Magazine del colectivo Quimera

Entrevista clásica con Ferreira de León para la revista Azul Cerdo

In Uncategorized on octubre 4, 2010 at 3:17 AM

Daniel Ferreira

(Cabaret Cré Nom)

“Un buey es un buey es un castratto”

Mirko Vladic

eSTE hombre es mi primer amigo de Roma. Yo sólo le pedí la gentileza de una moneda y él me gratificó con un desayuno, un cuento y su amistad.  Y vaya si su amistad es escabrosa. Me dio una copia de su fanzine, que traía todavía hirviente de fotocopiado, desayunamos como dos perros, feroces, melenas a colgajos y sin ningún apetito. Hablamos de eso, de que lo primero que desaparece con el hambre es el apetito. No teníamos estómago y mucho menos paladar.

Sólo volvería a verlo una semana después. No teníamos teléfono, ni dinero para teléfonos, ni teléfonos para conseguir dinero.

Volví a encontrarlo por casualidad, en el Largo Argentina, esta vez  frente al escaparate de la Feltrinelli, que anunciaba Big Sur y las naranjas de Hieronymus Bosch. Le hablé de “Pizza Trilussa, el triple sabor de Portugal” y de mis reuniones con Planeta, Giro y Fer, todos los miércoles, en la pequeña plaza junto al Tevere.

Asistió a varias reuniones hasta que desapareció sin dejar huella. Se había mudado de la buhardilla de la pequeña iglesia Santa Maria della Luce, que le había dado acogliencia y no pudimos reencontrarlo hasta cuatro o cinco meses después.

Por suerte la costumbre de los interrogatorios encadenados, los “Procesos”, (que anotaba Giro y a veces grababa), impidieron que todo nuestro contacto se perdiera:

RAC: ¿Por qué casi todo este número de Sinapsis Interruptus va contra las editoriales?

Las editoriales menosprecian o directamente (y en el mejor de los casos) sobre reaccionan ante toda manifestación sumergida, de vocación sumergida y costumbres sumergidas. Si los mirás parecen el avaro que escucha el tintineo de un par de moneditas en la mano de un mendigo, ¡y empieza a perder el pelo! Entonces va y se inventa el impuesto a la mendicidad. Lo quieren todo, fundir, tragar, desprestigiar a las pequeñas editoriales y librerías de riesgo. Las librerías industriales no tienen tablón de Fanzines. Las editoriales ocupan todo el espacio a caratulón y folletería limpia. Básicamente… las odiamos por eso, por exclusivas… en el sentido fifí, donde importa más el origen verificable que el contenido. Pero nosotros tenemos al alcance de la mano el idear un soporte para el monstruo, y felicitarnos por eso. Después de todo no hay una regla más importante en la literatura, como hato de vanidades que es, que la de que la autoproclamación lo es todo. Un movimiento que se autoproclama, existe. Los autores noveles y nobeles… no.

Pero en realidad lo que buscaba con este número era acabar de una buena vez, purgar la ansiedad que me generaba el tema… La Industria Editorial no le importa a nadie, no sirve para nada. Es uno mismo el que debe buscar por sus propios medios a ese escritor que por feo, agorafóbico, solitario y caviloso, jamás encontrará una editorial, pero que está pariendo nueva literatura. ¡Como si es en el Chad! Nosotros tenemos que idear la forma de mantenerlo y reconocerlo… El problema es que los escritores que estamos fuera del sistema no reconocemos a nuestros hermanos de sangre, los dejamos pudrirse y morir en soledad. Uno se tranquilizaría si tuviera una bohemia dónde caerse muerto y vivir de espaldas a la angustia del prestigio individual y de las grandes recepciones. Ninguna de las generaciones que hoy valoramos como puntos de inflexión en la estable historia de la literatura, salió en los periódicos nacionales sin antes haber hecho literatura privada… La Industria no descubre, fotocopia lo que ya, con esfuerzo, exclusión y miseria, se ha consolidado. Pero que las Editoriales son fotocopiadoras de lujo no hay quien lo dude.

RAC: Entonces, ¿las editorial serían el enemigo a destruir en la primera purga?

