Magazine del colectivo Quimera

Esfinge de 1938: notas sobre liberación de la mujer mexicana por Lisandro Ariel

In Uncategorized on agosto 12, 2010 at 12:19 PM

por Lisandro Ariel Carbajal

Despertar a un sueño, México de 1938.

Al juego adolescente del modernismo porfirista, palacios art noveau asentados sobre cadáveres de indios, se siguió la larga farra de la revolución mexicana. Caballo desbocado que consagró la imagen poética de nuestras guerras intestinas: falanges de adelitas y carrilleras para veinte-veinte entrecruzadas sobre el pecho. A su término, el delirio post-alcohólico de la revolución devino en el frenesí creativo del llamado renacimiento mexicano. A su lado, una pléyade de artistas, atraídas o nacidas en México, conformó una callada revolución anónima que replantearía el papel de la mujer mexicana como coautora de nuestra realidad.

Petrificación magnificada del espectáculo de nuestro mestizaje y liberación, el muralismo cruzó fronteras e impuso visiones estéticas que obligaron, alrededor del mundo, a escritores y críticos de arte a tomar postura ante el primer movimiento pictórico de naturaleza mexicana. Bajo el amparo del patronaje oficial, el mural mexicano causó revuelo en París y Nueva York: Orozco era maestro de Pollock, Rivera era celebrado en los ámbitos artísticos más capitalistas, Siqueiros replanteaba el efecto muralista bajo una óptica alejada del testimonio de carácter político que fue muy bien recibida en las marquesinas del mundo del arte

Varadero de aventureros y exiliados, nuestro país, durante la primera mitad del siglo veinte, ignoró la consagración subrepticia de un espíritu femenino mexicano que no posaba en las paredes de los ministerios públicos ni en el primer plano de los posteriores afiches del cine de oro. El muralismo eclipsaba la vitalidad de un valioso círculo de artistas semianónimas.

El surrealismo instaló una franquicia en el país, después del viaje de Bretón a México en 1938. Aquí venían Lowry,

Traven, D.H Lawrence. Con estos hombres llegaron mujeres de curiosa sensibilidad que no venían a ver al país tras una mirada repleta de estigmas y paradigmas de estilo, sino los ojos limpios de una mujer que empieza a crear su versión estética de lo que percibe, de lo que vive, de lo que anhela y descubre en un país que resultaba a su vez ajeno y hermoso.

La mujer en el ámbito artístico mexicano fue hasta bien entrado el siglo veinte un objeto de adoraci

ón deshumanizado;

su fragilidad y exquisitez, motivo de nostalgias decimonónicas emparentadas a su corporeidad como objeto exclusivamente lúbrico. Frida Kahlo realizó una verdadera estética después de estar bajo el amparo y el retrato de Diego Rivera. Durante los treinta y cuarenta, la mujer pasa lentamente de ser objeto del arte a ser creadora.

Todo empieza con una implosión. Fuera por exilios políticos, persecuciones o curiosidad, lo cierto es que se dio una

convergencia creativa hacia México. Una de estas partículas errantes es una joven canadiense que llega al nacimiento de este evento, la duermevela mexicana de 1940, solitaria, después de terminar un amor violento, Elizabeth Smart. Venía de París, por recomendación, a la casa veraniega de los artistas surrealistas Wolfgang Paaleen y Alice Rahon.

Sobre Elizabeth Smart (1913-1986): En un viaje a Nueva York conoce al poeta George Baker con el que entabló un tórrido romance. Después de la tormentosa ruptura, Smart publica la polémica novela By Grand Central Station I Sat Down and Wept, que ha venido consolidarse como una novela de culto en el género romántico y que está basada en esa relación. Viaja entonces a París. Después de un rompimiento con otro artista, realiza en México un amorío con la Rahon a costa de Wolfgang.

En el país se había asentado una comunidad artística sin proyecto ni destino. Mujeres que se integraron como objeto de manipulación artística comienzan a ganarse su lugar. Por una parte, Alice Rahon termina sobrepasando en el país y en la memoria a su exmarido, Paalen; por otra, se gesta una pasión cada vez más endógena de la realidad artística

femenina, se dan independientemente Leonora Carrington y Remedios Varo.

La femineidad de la época ha encontrado símbolo en la figura pintoresca de Frida Kahlo. Su naturaleza ha sido materia de profundas divagaciones, incluso una versión hollywodesca en la que una agraciada Salma Hayek, de origen libanés,

nos quiere convencer de la belleza bohemia de Kahlo.

Leonora Carrington y Remedios Varo vienen a ser el final de un tránsito continúo entre la mujer como objeto del arte a

creadora. La primera abundaba en autorretratos de íntimo desgarramiento; la segunda, de sueños alegóricos sofisticados.

Se ha escrito de los surrealistas en México, de los beat, casi nunca del curioso espíritu femenino que transitó de ser

objeto del arte a creador de arte más o menos independiente.

Esta generación de artistas es fruto del espíritu de alocada y enfática libertad de otras célebres mujeres mexicanas, Carmen Mondragón Nahuí Ollín, Tina Modotti, y muchas otras, que vivieron en un pesado mundo misógino y que nunca llegaron a consagrar una estética de amplio alcance.

Ahora, en el periodismo, en la política, en los deportes, cada vez es más natural que las mujeres recreen la sociedad diaria con trazo valorado al igual que muchos hombres. Sólo es posible especular sobre lo que una generación viva, libre desde sus inicios, creará en la esfera del arte mexicano de este nuevo siglo.

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