Magazine del colectivo Quimera

DANCE

In Uncategorized on octubre 4, 2010 at 3:15 AM
DANCE…
Fiesta de inauguración en el Arcabúz mata chimangos, un pub sofisticado en el borde del casco histórico de la ciudad, ese yelmo citadino con la crin podrida, ese jurista alguna-vez-rico con eccemas en la calva. Se dice que ahora han tapado el subjetivo desgarbo de la ciudad vieja, con un hilo de soho trasplantado de Baires. Pero, apenas atravesado, Montevideo enseña la carne sin disfraces, sin pudores cosméticos. Nada esconde a la vista y al olfato, ni una partícula de ruina, ni un miligramo de pestilencia. Luce como la puta afrancesada consumida por la piorrea y la osteoporosis que fue su única vocación. El chancro empapela las casas y descubre la carne abombada y sucia que siempre hubo debajo de la brillantina irrecuperable de la pintura, la lentejuela ajada de la mampostería. Los pasos sin ruido han reemplazado a los tacones. El desafío cultural ha dejado en paz a las costumbres y desenvaina las sevillanas, el argot y los dientes especializados.
Fiesta de disfraces. Fui con la ropa de trabajo, sumando unas esposas de plástico a la línea de las vértebras. El cóccix suplementario me rebotaba en la línea du cul. El inevitable Homero Simpson mutiló mi entrada y un Batman desharrapado abrió una puerta aislante, engrosada con polyfom sucio. El boliche sofisticado olía a granero empapado en queroseno. A fuga de latifundista. El olor a suero de queso que destilaba la humanidad agolpada me hacía sentir en una desrratización por emboscada, con flauta hechizante al inicio y antorcha al final.
El boliche devoraba el interior de una casa con la demolición aplazada. Habían cubierto los desperfectos con tapicería hinduísta de baja calidad y restos de ajuar demodé. El embaldosado op-art me puso ebrio al primer golpe de ojos. Tuve que apoyarme contra un tapiz de búhos desconcertados para mantenerme erguido. El meidinchuí seguro justificaba aquel ultraje al mito de erudición de las alimañas ojosas: uno de los bichos estaba al borde de un ataque de epilepsia. Inmediatamente empecé a sentir la lengua extraviada dentro de la boca. La sensación de irrealidad y la náusea empezaron a enroscarse en mis talones, encantadas por las luces giratorias, el sonido a hervor de la carne, el olor a licuefacción de grasa rancia. Mi muñeca descubrió un hueco de la profundidad de una mano en la pared. El tapiz de los búhos, dosdorados de mareo, me cayó sobre la cabeza. La oscuridad y el humo seco que empezó a surgir de un generador esquinero, desdibujó las figuras como un maníaco con puñal, hasta casi disolverlas en el aire.
Rumbee hacia la barra, ubicada en el otro extremo de la burbuja de talco. El corazón emotivo de la fiesta me obligó a forcejear, pero sin perder el ritmo percusivo de la música, la tortura chinesca que las bocinas me pegaron a las sienes como electrodos en corto. En el reborde cardíaco me impulsé hacia delante con vigor. El piso, sucio de bebidas en expansión, succionó mi talón de apoyo hacia delante con una fuerza de turbina, irresistible. El talón izquierdo se mantuvo detrás del empeine, respetando la sucesión lógica. En términos relativos saben lo que significa, se quedó trancado en una piedra ficticia, por lo que las piernas se abrieron en un obtusángulo desgarrador. Me sentí pariendo. Con la entrepierna devorada por una docena de dentaduras a pila, insaciables, indestructibles. El cuerpo, horrorosamente descoyuntado empezó a escorarse hacia la derecha, como un navío imbécil ante la paliza de una sola ola salobre. Dominé la situación con la mano. Intenté cerrar aquel compás desquiciado, emperrado en no trazar circunferencia alguna. Levantando los brazos, ubicando a ciegas las anillas del equilibrio. Como cayacman preparado para una cascada menor hice unos rodeos con los brazos y caí hacia la izquierda, cerrando el período con perfecta simetría… En ese momento, la brisa de la ovación vino a confortarme. Todos los invitados del club aplaudían, deslumbrados por mi actuación. Me incorporé, sonreí y compuse una dolorosa media reverencia chinoide, sólo que sin enderezar la espalda.
