Magazine del colectivo Quimera

Artificio cuento de Daniel Ferreira de León

In Uncategorized on octubre 4, 2010 at 3:11 AM

Artificio. (2002)

Tenía apenas el tiempo blanduzco de una magdalena en el café para llevar a término la última conversación, para encontrar una palabra dura, concreta, una letra de oro que permeneciera fija en la harina de su memoria. Todo como al principio: Pati lavándose las manos en el fregadero. Dirigiéndome los huesos de la espalda y el perfume macabramente módico del detergente de vajilla. En realidad, se ordeña la mano, antes de dejarla escurrir un poco en el aire, sintiéndose completamente limpia de las pequeñas intenciones que le asoman por el pelo desastroso y los ojos cansados. Quiere dejarme. Me lanzó una frase diminuta, antes de dormir. Una frase casi sin sentido, arañada al sueño, que valía sólo por deterioro de la entonación. Yo había engullido todas las razones para seguir juntos que suspiré anoche, junto con mi canapé blando. No moví un solo gesto importante por encima del agujero del posillo.

Acabó por secarse la mano simple con el repasador y volvió a sentirlas sucias. Así que volvió al fregadero, pero resuelta a acariciarse, a dejar correr el agua sobre la mano, sobre la memoria, sin hacer hablar a los huesos, sintiéndose nueva, repentina, desconocida para mí. Las manos se le habían deshinchado un poco por esos días y nada tenía que ver con el retroceso del frío a su cabaña de verano. Había llegado a despellejarse las palmas, y a tener extremidades de cadáver en el hielo. Aquella dependencia a la limpieza y el jabón había empezado la misma noche que nuestra historia, y empezaba a declinar a un tiempo con ella.

Éramos cinco convidados de piedra, en la casa de un condiscípulo brutal. La forma más efectiva de afianzar la reputación entre estudiantes, era la de invitar a una noche de desenfreno en tu casa. Hacerte cargo de las denuncias, los reproches y el detritus al día siguiente. Jamás habría destacado a Pati del grupo de putidoncellas. Era corriente como el agua potable. Y mucho menos cuando se desparramaron en el centro del living, al temblar los parlantes con su primera distorsión. Ahora sí, empezaba la pequeña fiesta inútil. Celebrábamos. Teníamos mucho que celebrar. Aunque los nervios respondían como ganglios linfáticos. Para mi suerte, nadie tenía suficiente espacio para bailar, y la mirada o las nalgas de alguna te llegaban rodando a los pies, dondequiera que te mostraras formal y envarado como un Féral Benga.

Entonces, si pudieras elegir un punto de mira superior, divisando el lento posicionamiento de las cabezas, verías un cúmulo de cabelleras que se agrupan y disuelven según un orden que avanza a hurtadillas al principio, demasiado precario, indeciso, pero que aumenta su definición en la misma medida que los depósitos de alcohol en sangre.

Si alguna certeza manejaba en esa tardoadolescencia contradictoria, de penuria sexual y urgencia ilimitada, era que la experiencia no valía por si misma. Sólo marcaba tu estado de dependencia o autonomía respecto al alcohol, que imponía las reglas. En el caso de nosotros, los simios aulladores que atestamos los rincones, la experiencia se daba en proporción inversa a la cantidad de alcohol necesaria para tolerar la noche. Los que más exagerábamos éramos los más tímidos y nulos en el arte de la piratería. Julio Escoti no necesitaba un gramo de alcohol. No daba más de un trago antes de abandonar el vaso e ir a sacudir su pelvis detrás de un trasero cualquiera, encantándolas con sus maneras de mecánico pervertido. En cambio, entre ellas, las más experientes eran las primeras en hacer fondo blanco con el vaso de grogui. Tenían que intoxicarse para seguir acumulando sensaciones, una sobre otra, hasta infartar el ganglio. A la mañana siguiente las sentirían repugnantes y dañosas. Así que buscaban perder la consciencia, para asegurarse de recordar la demasía nocturna como una anécdota protagonizada por una desconocida.

Si, por ejemplo, Pati y yo nos hubiéramos agrupado en circunstancias normales, tendríamos que haber esperado a que las vampiresas se retiraran tambaleándose, agarradas a las braguetas de los mercenarios analcohólicos, que ya rellenaban alguna de sus hendiduras con el canto de una mano. Nos habríamos encontrado al final, cuando ella se habría emborrachado para darse valor y yo ya habría vomitado el primer litro y medio de sangría. Pero las cosas no resultaron exactamente así.

