu regreso al edén. A todos engañarás menos a ti mismo. Hombre que has muerto, soñarás en secreto.

Hombre que has muerto, ¡hágase en ti la felicidad!

Pues sí, en efecto, es tiempo de los nuevos eremitas. Ahora, hoy en día, hoy por hoy, en fin, no se aíslan en remotas cuevas sino en mitad de las hospitalarias oficinas. La oficina como nuevo estilo de leprosería. Toda una vida como convaleciente o como enfermo crónico.  Peregrino que te asomas al mundo a través del rectángulo fatuo del ordenador, deja tu bizantina huella de gorrión sobre la arena de esa clepsidra inmensa a la que llaman Internet, clava tu enseña sobre los cráteres de esa luna de electricidad y entusiasmo. La lista de las tareas estúpidas, los timbrazos recalcitrantes de los teléfonos, esos rostros torvos, esas ventanas enrejadas donde no se adivina el día apenas, ese aire acondicionado que te descuartiza la piel, que te reseca los huesos, esas paredes con marcas negruzcas, como de remotos fusilamientos cuyos fantasmas perduran grávidos sobre los escritorios y los teclados. Esa obstinación por encorsetar el mundo, por descender al subterráneo matemático, al lado oscuro y demente de los negocios. Hombre que hablas con las computadoras, diles que sumen A más B y dejen el resultado en C, no es urgente, dicen, puede estar para mañana. Después resta de C el valor de A y el valor de B y comprueba así que eres un solemne idiota. Eremita de la nueva era, haz que crean que tus sandalias desvencijadas son unos zapatos lustrosos, obra el milagro imaginario del betún. Opera sobre tus tiznados hábitos de vagabundo el prodigio irreal de la sastrería. Sobre la luenga  barba la quimérica gillette; sobre las axilas del hijo del mono, los vapores medicinales y botánicos; sobre la boca animal las mágicas lejías, sobre los ojos cegatos los maravillosos cristales.  Mi querido eremita moderno, que nadie sepa de tu condición. Hombre que hablas con las computadoras igual que antaño te dirigías a las bestias del monte.

Enfrentarse a eso.

En fin.

Al verano le quedan dos telediarios. ¿No es hora de ir haciendo acopio de leña?

Todas las cosas son todas las cosas. El ojo que circula por encima de estas líneas es la farola que lee, en el malecón, los barcos que pasan, la gente que viene y va. La farola es el brazo erguido del ballenero, el brazo que en la tempestad agita un farol. Lo que ve es lo visto. Yo soy tú y tú eres yo.

La bondad es una corteza de árbol. En mitad de la tormenta se comprende. La mandíbula del lobo comprende, la hormiguita fabril comprende. El alma arrecida. Por eso el humo de la leña nos hace llorar. Hombre que acaricias a ese niño con tus manos arborescentes. Todos los ancianos se ennoblecen, salvo aquellos pocos cuyo corazón es una petulante hornacina. Los dedos de los ancianos son ramitas crujientes que el viento mece. El fruto que cayó a plomo sobre la liza del mundo, durante un tiempo díscolo y renegado, retorna ahora a su origen vegetal. Deja, ¡oh, bosque ancestral!, que el hombre crepuscular se columpie bajo tu sombra admirable: es tu hijo que vuelve a casa.

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