Ya en la barra, perniabierto y grogui de dolor, masticando el hielo del güisqui con furia, vi a Dynamo aparecer vestida de danzarina oriental. Dynamo era la razón morocha de estar en aquel lugar, mal sosteniendo aquella pose chic. Iba con el vientre desnudo y el oleaje tibio de la carne rompía con suavidad en el origen de la pelvis cada vez que giraba la cadera. Pol, el dueño del bar, llegó a recibirla con un beso, opresivo, casi apretándola contra el colchón destripado de la puerta. Ella hizo una seña hacia su bolsillo de doble fondo. Sugería la transmigración de la entrada con consumición hacia el plano existencial de residencia de los padres que salen por última vez a comprar cigarrillos…
De hecho yo tenía su entrada. Se le había caído durante una de sus carreritas en el parque-jardín, el día en el que conocí su nombre. La seguí desde su irrupción en el parque y mientras bajaba las escaleras de ladrillo de la fuente central. Casi uso la cachiporra para abrirme la sonrisa. En estos casos siempre termino por mostrar una expresión amarga. Cada vez que deseo a alguien con intensidad y me da la gana de manifestarlo, una tristeza añil me deforma la boca y crucifica los párpados. Parezco un payaso después del espectáculo. Verla, me excitaba hasta la depresión. Era como si la estampida del deseo, por fulminante, se agotara instantáneamente. Me dejaba toda la pólvora al principio y luego me quedaba en la cara apenas un polvillo de emoción.
Me paré en el tope de la pequeña escalera, mirando hacia la fuente con forma de flor verde que tragaba el agua del diluvio universal. Dynamo se enredaba en la bobina oval de la pileta. El fondo de la pileta era a esta altura un nubarrón de musgo que le impedía replicar el cielo; con su única mano de pintura de cielorraso de oferta de temporada de pintura extinta.
Horacio, el jardinero sordo, se había metido en la pileta vacía y lavado las paredes hacía dos meses, para luego darle una sola mano de pintura al agua celeste pálido. Ya no quedaba ni rastro. Entre las labores ridículas del sordo se contaba también la de pelar toneladas de papas que se echarían a pudrir en el reservorio, de cuerpo entero, para producir humus. De estar a mí cargo lo habría obligado a vigilar todo el proceso de transmutación. Con un tambor entre las piernas, para que pudiera dar un redoble cuando registrara algún cambio.
Dynamo corría con la vista enhebrada en el borde blanco de la piscina. Algunas manchas proféticas de óxido en los pétalos de la fuente anunciaban la vecindad de la catástrofe. El firmamento no resistiría la presión de las aguas superiores y aquella ruinosa flor de metal no conseguiría engullir la última y prodigiosa lluvia de la historia del mundo.
En mi desesperación quería el premio sin demora. Fantaseaba con un apocalipsis y después, únicamente para mí. Dynamo me exprimiría uvas sobre los labios, me chuparía el dedo gordo, me abanicaría las sienes y hurgaría por mí en mi propia nariz.
Me mantuvo en el rabillo de ojo durante toda la carrera. Dio otra vuelta para juntar valor y avanzó hacia la escalera, para emerger de la fuente. Relucía en sudor. Empujó la cabeza a un costado con esa sonrisa de institutriz que usaba francamente bien. Podía estar felicitándote o regañándote, porque la sonrisa no revelaba otra cosa que su superioridad. Sabía exactamente lo que habías hecho, el delito o la proeza que esperabas ejecutar, las oportunidades de hundir o auxiliar al prójimo que habías dejado pasar como un ómnibus inservible.
Ahora la manejaba con una ambigüedad ejemplar.
Tenía que decir algo o apartarme.
–         Lamento el uniforme… – alcancé a decir, mostrando la cachiporra como un atributo injusto, del que no estaba nada orgulloso. La renguera de Vulcano.
–         Es lindo – dijo, y avanzó.
Le abrí paso. Me escupió una risa amoníaca que todavía me sacude los tímpanos. Capaz de estropearme el uniforme tan minuciosamente como un sastre rabioso que reorienta el tijeretazo destinado al cuello de su mujer. Sacó el Walkman del marsupio del yoguin y sin darse cuenta dejó caer la invitación. Dynamo se llamaba simplemente Eugenia.
Así, aunque llegó sin invitación, la amabilidad de reptil de Pol la recibió con derechos infinitos y algún par de obligaciones insignificantes en la oficinita del club.
Me escondí detrás de mis propios hombros y seguí sus movimientos en el espejo judaico de la barra. Una viñeta del desconsuelo. Mi imagen reflejada, la negrura con sonrisas de luz de la pista y la espalda del barman. Dynamo ensayó el tortuoso baile de una devadasi. El efecto de un estroboscopio sumaba engrudo y retardo a la escena. El dolor del bailecito que me había marcado también tricotaba su propia medida del tiempo, clavándote la manecilla en avance.
