Magazine del colectivo Quimera

Guerra y Zape (fragmento de novela)

In Uncategorized on julio 7, 2010 at 3:04 PM

por Daniel Ferreira de León

Primera Parte.

 

1.

 

Somos parte de una gran ofensiva, nos convocaron aquí, nos señalaron la cuna de Carlomagno con un silbato en los labios y nos dieron un nuevo fusil. Uno que puede colocarte una canica en el sitio del ojo, a trescientos metros de distancia y a la carrera. No nos dieron ni botas nuevas, ni mayores explicaciones. Pero vaya si nos habían dado unos rangos y unos nombres y un emblema de división y de brigada. Nunca me he explicado del todo para qué, para nombrar y enumerarte la sombra… En la guerra se tiene suerte de que pongan interés en uno, de que lo llamen como a todos los demás: “ey mierdita”, o “tú el tipo de gris”, “no, tú no, el de más allá. No tú, el otro. Tú, sí, tú ¿a qué batallón de qué brigada de qué sección de qué división, perteneces?, pues bien tú y tú y tú, ¡Adelante!”. Porque al final toda la guerra se reduce a un imperativo: ¡Muévete!, carece de acción, en el sentido aventurero de la palabra: es un resumen simple de la dinámica: muévete, ey, tú, cadáver, muévete, avanza, y si encuentras algo: dispara, tiembla un poco y vuelve a avanzar. A esto se le llama en lenguaje técnico militar: ofensiva final, o Trueno sobre el Rin o ejército en marcha.

El prisionero nos ha sacado un momento del frente. Apareció desarrapado y con rastros en las mejillas de haber comido raíces, con los brazos en alto y un cigarro caro abierto en forma de trompeta. Es lo que tiene emerger a la guerra para pedir fuego, te lo colocan frente a la cara al tuntún.

Por alguna razón lo apartaron del bosque, lo juzgaron culpable y se lo asignaron a Cesc. <<Toma gordo, llévatelo hasta el puesto de control.>> Era objeto de infinitos transportes. Cesc apareció con él, empujándolo y arrastrando por el suelo. Goza de buena salud, se levantaba desafiante y eléctrico siempre que caía, aunque tiene una cojera del viajero.

Así que debíamos remontar el lecho del Blitzkrieg hasta el origen. Depositarlo ahí para que le abrieran un sumario, con su nombre completo, las huellas digitales, el recuento de piojos y las conclusiones de una regleta frenológica que mide el judaísmo desde las mastoides a la punta de la nariz. Debíamos traer de nuevo el “recibo” hasta el mando de batalla. Hoy morirán diez mil, sin contar a los que sucumben al susto o la nieve, y se pasará por las armas a todo aquel que caiga prisionero. Pero la guerra necesita sus cuentas, llevar su dietario, su libro de “normalidad”. Ir de manos vacías a las convenciones de paz ofende el sentido de la competencia del diplomático de carrera, y a nuestro prisionero había que vestirlo de huésped mimado para Ginebra.

 

2.

 

Después de más de tres horas de caminata en el bosque nevado, decidimos detenernos para calentarnos lo pies. Vamos en dirección a uno de los puestos provisionales de comando. Hay allí una cárcel. Nuestra misión es entregar al prisionero en custodia y volver al estruendo.

El soldado Francisc, había encendido la fogata, y poco después sintió que el fuego se le iba de las manos. Trató de controlarlo cuando empezó a desmelenarse en chorros amarillos y azules. Quitaba los palos pequeños, uno a uno, calibrando el efecto con una mueca, buscaba no destruir el núcleo, el medallón candente, con raciocinio, como un jugador de Mikado. Fue así que desató una enorme humareda. 

Ahora el humo ascendía nutrido, negro, ensortijado, como si el de las señales levantara la voz para insultar al de la colina siguiente. Docs se reía de Cesc, sentado contra un roble. Encontraba ridículo que se preocupara por el humo de una fogata en mitad de la niebla, del oso entusiasta del invierno y con innumerables divisiones desfilando por el bosque, cuya única constante era la de soltar humo, sudarlo, lagrimearlo a mares, hacer argollas y hadas vaporosas por los ocho costados.

Docs y Cesc son del mismo pueblo, y coinciden en el mismo frente por primera vez.

Cesc intentaba atajar el humo con las manos. El prisionero sonrió, estaba complacido. Yo le grité dos, tres veces, la misma orden. Seguía sin comprenderla. Que soplara, que soplara con todas sus fuerzas. Se puso rojo, azul. Creía que le ordenaba apagarla. Pero el verdadero peligro del fuego hoy pasaba por su extinción: hacía un frío táctico, tal como lo desea el militar de carrera, con la barbilla despellejada por la temperatura del consomé y un pastor belga sentado encima de las pantuflas.

Doc estaba persuadido de que, si aguantábamos perdidos un par de días, todos habrían hecho las paces, con sus enemigos y con el cielo… y todos a casa. Aunque lo quisieran, ya no encontrarían tiempo para movilizarnos hasta el  otro lado de la guerra. Hasta la otra mejilla de Alemania.

Se había desmoronado el sueño trabajoso del Reich, como un pastel de merengue sorprendido por un rayo. Así que aprovechamos para descansar. Yo sabía que de un modo u otro la guerra nos volvería a emboscar. En una guerra tan inmensa hay que hacer mucho por encontrarse, caminar y caminar, enterrarse, hundirse y emerger para toparse con la muerte haciendo la mímica de combatirla. Pero, perderse por mucho tiempo, es imposible.

 

3.

