Magazine del colectivo Quimera

Los ojos de un dragón

In Uncategorized on julio 7, 2010 at 1:00 PM

Los ojos de un dragón

por Andrés Sánchez Redondo

—Si miras a los ojos de un dragón intensamente, el dragón desaparece.

Había sido la primera respuesta de su maestro y mentor. Ahora, Yoo comprendía.

—No es cierto. No encontrarás un dragón entre las almenas de un castillo. A los dragones no les gusta la altivez de las princesas. Detestan el metal bruñido y el estrépito petulante de las trompetas. Odian los tambores y los estandartes. Los dragones adoran la  sencillez. Ése es su verdadero alimento.

Había sido la segunda respuesta de su maestro y mentor. Aquella mañana, Yoo  comprendió. Porque Yoo vio a la muchacha que transitaba por los senderos vaporosos. La sombra roja de los árboles intentaba, a ráfagas,  oscurecer su silueta. La muchacha con cántaros. La voz sobre cuyas modulaciones descansaban pájaros de cabeza dorada. Yoo la saludó con timidez sobre el puente de juncos. Prosternación de Yoo. Sí, fue entonces cuando Yoo comprendió.

—El tiempo no es nunca insuficiente, ni tampoco excesivo. Observa el tiempo: porque el tiempo eres tú.

Había sido la tercera respuesta de su maestro y mentor. Y Yoo había clavado su espada sobre la tierra húmeda, en el margen del río. Desde una roca contemplaba el tiempo: estaba hecho de farolillos que la corriente transportaba. Yoo pescaba con su arco y sus flechas, todo movimiento correspondía a una marcialidad sutil e improvisada. A veces el tiempo se detenía sobre un nenúfar, entonces era imposible pestañear, ni siquiera respirar.

Yoo entrenaba su espada cada mañana y cada tarde. La espada era tan lenta como el tiempo, pero más rápida que la propia idea del tiempo. Yoo había comprendido. Estaba preparado para enfrentarse al dragón, daba igual cuántos años tardara en aparecer.

—No vemos las cosas, sólo la imagen de las cosas. Un hombre que grita, un niño que llora, un bosque que arde no son para nosotros más que la imagen de un hombre que grita, de un niño que llora o de un bosque que arde.

Había sido la cuarta respuesta de su maestro y mentor. Y Yoo veía a la muchacha de los cántaros pasar por el sendero y escuchaba su voz fresca como un jardín, pero Yoo todavía no comprendía.

—El momento siempre se anticipa al momento. Si los ojos te han de servir para observar el tiempo, es el corazón el que te dará a conocer el momento.

  Y aquella mañana el corazón de Yoo despertó antes que el propio Yoo. Y notó el corazón de Yoo las alas de un dragón batiendo en el núcleo del bosque, un poder nuevo para el que el tiempo no tenía ningún significado. Y Yoo templó su espíritu y envainó su espada. Luego se adentró en el bosque. Y en el bosque halló la cabaña donde vivía la muchacha de los cántaros. No había señales de violencia, pero Yoo sabía que el momento se anticipa al momento: Yoo desenvainó su espada y entró en la choza. En el interior contempló a la muchacha de los cántaros, que limpiaba unos cuencos. La muchacha miró a Yoo. Yoo miró a la muchacha, ¿cómo había ido a parar su rostro tan cerca del rostro de ella? Los ojos de la muchacha eran grandes y luminosos. Yoo los contempló con detenimiento. Los iris de la muchacha reflejaban el rostro de Yoo. El tiempo se había detenido de forma absoluta.

—Si miras a los ojos de un dragón, intensamente, el dragón desaparece.

Había sido la primera respuesta de su maestro y mentor. Ahora, Yoo comprendía.

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  1. […] Los ojos de un dragón (cuento) […]

  2. ¡Muy bueno, compañero!

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