Dynamo siguió dispersando el morado reventón de los labios por una docena de mejillas en la sala de la barra, y luego, inmóvil, miró hacia el mostrador y tomó aliento para fomentar un grito.
–         ¡Braian! (sic) ¡Mi amol!
Braian, el barman negro, brotado de músculos, empezó a sacudir la coctelera, mientras intentaba, torpe como un tren, unos pasos de baile tropical. El orangután en su selva. El calamar gigante en su tizna, agitado por el miasma cumbiero de Manu Chao. Un enano peludo me tocó el hombro. Mi codo penetró apenas la mata de sisal fino que debía producir el disfraz de Tío Cosa.
–         Señor, ¿puede decirme la contraseña? – me preguntó, sacudiendo un poco el telón de pelos y descubriendo el lugar de la boca.
–         ¿Qué contraseña?
–         ¿No le fue comunicado un salvoconducto?
–         ¿Qué salvoconducto?
–         Una palabra clave, señor.
–         No busco la definición, vos, cosa. Pero no me advirtieron sobre la necesidad…
–         Temo que sin contraseña no puede estar aquí.
–         ¿De qué hablás?. No ví que se la pidieran a nadie.
–         Debe retirarse.
–         Tengo invitación.
–         A la segunda parte de la fiesta se accede por salvoconductoto. – dijo en un esbozo de tos y escupida de pelo.
La segunda parte de la fiesta incluía a Dynamo salivándome el cuello mientras bailábamos. Tuve que improvisar.
–         Me invitó el anfitrión en persona.
–         ¿Recordas nuestro nombre?
–         Pol Arcabúz. Ignoro el tuyo.
–         Ya sé, ya sé. ¿No me reconociste?. Soy Juan.
–         ¿Entonces puedo quedarme un rato?.
–         El que quieras. Sólo prometé que seguirás bailando, el numerito de recién fue excelente.
Juan trató de convencerme de que el boliche era suyo, pagado con sus ahorros. Aquel era su sueño privado hecho realidad. Le faltó convicción, así que me imaginé perfectamente cómo seguía la conversación. Pol lo había desplazado de la gerencia y lo había convencido para que oficiara de anfitrión amablemente estúpido, entregando sonrisas forzadas y súplicas de permanencia a cambio de la entrada. Lo más cerca posible de la puerta y el ridículo; a una distancia prudencial del dinero.
Asomó el rostro rojo entre la cabellera para ofrecerme comida.
–         Estoy bien servido con el drinquin.
–         Pero no te pongas muy dronquin – se mordió el labio al reír inmensamente, como la calavera batiente de un castor, sepultando el brote de sangre con la mano. – Tengo que ir a remojarme. Permiso, eh. Servite lo que quieras. Braian – al mozo -, canilla libre para él; ¿de qué te disfrazaste?. – la voz se ahogó un poco con la sangre – sí, sí, ya sé, no me digas. Pero parece de verdad, hasta el logo de segurata registrado tiene. ¿Quién te lo prestó?. Oh, disculpame, te escupí.. ya vuelvo. Braian… una servilleta. Ahí va. Braian, ya sabés…
Dynamo se había mudado a la otra sala, geometrizada en una danza egipcia. Traté de seguirla pero no pude moverme del lugar, me colgaba una piedra de la pelvis. El barman negro transmitió la experiencia de cinco siglos de esclavismo a la botella de J&B. Apenas volcado un trago el pico de paloma de la botella regurgitaba güisqui hasta el tope. Eché un nuevo vistazo rasante al suelo, la maraña de escalinatas reversibles que formaba el embaldosado op-art acabó por desordenarme otro poco, demasiado, los sentidos. Los bombos de tortura me encararon más intensamente. El ritmo laboral, aquel compás de picapedreo, me comprimió la dentadura.
Cuando volví a enfrentar el espejo, empezaron a sonar las palmas de nuevo, con el mismo ritmo de embeleso, pero in crescendo, clavando más profundo el jalón en tierra, el tenedor en el tímpano. Un corro de personajes de triste celebridad me alentaba a bailar. Querían que el audaz diera otra muestra del baile del suplicio. Ni siquiera un morocho pequeño, con ropa holgada, en clara nostalgia del siamés, que logró girar a cuarenta revoluciones por segundo sin desacomodar una baldosa ni herir una costura, había logrado entusiasmarlos tanto como mi danza del despedazamiento. Ni el muchacho de zancos que se sacó una foto con la bola de bôite debajo del sobaco. Ni el coacróbata del ano contranatura. Chasquée los labios con fastidio, rechazando la invitación, hasta que la vi, a Dynamo, asomar la nariz empolvada, curioseando por el hueco de la puerta.
