Magazine del colectivo Quimera

Principio de indeterminación

In Uncategorized on julio 7, 2010 at 1:03 PM

Principio de indeterminación

por Andrés Sánchez Redondo 

El principio de indeterminación de Heisenberg. Hoy me acordaba de ti, J. Hoy me acordaba también de Mister W. La asistenta empujaba mi silla de ruedas por el bulevar. Un día precioso. El aire gélido me estimula el riego. Me gusta el humo blanco que sale de mis fosas. Mirar a través del humo. Ancianos ajedrecistas en los bancos. Estudiantes con cervezas en las terrazas. Palomas comiéndose las aceras. La calzada vacía, J. De repente un zambombazo: un casco de motorista rodando hacía mí como una bola desquiciada, como un asteroide. Luego los volúmenes: una moto, una furgoneta, un cuerpo inerte sobre la calzada. El principio de indeterminación de Heisenberg. Debí tomar esa mierda en serio. No me refiero a Heisenberg, si no a tu absurda y fantástica versión, J. Aplicar la física cuántica a una Yamaha, al cráneo de un  desdichado, a los desvanecimientos de Mister W.

Todo es mente, dijiste, acoplándote índice y corazón en el entrecejo. Estábamos impresionados a la salida del viejo teatro. Todo es mente. Mister W creaba un principio de indeterminación en el espacio cerrado del cofre: por eso no le acertaban los sables. La mecánica cuántica de Mister W lo hacía reaparecer en lugares insospechados, a veces en medio de las butacas, a veces colgando de la araña. Yo estaba excitado y triste. La velocidad era el elemento clave. Sin velocidad no hay indeterminación. Te invité a un helado, bueno, esa era la intención. Quería tu simpatía, que me ayudarás a ser rápido como tú. Cruzar el campo de fútbol como una exhalación. Ser delatado en la distancia por el indicio de una polvareda. A mí la lentitud me relegaba al banquillo, J, aunque era mejor en el drible y desde luego en el chute. Fuimos a aquel puestecito de la esquina. El heladero manipulaba las bolas de helado con brazos de pugilista, una convulsión de músculos un tanto ridícula para aquella tarea; y sin embargo ¿no fue ése el detonante? Todo es mente, me repetiste, corre conmigo. Y echaste a correr, J. Y yo te observé un instante, el tiempo de pasar la lengua por la bola de frambuesa, el tiempo de palpar mi bolsillo sin monedas ni billetes, mi bolsillo vacío, el tiempo de ver ascender el volumen de aquellos bíceps por el canal del brazo, el tiempo de aterrarme. Y corrí contigo, J. Y corrimos juntos. Yo con el pecho lleno de entusiasmo helado. Corrimos por el centro, por entre los comercios. Al principio te iba a la zaga con esfuerzo. Me sonreías mientras saltábamos parterres, sorteábamos buzones, farolas, gente que acarreaba bolsas de la compra. Te volvías hacia mí y me alentabas, tus dedos en el entrecejo, tu risa franca, tu flequillo chicoteando como  la banderola de un navío. Yo miraba para atrás para ver si nos perseguía aún el gigante furioso; pero pronto me dejé llevar por el hechizo. Nadie hubiera podido atraparnos en aquel momento, J, ni siquiera un héroe de fábula. Y recuerdo que quise notar no sé qué efervescencia tibia en la planta de los pies, una ascensión de burbujas a través de las piernas. Recuerdo que cruzábamos las calles sin atender al tráfico, de un brinco. Los comercios quedaban atrás como los postes de teléfono cuando se va en tren. Nos llegaban los sonidos entrecortados. Las manzanas se achicaban, las calles se acortaban como jadeos de moribundo. Veía tus dedos, de tanto en tanto, sobre la frente. Yo te imitaba, J, todo es mente, todo es mente, mi cuerpo efervesciendo, electrizándose. De repente me encontré ebrio de velocidad. Recorríamos los barrios como si fueran los decorados planos de un teatro, como si fueran el atrezzo de nuestra función que unos operarios se encargaban de renovar a un ritmo frenético y vertiginoso. Y nuestras risas eran la banda sonora, el fondo musical de la obra. Las manos en el entrecejo una vez más, J, y la ciudad quedaba atrás y los coches en la autopista ralentizaban nuestra carrera, la carretera nos pertenecía a nosotros, no a ellos, cansinos intrusos, a nosotros dueños y señores de la velocidad. Por el arcén vencíamos la lenta procesión de metales y caucho. Tus dedos en el entrecejo, los míos también, J. Yo cada vez más feliz. Todo es mente, todo es mente. Las ciudades, los valles, las cordilleras, todo se sucedía con frenesí. Travelín delirante de un videojuego. Recorríamos los países como las fichas de plástico los recorren en un tablero, en cada tirada el seis doble, en cada progreso una carcajada que nos brotaba del alma. Si corríamos hacia el sol, en la trayectoria del sol, J, nos manteníamos en un día eterno. Si contrariábamos el sentido del astro rey la noche era un parpadeo. Los continentes, breves refugios de roca en la charca del mundo, J. La velocidad. Nosotros. Nuestros dedos sobre el entrecejo. Unas risas que no oíamos. El sonido se desgarraba con violencia de nuestro entorno, quedaba atrás. ¿A quién le importaban ya los gigantes míticos?