Hacia las cuatro de la mañana, – y yo ya estaba con el cabello mojado y los dientes con olor a menta -, me acerqué al grupo de cuatro chicas que conversaban, panza abajo, en el borde de la alfombra. En algún sentido, yo me había acabado de despertar. Fui el primero en acercarme a las chicas. Me acosté de costado en el sillón, con la oreja en una mano y pregunté por el resto.

–          ¿Cuándo apagaron las luces de boîte y desaparecieron todos? – pregunté, frotándome la cara.

–          Las luces nunca giraron, querido. – Aseguró Carina, en el solio de su borrachera.

Llamé a los muchachos. La cara de Jaime no tardó en cubrirse de piel de cerdo, rosa vivo, y en mostrar los dientes de roedor, desordenados como los cadáveres después de una batalla, antes de venir a ocupar el brazo del sofá.

–          Acaban de decirme que las luces nunca giraron – quise integrar a otro de los vagabundos anímicos de las festicholas. Al igual que yo conocíamos una sola posición en el calculado ajedrez de la juerga: la de alfil espectral, amos pálidos de los rincones.

Cerca de la ventana Pati, a la que veía por primera vez, se descostillaba en medio de una risa absurda. De hecho, se oprimía tanto el abdomen que uno daba por pulverizadas las costillas inferiores. Esa risa borracha me generó tanta repugnancia, que no pude considerar con agrado la cintura de avispa con la que saldría del proceso.

–          ¿Dónde están todos? – volví a preguntar.

–          Por ahí. – señalizó la Nº5.

<<Ahí>> significaba escaleras arriba los primeros acomodados, en el patio, el baño, los pasillos, todos los demás. Aquel congelado estado de sobrefiesta sólo nos involucraba a nosotros. A los tres alfiles, a la dama gorda y a Carina, la única de nosotros que todavía estiraba fielmente sus primeras emociones de amor de verano.

Por suerte media hora después, la fiesta empezó de nuevo. Los piratas regresaron con voluntad invencible, a pesar de estar invadidos por la piedra de la frustración. Caminaban como forzados primerizos, sin amor a la cadena. Con un adoquín en los pantalones.

Estábamos más cerca del final de lo que creía. Poco y nada se había consumado. Quedaría una nueva revolución de Never Mind a volumen justo con el que Néstor, la nulidad que ponía la casa, habría querido disimular el fiasco intenso que apolillaba la carne de su fiesta. Las chicas eran lloriqueadas lentamente por el ventanal del patio. Volvían con olor a cloro, los ojos y la boca vivos, como los del pez que no cede. Julio dominaba tan bien como los demás la dinámica de ciclos de las fiestas. Así que no me impresionó que dibujara la equis de blanco final, la tau extrema, desesperadamente, en la frente de Pati. Pati se debatía con la gravedad. Se reía del ridículo de reírse sin ninguna causa razonable. El más vicioso de los círculos para viciosas. Julio le alcanzó el vaso lleno de intenciones y hielo molido, buscando que le fuera imposible resistirse al ritmo de su tristísima calesita interior, llena de motivos para alienados. Así fue como Pati empezó a ganarse mi atención. Algo despectiva al principio. Poco a poco incondicional.

Y fue entonces, en plena despedida de la fiesta, que llegaron Ellos. Los dos señoritos del jabón, tan rubios y tan Vorago, con su primo australiano. En circunstancias así, no se puede competir. Venían como cubas de Batista a las cinco de la mañana: borrachos, bulleros, con todos los sectores viciosos en servicio. El efecto de resucitación alcanzó inmediatamente a la fiesta, a la cara de azúcar glass del anfitrión y, ante todo, a las chicas. Las violadas que hacía un minuto reposaban tendidas como muñecas de plástico, suplicaban nuevas vejaciones. Las santurronas que resistían las manos en los descansos de la escalera, tiraban del cordel de su tampón moral y bajaban hechas ninfomaníacas. El mundo se volvía un caldero de inmoralidad instantáneo, dónde se ponían a hervir las reputaciones hasta el límite de su elasticidad.