Había logrado sentarme, con solvencia posoperatoria, en el borde un taburete elevado. Al verla, me preparé para un giro discotequero de cientochenta grados. No era de asiento giratorio. El impulso chic degeneró durante el viro y dio la impresión de que podía caer. Los bravos electrificaron el salón. Se descolgaron sobre mí como peces de iridio escupidos por una tormenta. El radical del baile les prometía más contusiones, raspones, gemidos, desdentamiento, desbaratarse por completo por la fricción con el aire.
Me lancé a la pista. Como cualquier hombre con dos luminosos esguinces a los lados del pubis, renguée todo el trayecto. Un jinete sin montura a ritmo de trituración de huevos. El gesto fue aplaudido. Comencé a dar pasos descalabrados a los lados, reuniendo y dispersando los zapatos manchados. Un grito que me dislocó la boca con su tamaño encontró un eco débil. No disimulaba el dolor siniestro que me escurría como a un trapo por las caderas. Los aplausos del público generaron una corriente que me mantenía de pie, oficiando de muletas, en el centro, moviendo como un eunuco reciente los jirones de pierna, tendón y caucho. Me sentí levitando.
Dynamo, se abrió paso hasta la primera fila. Y se sumó a los aplausos.
–         Yo lo conozco. Es un re-mostro el tipo. – dijo, engrosando un poco más los labios embetunados.
La multitud se disgregó y empezaron a imitar mis movimientos descuajados. Pero manteniéndome con la fuerza centrípeta de su sudoración y la fricción de sus cuerpos con el aire, como centro indiscutido de la fiesta. Una forma radical del breicdans, con figuras de virtuoso descoyuntamiento sucediéndose, de caminata en la superficie lunar de las piernas dormidas… ganó el local. Constelaciones ebrias evitándose en un universo sin fondo ni sentido.
Dynamo empezó a bailar usando todas sus articulaciones plegadas. Frente a mí. Describió una circunsferencia alrededor y se acercó de espaldas, haciéndome llegar el perfume que le duraba en la garganta como la mancha de una horca.
La cima cediza del ridículo estaba bien para mí por el momento. El cazador que lanza contra sí mismo a los perros de presa. La cacería le aseguraba un bocado a la perrería entera. Llevaba a la vez la no tan astuta cola roja, las botas de montar y la corneta. Estaba en mi salsa. La época me amaba. La mujer también. Hasta las seis de la mañana duraba el encantamiento que hacía un disfraz de mi uniforme marrón de seguridad privada de parque. Pol llegó antecedido de su vientre peludo. Olisqueaba como un lebrel en dirección al colado descubierto. Unos surcos de dedos le asomaban por el escote, divulgando el principio de una estrangulación. El desalojo de los indeseables lo había dejado lustroso y envarado de ira, estrujando en los puños la necesidad de más.
–         Yo a este tipo no lo conozco.
–         ¿Cómo no?. Si yo me acuerdo de él. Es del barrio. Víctor, el hijo de la muerta… la de la higuera… – intercedió la cosa, llevando el elástico de la peluca a mitad de cráneo y asomando toda la cara de roedor.
–         Pero yo no lo invité.
El baile de Dynamo se desarticuló. Se llevó una mano a la frente para mantenerse erguida y buscó una maleta donde regresar. Y yo sencillamente me desplomé.
Me desperté en la pequeña oficina, en los altos del local, sacudido por el comienzo rabioso de “Demoliendo Hoteles”. La habitación palpitaba como un corazón de becerro recién arrancado del tórax. Quise rascarme el muslo, abrigado por un chorro de orín, pero no pude moverme.
Logré ver el perfil de Dynamo hendiéndose en dirección al pequeño Juan despelucado, que lanzaba pequeñas miradas hacia el cofrefor. No parecían mediar verdaderas palabras, apenas unos voceos livianos en el cuello de una botella.
–         ¿Cómo llegué acá? – pregunté, sintiendo el ridículo cinematográfico de mi duda. ¿A quién mierdas le importa?, teletransportación. Nadie contestó. Volví a dormirme.
Desperté con el Tío Cosa esquilado encima. Sostenía una palma dispuesta al crímen en el aire. Mi puño más instintivo se defendió del golpe. Pequeño Juan sangraba copiosamente para cuando Dynamo me explicaba la situación.
– No loco, pará… estuviste re-bien… todo el mundo te aplaudió… les encantó que te hicieras mierda contra el suelo… Pol quiere disculparse… te ofrecerá una copa gratis… se le fue la cabeza… Un poco nada más… Lo único que se te pedirá de aquí en adelante es que no dejes de bailar… eres la sensación de la fiesta, loco. Me tienes de verdad impresionada.