Luego tú tuviste miedo, J. ¿Te había vencido?, no sé. Quiero creer que a fin de cuentas eras más prudente que yo. Correr por el aire, J. ¿Por qué no viniste? A esa velocidad era muy fácil, es el principio de los aviones. Tan sólo inclinar el cuerpo, abrir los brazos con las palmas hacia abajo.

Dejar atrás el viento, J. Atravesar las nubes como un ladrón huyendo entre velos y sedas de un zoco en Túnez. La tierra girando abajo. Un globus terrae al que  le hubieran dado un violento manotazo. ¿Y qué más?, ¿qué límites? Mis dedos en el entrecejo. Sí, sí, afuera, superar la atmósfera. Escuchar la música de las esferas acelerada, como ese efecto, back cuening, que hacen los disc-jokey, al manipular el disco. Marte-Plutón, Plutón-Venus, Venus-Mercurio-Júpiter. Yes, yes: el dancefloor del sistema solar.  ¿Y atravesar el sol? Como atravesar un niño una ola en la playa, J. La velocidad impide que te quemes. Lo saben los gurús que caminan por las brasas. A la velocidad de la luz eres invulnerable a las temperaturas. Eres indeterminación pura. ¡La velocidad de la luz! Superarla, superarla con la presión de mis dedos sobre el arco superciliar. El mundo se presenta como una estroboscopia delirante. Los espasmos de las galaxias, el boquear de los agujeros negros. De repente todo eclosiona y el cosmos es una flor circular por cuyos bordes me persigo a mí mismo. Las suelas de mis zapatillas deportivas golpeando mis glúteos… mi mano estroboscópica alcanzar paulatinamente el hombro de mi yo perseguido rozarlo velocidad absoluta ser ubicuo que abarca todo espacio en tiempo cero más allá de todo límite realidad unificada comprendida sin fracturas no nacimientos ni muertes no tiempo ni posibilidad de recorrido superación insuperable sin capacidad de evolución limite de lo ilimitado única forma de superación velocidad de pensamiento único margen donde evolucionar la dimensión mental acelerandolamentecondedossobretodaslasfrentesdetodaslascosashastahallarelpuntoalgidoenquesefusionanlospensamientosconlosnopensamientosenunafugadeunomismosobreelespacionunaholladoeinfinitodelaindeterminación…

Pero cometí un grave error, J. Al volverme ubicuo. Al superar todas las velocidades y estar en todos los lugares al mismo tiempo, violé el principio de indeterminación.

El golpe no duele, J. Lo que asusta es la desorientación. Volcarse el cubilete de la vida. Un baño tibio deslizándose por el rostro. Ver un flanco de tu propia mandíbula replegada hacia arriba. Las manos ásperas del hombre. Las muecas de sus labios sin voz que trataban de animarme. Y allí, con esa vista a ras de suelo que deben tener las palomas, contemplar los universos de colores que se derramaban bajo el toldo de una floristería.

Ya lo sé, J. La silla de ruedas es una excusa. Bastaría llevar mis dedos hasta el entrecejo… Pero, cuando se ha alcanzado la velocidad absoluta ya no se tiene interés por esas cosas.

Ahora me solazo en contemplar la lentitud de la vida, J. A veces, cuando escucho un estruendo como el de hace un momento, un entrechocar de metales, me doy cuenta, J, que no hemos sido los únicos en desafiar el principio de indeterminación, tu absurda versión del principio de indeterminación, J.

La asistenta empuja mi silla de ruedas por el bulevar. Un día precioso. El aire gélido me estimula el riego. Me gusta el humo blanco que sale de mis fosas. Mirar a través del humo. Observar la lentitud exasperante con que un anciano ajedrecista desliza un alfil por el tablero.

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