El enemigo a destruir es el escritor novel. Ese molusco parásito de la literatura. Porque trae consigo el deseo de reconocimiento, y un deseo todavía más nefasto: el de vivir de la literatura. Este deseo bajamente alimentado por la industria editorial es la raíz de la repetición incesante, del ya visto permanente a la que nos tiene acostumbrados la literatura actual. Se forma una idea única, progresiva, de lo que debe ser la literatura, que coincide, sin sorpresas, con lo que es la literatura bien pagada. Se abre un horizonte de perfección, cuando, a cuenta de la desintegración social, la enfermedad, la sangre y la demencia de cientos de escritores en este siglo y medio pasado, la literatura imaginó un horizonte y después, un más allá que reventaba toda posibilidad de perfección. Una disciplina sin ninguna probabilidad de perfección es la más elevada de las disciplinas, pero su combustible es la no repetitividad de sus hallazgos (ríe). Y lo que perdemos de vista es a los escritores que se jugaron la inteligencia para asegurarnos una disciplina que crea una nueva legislatura a cada momento, en cada manifestación de sí misma. En literatura pasa lo mismo que en el entorno sindical: la flexibilización del trabajo implica cagarse sobre las tumbas y la sangre de millones de trabajadores mugrientos y desinflados por el hambre que conquistaron un puñado de derechos para el futuro… caen en el absurdo y el ridículo de provocar la emancipación de un estrato con vocación de siervo: un buey es un buey es un castratto: no hay manera de recolocarle las pelotas en su sitio, no soportaría la marea hormonal.

RAC: Pero ¿qué somos nosotros sino escritores noveles? Y, por otro lado, ¿cómo ver surgir una literatura nueva si no alentamos a los escritores noveles?

Es un error confundir un escritor novel con una literatura nueva. Las editoriales se quejan a menudo de que los manuscritos que los nuevos escritores les hacen llegar son de mala calidad. Y lo más probable es que sea completamente cierto.

El problema es que un escritor novel que envía su novela a una Editorial lo hace mediante un cálculo de probabilidades: recoge la imagen que esa Editorial proyecta de la literatura, a través de su catálogo, y no hace más que reflejarla. A las Editoriales les llegan novelas cuyo único contenido es la adulación. Es decir, o dejan de dar una imagen de mierda de lo que consideran que es la buena literatura, o no dejaran de recibir manuscritos de mierda, sí, pero dedicados, teledirigidos a sus departamentos de Edición. Pero entonces ¿de quién es la culpa, de que los nuevos escritores sean sistemáticamente excretados por el sistema? ¿De la Editorial, que aduce la falta de calidad de los manuscritos o de los escritores noveles que ajustan sus creaciones a los gustos dudosos de las editoriales? Es un círculo sin virtud. Y nosotros no somos escritores nóveles: e intento prometer que jamás me convertiré en uno. Yo tengo un puñado de lectores fieles y comprometidos con mi escritura, más allá de mi suerte profesional como escritor. Los he creado yo mismo, a través de internet o de fanzines. Eso me hace ser un escritor reconocido… y bien reconocido.

RAC: ¿Nunca has enviado un manuscrito a una editorial?

Miles de veces. Por lo general, borracho. Pedía cinco mil dólares, nunca más, ni menos, por acabar la obra de la que les mandaba uno o dos capítulos inconexos, aberrantes, rápidos como alivio de disentérico. También enviaba una obra que consideraba seria, acompañada de algún panfleto anti-editoriales… Y sólo me contestaban estos…

RAC: Es decir que las “Caseríadas” las habías probado tú mismo…

Claro, nacieron espontáneamente, y no tienen ninguna importancia, lo que me gustaba era que, banal o no, era un acto literario, de una fugacidad atroz; lo que enviaba no era leído, ni tampoco merecía serlo, pero no lo leían porque sólo se registraba lo desagradable o inapropiado de la actitud. ¿Quién es éste semianalfabeto para putearme? ¿Quién sos vos que la radio no te nombra? Eran micro metáforas de la situación literaria.

Pero, como te decía antes, enviar manuscritos veraces, con pretensiones reales de publicación a las editoriales es una pérdida de tiempo, incluída Tusquets.  Hoy, más que nunca, debemos comprar literatura: a las pequeñas editoriales, a un precio justo, de cualquier parte del mundo y en todas las lenguas que uno se sepa. Y a la vez, asegurarles a aquellos que todavía no acceden a la publicación (el objetivo siempre es el libro, el fetiche, aunque se tiren 10 ejemplares), que están en una red de admiración desinteresada y cabal. Para eso hay que apelar al compromiso de los nuevos escritores: que compartan sus mejores creaciones, año tras año… enriqueciendo el soporte. Si todo sale bien, serán las grandes editoriales que lo llamarán… y entonces estas no tendrán ningún pudor en comprarle su primera clase de dactilografía. Controlen la impaciencia. Y vayan más allá de toda paciencia humana… gocen de la literatura con una exquisita indiferencia temporal.

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