DANCE…
Fiesta de inauguración en el Arcabúz mata chimangos, un pub sofisticado en el borde del casco histórico de la ciudad, ese yelmo citadino con la crin podrida, ese jurista alguna-vez-rico con eccemas en la calva. Se dice que ahora han tapado el subjetivo desgarbo de la ciudad vieja, con un hilo de soho trasplantado de Baires. Pero, apenas atravesado, Montevideo enseña la carne sin disfraces, sin pudores cosméticos. Nada esconde a la vista y al olfato, ni una partícula de ruina, ni un miligramo de pestilencia. Luce como la puta afrancesada consumida por la piorrea y la osteoporosis que fue su única vocación. El chancro empapela las casas y descubre la carne abombada y sucia que siempre hubo debajo de la brillantina irrecuperable de la pintura, la lentejuela ajada de la mampostería. Los pasos sin ruido han reemplazado a los tacones. El desafío cultural ha dejado en paz a las costumbres y desenvaina las sevillanas, el argot y los dientes especializados. Fiesta de disfraces. Fui con la ropa de trabajo, sumando unas esposas de plástico a la línea de las vértebras. El cóccix suplementario me rebotaba en la línea du cul. El inevitable Homero Simpson mutiló mi entrada y un Batman desharrapado abrió una puerta aislante, engrosada con polyfom sucio. El boliche sofisticado olía a granero empapado en queroseno. A fuga de latifundista. El olor a suero de queso que destilaba la humanidad agolpada me hacía sentir en una desrratización por emboscada, con flauta hechizante al inicio y antorcha al final. El boliche devoraba el interior de una casa con la demolición aplazada. Habían cubierto los desperfectos con tapicería hinduísta de baja calidad y restos de ajuar demodé. El embaldosado op-art me puso ebrio al primer golpe de ojos. Tuve que apoyarme contra un tapiz de búhos desconcertados para mantenerme erguido. El meidinchuí seguro justificaba aquel ultraje al mito de erudición de las alimañas ojosas: uno de los bichos estaba al borde de un ataque de epilepsia. Inmediatamente empecé a sentir la lengua extraviada dentro de la boca. La sensación de irrealidad y la náusea empezaron a enroscarse en mis talones, encantadas por las luces giratorias, el sonido a hervor de la carne, el olor a licuefacción de grasa rancia. Mi muñeca descubrió un hueco de la profundidad de una mano en la pared. El tapiz de los búhos, dosdorados de mareo, me cayó sobre la cabeza. La oscuridad y el humo seco que empezó a surgir de un generador esquinero, desdibujó las figuras como un maníaco con puñal, hasta casi disolverlas en el aire. Rumbee hacia la barra, ubicada en el otro extremo de la burbuja de talco. El corazón emotivo de la fiesta me obligó a forcejear, pero sin perder el ritmo percusivo de la música, la tortura chinesca que las bocinas me pegaron a las sienes como electrodos en corto. En el reborde cardíaco me impulsé hacia delante con vigor. El piso, sucio de bebidas en expansión, succionó mi talón de apoyo hacia delante con una fuerza de turbina, irresistible. El talón izquierdo se mantuvo detrás del empeine, respetando la sucesión lógica. En términos relativos saben lo que significa, se quedó trancado en una piedra ficticia, por lo que las piernas se abrieron en un obtusángulo desgarrador. Me sentí pariendo. Con la entrepierna devorada por una docena de dentaduras a pila, insaciables, indestructibles. El cuerpo, horrorosamente descoyuntado empezó a escorarse hacia la derecha, como un navío imbécil ante la paliza de una sola ola salobre. Dominé la situación con la mano. Intenté cerrar aquel compás desquiciado, emperrado en no trazar circunferencia alguna. Levantando los brazos, ubicando a ciegas las anillas del equilibrio. Como cayacman preparado para una cascada menor hice unos rodeos con los brazos y caí hacia la izquierda, cerrando el período con perfecta simetría… En ese momento, la brisa de la ovación vino a confortarme. Todos los invitados del club aplaudían, deslumbrados por mi actuación. Me incorporé, sonreí y compuse una dolorosa media reverencia chinoide, sólo que sin enderezar la espalda. Ya en la barra, perniabierto y grogui de dolor, masticando el hielo del güisqui con furia, vi a Dynamo aparecer vestida de danzarina oriental. Dynamo era la razón morocha de estar en aquel lugar, mal sosteniendo aquella pose chic. Iba con el vientre desnudo y el oleaje tibio de la carne rompía con suavidad en el origen de la pelvis cada vez que giraba