Julio se molestó cuando Facha abrió las piernas en frente de la cara de Pati, y la obligó a caer interminablemente por el horquetado mandala. La risa histérica de Pati había cesado por milagro. La boca se le había cauterizado. Tenía una mueca abandonada, dócil, idiota como un aprendíz de panadero que espera el autobús en la madrugada.

Todo corría por los canales normales, excepto por un repentino malhumor de Julio. Usaba la misma expresión que un financista retratado por un cubista de segunda línea.

Unos segundo después Facha ya sostenía el mentón de Pati en su rodilla. Le acarició el cerquillo, siguió el tabique nasal, y la puso a flotar en su propio opio, enganchándole los dedos en horqueta por la naríz. Ya estaba a punto, Pati lo siguió escaleras arriba. Y entonces, antes de asumir los primeros escalones, Facha viró en redondo y le hizo una seña a Julio.

Escoti tenía una hermana. Aunque creas que vos también, si la pusieras hombro con hombro con la de Julio, te darías cuenta de que sólo hay un carpincho que divide el amor de tu madre, escuchando mala música en el cuarto de al lado. Julio se puso de pié y charló en la base de la escalera. Se tocaron los hombros y sonrieron con la maldad de un par de cancilleres que se reparten un país pequeño…

Esperé unos minutos sentado, irresuelto. Mientras Jaime y el otro alfil, exploraban los rincones del salón por decimoquinta vez. Encontré la puerta del dormitorio de los padres de Nestor, apenas entornada. Los jadeos se te prendían de la cara como una ventisca rancia, como el relente de una sala de engangrenados. Los gemidos de Pati se escuchaban apenas entre el sonido a cuchillos activos de las risas y voces de los otros dos.

Abrí la puerta lentamente, con dos dedos y apareció la espalda de Facha. Sobre su hombro se veía la cabeza bamboleante de Julio, trabajando a Pati desde atrás. Julio me vio en la puerta y sonrió, me invitó a acercarme e incrementó el ritmo.

Si Pati había empezado con entusiasmo, y era una cosa probable, ahora se había dejado vencer por la felpa. Facha se frotaba contra su cabeza, cedida sobre su pubis. La verga  asomaba y desaparecía entre el cuello y el hombro, de Pati, mezclada con su pelo castaño turbio. Facha la gobernaba desde ahí, improvisándole una rienda.

Me fui hacia el lado opuesto de la cama. Me senté en una silla de felpa roja, en la cómoda de maquillaje de la madre del anfitrión y fumé lentamente un cigarrillo, cruzado de piernas. Julio me hizo una señal de invitación con la mano, y escupía saliva con cada exhalación.

En estos pocos minutos, a pesar de la vajilla rota de sus jadeos, pude oír el crack. El esternón se me hacía pedazos. El aguardiente frío de la noche me besaba con lengua. Abrí un alhajero repleto y eché la ceniza. Acaricié un pequeño collar de perlas falsas, y les saqué un lustre rápido, siempre mirando la cabeza sin vida de Pati, su cara vuelta hacia mí, embadurnada por su pelo muerto.

Facha me arrebató la visión y su desconsuelo apenas acabó en la nuca. La tomó del pelo y levantó la esfera absurda para limpiarse, pinceléandole los labios con cierto abuso de gratitud.

Hundí el cigarrillo entre las joyas y la exhalación final de Julio rellenó el aire de un sincero gemido.

Apenas salieron, pasé llave a la puerta y ordené cuanto pude el cuerpo de Pati en la cama. La limpié con la funda de la almohada de abajo y la tapé con el acolchado. Me deshice de la sábana, tapé juiciosamente el alhajero sin retirar el cigarrillo aplastado. Entonces, me hundí en el sillón de fumar del padre de anfitrión, en una esquina del dormitorio a esperar que se despertara. Se sentó casi horrorizada al borde de las almohadas, cubriéndose el torso con el acolchado. Se tranquilizó un poco al verme sonreír. Y se levantó, cubierta de la menuda electricidad de la picardía. Era loco, pero no se acordaba de nada. Era lindo que hubiera esperado que despertase, no quería hablar de otras veces, con otros tipos. Se acercó a mí y me besó los labios. Tenía que disculparla un momento, sentía una necesidad irresistible de lavarse  las manos.

Anuncios
  1. ¡Qué bueno está! me dieron ganas de lavarme las manos también

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: