Magazine del colectivo Quimera

Jeanne Voiller: Doble homicidio sentimental

In Uncategorized on abril 19, 2010 at 12:10 PM

La mayor contribución del editor Robert Denöel a la literatura francesa (y por tanto univeral) del siglo XX, no fue el debido aquilatamiento de la profundidad y trascendencia del manuscrito del Voyage au bout de la nuit, al recibirlo envuelto en papel de periódico; ni su sustancial compromiso con la obra posterior de su autor: Louis Ferdinand Cèline. Esto es lo que lo ha hecho célebre y necesario, envidiado y anatemizado, dentro del repertorio editorial europeo de entreguerras. Su aporte decisivo fue, en connivencia con su amante (y posterior ideóloga de su asesinato) Jeanne Voilier (Jeanne Loviton), haber desembarazado a la literatura universal de uno de sus más perversos destructores: Paul Válery.

La Voilier sustituía al esteta senil con su reverso casi simétrico, con el demonio de su espejo, con el satanás privado del poeta nacido pasa.

En efecto, Jeanne Loviton (Jeanne Voilier), que contaba con un amplio legajo de amantes entre los literatos de la época, fue amante de un Paul Válery ya bien afirmado en la decrepitud. El escritor del Cementerio Marino le dedicaría toneladas de cartas amorosas y un centenar de poesías romántico-terneriles (reunidas hoy bajo el título Corona et Coronilla), compuestas durante los siete años que duró la relación: 1938-1945. Pocos meses después de su ruptura, un Válery diezmado en salud y lucidez literaria, y visiblemente despechado, moría en París. Aunque, para justificar los desvelos de sus osambre, sus restos reposan en el cementerio de orilla (Sète) que evocó en su más célebre poemastro.

Uno de los personajes paraliterarios más antagónicos de su trayectoria poética y política le volaba a laVoilier, y lo condenaba a la muerte por inanidad amorosa. Robert Denöel, firme defensor y profundizador del antisemitismo pacifista de Cèline, y colaboracionista pasivo durante la ocupación alemana, se burlaba de quien había renunciado burocráticamente a toda colaboración. La misma apuesta y defensa por el escritor de Mort à Crédit, con su rabioso coloquialismo de cañerías, implicaba todas las objeciones posibles al esteticismo vaporoso y preciso del poeta purista.

Jeanne Loviton

Pero el terroso destino de la antigua celebridad no le inquietó el corazón a nuestra aventurera. Contó entre sus amantes genios tan dispares como Jean GiraudouxCurzio MalaparteSaint-John PerseYvonne Dornès… El racismo antiarábico del primero, el fascismo activo del segundo y la tibieza política de los otros dos, entre otros, nos permiten situar la actitud política de Loviton, nuestra hienilla de cenáculo, del lado de la infamia: ¿esperabais una vampiresa políticamente correcta?, pues no, lejos de reeditar el retrato bohemio y entrañable de una Suzanne Valadon, la putilla de tertulia que nos ocupa es oscura y repugnante en casi todas sus aristas: una hiena en buena ley (dejadme presuponerle una risilla histérico-mercenaria en mitad de la cara)

Su nuevo amante tampoco sería bien retribuido románticamente, si descontamos el coeficiente de reconocimiento pasional que trae consigo el asesinato.

El asesinato de Robert Denöel

El domingo 2 de diciembre de 1945, mientras se dirigían al teatro (en la versión de Loviton), una de las ruedas del automóvil que conducía el editor tuvo que ser cambiada. Fue mientras se aprestaba a sustituirla cuando cayó abatido por una bala gorda como un cerdito navideño (Si las leyes físicas del retroceso no mediaran en la ecuación, hacía tiempo que la industria bélica habría instituido el calibre 100, que le permitiera reducir a hueco a un hombre de buena complexión en el instante del disparo: por suerte para muchos, ningún arma de uso manual tiene esa capacidad… ¡o seríamos millones los huecos dolientes!) El hecho tuvo lugar frente a la sede del Ministerio de Trabajo, a dos pasos de los Inválidos, en el séptimo distrito de París. Fue mientras Jeanne se dirigía a pedir un taxi a la parada más próxima, que el editor resultó herido de muerte.

Entre las presunciones – sin confirmación posible – sobre el caso, están la de que ambos se hubieran dirigido en realidad a un encuentro secreto, (como sea, se desconoce la naturaleza de la cita), y que ante las complicaciones de la “transacción” se hubiera desencadenado el homicidio. Otros, y en vistas de los jugosos beneficios que le reportó el suceso a la novia del cadáver, (entre estos el propio Céline), apuntan a la participación de un sicario a las órdenes de la mismísima Loviton, quien, a pesar de la viuda oficial del editor belga, consiguió hacerse con la editorial de la que todavía cuelga el apellido del occiso.

Sólo por profesarle nuestro repudio imperecedero, (animadversión que nace de las recurrentes comparaciones que la prensa literaria ha hecho de esta enredadera parásita, trepadora y vulgar, con la esencial y talentosa Suzanne Valadon) daremos crédito a esta última versión, de conspiración y traición amorosa, que, como vimos, ya había perpetrado de forma incruenta en el caso de Paul Válery, al que, a cuenta de su pusilanimidad, le bastó un filtro de celos para sucumbir completamente.

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