la cadera. Pol, el dueño del bar, llegó a recibirla con un beso, opresivo, casi apretándola contra el colchón destripado de la puerta. Ella hizo una seña hacia su bolsillo de doble fondo. Sugería la transmigración de la entrada con consumición hacia el plano existencial de residencia de los padres que salen por última vez a comprar cigarrillos… De hecho yo tenía su entrada. Se le había caído durante una de sus carreritas en el parque-jardín, el día en el que conocí su nombre. La seguí desde su irrupción en el parque y mientras bajaba las escaleras de ladrillo de la fuente central. Casi uso la cachiporra para abrirme la sonrisa. En estos casos siempre termino por mostrar una expresión amarga. Cada vez que deseo a alguien con intensidad y me da la gana de manifestarlo, una tristeza añil me deforma la boca y crucifica los párpados. Parezco un payaso después del espectáculo. Verla, me excitaba hasta la depresión. Era como si la estampida del deseo, por fulminante, se agotara instantáneamente. Me dejaba toda la pólvora al principio y luego me quedaba en la cara apenas un polvillo de emoción.Me paré en el tope de la pequeña escalera, mirando hacia la fuente con forma de flor verde que tragaba el agua del diluvio universal. Dynamo se enredaba en la bobina oval de la pileta. El fondo de la pileta era a esta altura un nubarrón de musgo que le impedía replicar el cielo; con su única mano de pintura de cielorraso de oferta de temporada de pintura extinta. Horacio, el jardinero sordo, se había metido en la pileta vacía y lavado las paredes hacía dos meses, para luego darle una sola mano de pintura al agua celeste pálido. Ya no quedaba ni rastro. Entre las labores ridículas del sordo se contaba también la de pelar toneladas de papas que se echarían a pudrir en el reservorio, de cuerpo entero, para producir humus. De estar a mí cargo lo habría obligado a vigilar todo el proceso de transmutación. Con un tambor entre las piernas, para que pudiera dar un redoble cuando registrara algún cambio.Dynamo corría con la vista enhebrada en el borde blanco de la piscina. Algunas manchas proféticas de óxido en los pétalos de la fuente anunciaban la vecindad de la catástrofe. El firmamento no resistiría la presión de las aguas superiores y aquella ruinosa flor de metal no conseguiría engullir la última y prodigiosa lluvia de la historia del mundo. En mi desesperación quería el premio sin demora. Fantaseaba con un apocalipsis y después, únicamente para mí. Dynamo me exprimiría uvas sobre los labios, me chuparía el dedo gordo, me abanicaría las sienes y hurgaría por mí en mi propia nariz. Me mantuvo en el rabillo de ojo durante toda la carrera. Dio otra vuelta para juntar valor y avanzó hacia la escalera, para emerger de la fuente. Relucía en sudor. Empujó la cabeza a un costado con esa sonrisa de institutriz que usaba francamente bien. Podía estar felicitándote o regañándote, porque la sonrisa no revelaba otra cosa que su superioridad. Sabía exactamente lo que habías hecho, el delito o la proeza que esperabas ejecutar, las oportunidades de hundir o auxiliar al prójimo que habías dejado pasar como un ómnibus inservible. Ahora la manejaba con una ambigüedad ejemplar. Tenía que decir algo o apartarme. –         Lamento el uniforme… – alcancé a decir, mostrando la cachiporra como un atributo injusto, del que no estaba nada orgulloso. La renguera de Vulcano.-         Es lindo – dijo, y avanzó.Le abrí paso. Me escupió una risa amoníaca que todavía me sacude los tímpanos. Capaz de estropearme el uniforme tan minuciosamente como un sastre rabioso que reorienta el tijeretazo destinado al cuello de su mujer. Sacó el Walkman del marsupio del yoguin y sin darse cuenta dejó caer la invitación. Dynamo se llamaba simplemente Eugenia.  Así, aunque llegó sin invitación, la amabilidad de reptil de Pol la recibió con derechos infinitos y algún par de obligaciones insignificantes en la oficinita del club. Me escondí detrás de mis propios hombros y seguí sus movimientos en el espejo judaico de la barra. Una viñeta del desconsuelo. Mi imagen reflejada, la negrura con sonrisas de luz de la pista y la espalda del barman. Dynamo ensayó el tortuoso baile de una devadasi. El efecto de un estroboscopio sumaba engrudo y retardo a la escena. El dolor del bailecito que me había marcado también tricotaba su propia medida del tiempo, clavándote la manecilla en avance.Dynamo siguió dispersando el morado reventón de los labios por una docena de mejillas en la sala de la barra, y luego, inmóvil, miró hacia el mostrador y tomó aliento para fomentar un grito.