 

Yo acabo de arrancarme una de las charreteras del gabán de campaña, para rellenar la suela de una bota. Acerqué el pie a la fogata y enterré el trozo de estropajo por la grieta. Cesc seguía soplando. Donde debía sentir la llamarada del pie, heridas de nieve, olor, pus, encontré un tope insensible, completamente seco. Los otros tres me veían hacer. Sé que pensaban en lo mismo que yo. En el muchacho de hace un momento. Vimos a un cerdo devorarle la cabeza. El puerco no sabía que un hambre de aquel tamaño no entraría jamás en un cráneo tan pequeño. Sé que suena increíble. Encontrar un cerdo vivo a aquellas alturas, no es, lo que se dice, verosímil.

Era un lugareño, de unos 14 años, al que se veía que le habían disparado mientras ordeñaba.

– Debería haber pedido unas botas. – me dijo Cesc.

– Cállate, estúpido, tú vas en harapos y has pedido un Reich de mil años. – dijo Docs. – ¿Qué crees que le darán por solicitar un par de botas?

– Perderá el pié. – volvió a sentenciar.

– Mira tu ropa, observa lo que te han dado, te han tomado del pelo, a ti y a los de toda tu unidad. ¿A cuántos muertos habrán vestido con las ropas de tu padre? – le seguía respondiendo Docs. Cesc insistió, mirándome de lado.

– Debió haber pedido unas botas decentes. No durará mucho aquí.

– ¿Crees que así desaparecerán sus problemas. Eh? Estúpido. Ahí detrás hay una guerra,  el invierno, un bosque que ocupa medio país, y ¿creés que su problema son las botas?

– Así no podrá seguir luchando.

Aquella vaca sangraba de la ubre, por los dos costados. La vaca y el muchacho habían sido heridos por el mismo disparo alemán. Iba y venía pisoteando la paja, echando cascadas de sangre y leche agria. Poco se lamentaba con su voz de vaca doliente. Un fluido amarillo y amargo le bañaba las patas, como si hubiera dado a luz al muchacho muerto.

– Unas botas, ehh… – le respondí, conciliador – Como sea, nos han dado un buen fusil.

– Así que ya te puedes dar por servido. Puedes volarte la cabeza en el caso de que se te caiga la pierna a partir de la rodilla. – me respondió, Cesc.

Mugía, deambulaba por el establo chico, pero no buscaba escapar: deseaba las manos del muchacho, como una nodriza la boca del príncipe cada mañana, entre sofocones. Parecía hecha de palos y papel pintado y con un inmenso balón con nervaduras desinflándose entre las rodillas. Desde la casa, alejada cincuenta o sesenta metros, llegaba hasta el establo un olor delicado, a pastel. El cerdo comía de la cabeza con ansiedad. Como si tuviera miedo de que el muchacho despertara. El olor era mantecoso, con un toque acre, quizás mermelada de ciruelas. Cesc dijo que era inhumano dejar a la bestia así. El prisionero hizo saber que estaba de acuerdo. El muchacho ya tenía un color de calabaza dulce, anaranjado y lleno de pepitas grises. No había más animales en el establo. Sólo de vez en cuando se escuchaba al cerdo comer, relamerse.  Nunca di la orden de sacrificarla. Me obedecieron.

A cuenta de mi bota no parábamos de pensar en eso: en la inmensa ubre perforada, en agujeros, podredumbre, carne machacada y grietas. Por entonces creíamos que ya nunca volveríamos a ver una herida, por más pequeña y accidental que fuera, sin que todo el inmenso escenario arrasado se te viniera hecho una rutina de circo infinito y terrible, lleno de enanos que explotan como globos de carne buscando la risa de un auditorio de ahorcados.

Nadie detuvo al cerdo.

Yo supe desde el principio que el muchacho era alemán.

 

4.

 

Estábamos lejos de París. París es la ciudad perfecta para marchar, para celebrar un triunfo, como invasor o libertador, patriota o revolucionario, con sus boulevards y sus arcos. No hay mejor perspectiva de París que la del hombre que marcha entre los vítores de sus señoritas y el murmullo secreto de sus conspiradores.

– Distinguido Esler, cállate, de una vez. Nuestra misión es un mal chiste. – me dijo Docs.

– Seguiremos hasta el puesto de control, tal como nos lo ordenaron.

– Yo tampoco veo bien que nos quiten del medio por este húngaro. Yo he venido a combatir y a sacrificarme. – dijo Cesc.

– No somos quienes para discutir una orden directa. – dije.

Cesc sugirió que matáramos al prisionero. Mientras lo decía ponía una boca que buscaba el sadismo y a la vez el sentido de misión. Encontró en su imaginación la forma de liquidar al vagabundo, lo hizo saber achicando un ojo. Docs se negó en redondo, era nuestra carta para ausentarnos un rato de la guerra. Amenazó a Cesc con contarle algo muy desagradable de su madre si se atrevía a estropearle su único pretexto.

– ¿Crees que si quisieran que combatiéramos, y que te sacrifiques, nos meterían en un bosque, con tanto árbol y madrigueras? – buscaba razonar con Cesc. – Están pasando a todos los prisioneros por las armas para que no se ralentice la marcha, ¿no te resulta sospechoso que nos asignen salvar a este monigote? Yo creo que está muy claro, no nos quieren en su puta guerra, porque harán alguna porquería que no sabríamos soportar.

Yo intentaba seguir adelante en todo aquel sinsentido. Organizarlo para que resultara un día de caminata a la ida, y otro día para volver. Trepamos, vadeamos, caímos en trampas de nieve y vegetación. La guerra empezaba a ser un abejeo, aquí y allá, esporádico, poco poblada de voces y frenesí. Entonces silencio. Ningún ejército en marcha. Ya no conocíamos nuestra posición, ni la de nuestros aliados, ni la de nuestros enemigos. Estábamos, por el momento, libres de la guerra.

 

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