-         ¡Braian! (sic) ¡Mi amol!Braian, el barman negro, brotado de músculos, empezó a sacudir la coctelera, mientras intentaba, torpe como un tren, unos pasos de baile tropical. El orangután en su selva. El calamar gigante en su tizna, agitado por el miasma cumbiero de Manu Chao. Un enano peludo me tocó el hombro. Mi codo penetró apenas la mata de sisal fino que debía producir el disfraz de Tío Cosa.-         Señor, ¿puede decirme la contraseña? – me preguntó, sacudiendo un poco el telón de pelos y descubriendo el lugar de la boca.-         ¿Qué contraseña?-         ¿No le fue comunicado un salvoconducto?-         ¿Qué salvoconducto?-         Una palabra clave, señor.-         No busco la definición, vos, cosa. Pero no me advirtieron sobre la necesidad…-         Temo que sin contraseña no puede estar aquí.-         ¿De qué hablás?. No ví que se la pidieran a nadie.-         Debe retirarse.-         Tengo invitación.-         A la segunda parte de la fiesta se accede por salvoconductoto. – dijo en un esbozo de tos y escupida de pelo.La segunda parte de la fiesta incluía a Dynamo salivándome el cuello mientras bailábamos. Tuve que improvisar.-         Me invitó el anfitrión en persona.-         ¿Recordas nuestro nombre?-         Pol Arcabúz. Ignoro el tuyo.-         Ya sé, ya sé. ¿No me reconociste?. Soy Juan.-         ¿Entonces puedo quedarme un rato?.-         El que quieras. Sólo prometé que seguirás bailando, el numerito de recién fue excelente.Juan trató de convencerme de que el boliche era suyo, pagado con sus ahorros. Aquel era su sueño privado hecho realidad. Le faltó convicción, así que me imaginé perfectamente cómo seguía la conversación. Pol lo había desplazado de la gerencia y lo había convencido para que oficiara de anfitrión amablemente estúpido, entregando sonrisas forzadas y súplicas de permanencia a cambio de la entrada. Lo más cerca posible de la puerta y el ridículo; a una distancia prudencial del dinero.Asomó el rostro rojo entre la cabellera para ofrecerme comida.-         Estoy bien servido con el drinquin.-         Pero no te pongas muy dronquin – se mordió el labio al reír inmensamente, como la calavera batiente de un castor, sepultando el brote de sangre con la mano. – Tengo que ir a remojarme. Permiso, eh. Servite lo que quieras. Braian – al mozo -, canilla libre para él; ¿de qué te disfrazaste?. – la voz se ahogó un poco con la sangre – sí, sí, ya sé, no me digas. Pero parece de verdad, hasta el logo de segurata registrado tiene. ¿Quién te lo prestó?. Oh, disculpame, te escupí.. ya vuelvo. Braian… una servilleta. Ahí va. Braian, ya sabés…Dynamo se había mudado a la otra sala, geometrizada en una danza egipcia. Traté de seguirla pero no pude moverme del lugar, me colgaba una piedra de la pelvis. El barman negro transmitió la experiencia de cinco siglos de esclavismo a la botella de J&B. Apenas volcado un trago el pico de paloma de la botella regurgitaba güisqui hasta el tope. Eché un nuevo vistazo rasante al suelo, la maraña de escalinatas reversibles que formaba el embaldosado op-art acabó por desordenarme otro poco, demasiado, los sentidos. Los bombos de tortura me encararon más intensamente. El ritmo laboral, aquel compás de picapedreo, me comprimió la dentadura. Cuando volví a enfrentar el espejo, empezaron a sonar las palmas de nuevo, con el mismo ritmo de embeleso, pero in crescendo, clavando más profundo el jalón en tierra, el tenedor en el tímpano. Un corro de personajes de triste celebridad me alentaba a bailar. Querían que el audaz diera otra muestra del baile del suplicio. Ni siquiera un morocho pequeño, con ropa holgada, en clara nostalgia del siamés, que logró girar a cuarenta revoluciones por segundo sin desacomodar una baldosa ni herir una costura, había logrado entusiasmarlos tanto como mi danza del despedazamiento. Ni el muchacho de zancos que se sacó una foto con la bola de bôite debajo del sobaco. Ni el coacróbata del ano contranatura. Chasquée los labios con fastidio, rechazando la invitación, hasta que la vi, a Dynamo, asomar la nariz empolvada, curioseando por el hueco de la puerta.Había logrado sentarme, con solvencia posoperatoria, en el borde un taburete elevado. Al verla, me preparé para un giro discotequero de cientochenta grados. No era de asiento giratorio. El impulso chic degeneró durante el viro y dio la impresión de que podía caer. Los bravos electrificaron el salón. Se descolgaron sobre mí como peces de iridio escupidos por una tormenta. El radical del baile les prometía más contusiones, raspones, gemidos, desdentamiento, desbaratarse por completo por la fricción con el aire.Me lancé a la pista. Como cualquier hombre con dos luminosos esguinces a los lados del pubis, renguée todo el trayecto. Un jinete sin montura a ritmo de trituración de huevos. El gesto fue aplaudido. Comencé a dar pasos descalabrados a los lados, reuniendo y dispersando los zapatos manchados. Un grito que me dislocó la boca con su tamaño encontró un eco débil. No disimulaba el dolor siniestro que me escurría como a un trapo por las caderas. Los aplausos del público generaron una corriente que me mantenía de pie, oficiando de muletas, en el centro, moviendo como un eunuco reciente los jirones de pierna, tendón y caucho. Me sentí levitando.Dynamo, se abrió paso hasta la primera fila. Y se sumó a los aplausos.-         Yo lo conozco. Es un re-mostro el tipo. – dijo, engrosando un poco más los labios embetunados.La multitud se disgregó y empezaron a imitar mis movimientos descuajados. Pero manteniéndome con la fuerza centrípeta de su sudoración y la fricción de sus cuerpos con el aire, como centro indiscutido de la fiesta. Una forma radical del breicdans, con figuras de virtuoso descoyuntamiento sucediéndose, de caminata en la superficie lunar de las piernas dormidas… ganó el local. Constelaciones ebrias evitándose en un universo sin fondo ni sentido.Dynamo empezó a bailar usando todas sus articulaciones plegadas. Frente a mí. Describió una circunsferencia alrededor y se acercó de espaldas, haciéndome llegar el perfume que le duraba en la garganta como la mancha de una horca.La cima cediza del ridículo estaba bien para mí por el momento. El cazador que lanza contra sí mismo a los perros de presa. La cacería le aseguraba un bocado a la perrería entera. Llevaba a la vez la no tan astuta cola roja, las botas de montar y la corneta. Estaba en mi salsa. La época me amaba. La mujer también. Hasta las seis de la mañana duraba el encantamiento que hacía un disfraz de mi uniforme marrón de seguridad privada de parque. Pol llegó antecedido de su vientre peludo. Olisqueaba como un lebrel en dirección al colado descubierto. Unos surcos de dedos le asomaban por el escote, divulgando el principio de una estrangulación. El desalojo de los indeseables lo había dejado lustroso y envarado de ira, estrujando en los puños la necesidad de más.-         Yo a este tipo no lo conozco.-         ¿Cómo no?. Si yo me acuerdo de él. Es del barrio. Víctor, el hijo de la muerta… la de la higuera… – intercedió la cosa, llevando el elástico de la peluca a mitad de cráneo y asomando toda la cara de roedor. –         Pero yo no lo invité.El baile de Dynamo se desarticuló. Se llevó una mano a la frente para mantenerse erguida y buscó una maleta donde regresar. Y yo sencillamente me desplomé.Me desperté en la pequeña oficina, en los altos del local, sacudido por el comienzo rabioso de “Demoliendo Hoteles”. La habitación palpitaba como un corazón de becerro recién arrancado del tórax. Quise rascarme el muslo, abrigado por un chorro de orín, pero no pude moverme. Logré ver el perfil de Dynamo hendiéndose en dirección al pequeño Juan despelucado, que lanzaba pequeñas miradas hacia el cofrefor. No parecían mediar verdaderas palabras, apenas unos voceos livianos en el cuello de una botella. –         ¿Cómo llegué acá? – pregunté, sintiendo el ridículo cinematográfico de mi duda. ¿A quién mierdas le importa?, teletransportación. Nadie contestó. Volví a dormirme.Desperté con el Tío Cosa esquilado encima. Sostenía una palma dispuesta al crímen en el aire. Mi puño más instintivo se defendió del golpe. Pequeño Juan sangraba copiosamente para cuando Dynamo me explicaba la situación.- No loco, pará… estuviste re-bien… todo el mundo te aplaudió… les encantó que te hicieras mierda contra el suelo… Pol quiere disculparse… te ofrecerá una copa gratis… se le fue la cabeza… Un poco nada más… Lo único que se te pedirá de aquí en adelante es que no dejes de bailar… eres la sensación de la fiesta, loco. Me tienes de verdad impresionada.

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