Magazine del colectivo Quimera

Capítulos de una novela en huelga

In Uncategorized on abril 19, 2010 at 12:19 PM

La falaz extravagancia del escritor novel puede ser advertida por él mismo. Un ejercicio de absurdos, estilo que lleva en sí mismo su propia parodia, fábrica de juegos ruidosos y experimentales que intentan calzarse los dotes de una supuesta precocidad genial, son signos comunes a la pubertad literaria, la súplica más socarrona  y grave, la gravidez de una morsa explotando.

La literatura hispanoamericana está plagada de ejercicios de vanagloria ad absurdum, pensemos en aquel ejercicio de pretensión cosmopolita llamado Rayuela, el cansado tema del escritor en el exilio, la mal llamada literatura de denuncia, los cansados convólvulos interminables de los cien años de aburrimiento que nos lega Gabo, para no hablar de la frenología carpenteriana, asesino del adjetivo, que ha impuesto a los autores latinoamericanos el sanbenito del sustantivismo, basado en la suposición errónea de la multiplicidad del universo… Dios es una suma de atributos, un adejtivo, no el verbo.

Dejémenos de estupideces. La consagración de cualquier artista está supeditada al amonedar símbolos y abrir muslos. No seré yo quién condene a Lisandro Ariel.

El autor, soma, Ariel, ha decidido legar este experimento novelístico a la improbable mirada de un lector trasnochado que dormirá con la firme intención de evitar las fosfoefervescencias que el mercado anglosajón ha impuesto al gusto de nuestro apesadumbrado mexicano, siempre ávido de rubias, convertibles rojos y descuentos en línea blanca.

a) Cereal Stradivarius

El Sello es tan frágil como una rosa bajo la lluvia o una mujer dormida. Nieve que cae sin viento. El Sello es un artefacto incorpóreo de visiones e ideogramas. Un animal esporádico que ocurre entre los pliegues de piel en cerdos y mujeres. Un mecanismo invisible que provoca crímenes mezclados con sexo.  Su descubrimiento final ocurre en diciembre del 2018.

Para el Rastreador del Sello, el mundo es una biblioteca, un archivo gigantesco que esconde la alquimia necesaria para conseguir el Sello. El origen del Rastreador es variado; la personalidad es única. Hablan mucho. Saben provocar trances hipnóticos. Tienen habilidades hermenéuticas y paramilitares. Cazan y son cazados por Objetores, seres que se interponen entre ellos y el Sello. Suelen vestir de gris, negro o verde olivo. Se enamoran de mujeres ficticias o del nombre en una lápida, Anaid Trujillo, 1986-2009. Es fácil encontrarlos fumando en una esquina.

Un Rastreador puede mirar por horas una figura de cera. Puede perseguir por las calles un piano o volarse los sesos en frente de un niño. Sin duda, aparentan estar locos. Las estadísticas son funestas. A la hora dieciocho de ayer se registraron los siguientes decesos. Un Rastreador murió en la bañera; otro, en el alcohol; dos más, en la playa; cinco, en el horizonte, muertos por una implosión termonuclear que los fundió en un indistinto monumento de mierda y entrañas.

El Sello es poseer al Valentino. Poseer al Valentino es tener poder. Espectador Nocturno, Caballero de la Orquídea, Sátrapa cósmico, Hierofante galáctico. Ha tenido muchos nombres. Según el Doctor Laprida Rosas, Valentino es un demonio parcialmente visible que es mitad reptil alado que es mitad potro florido, y mitad ave humana que es mitad mono de luz. Un aparente tetramorfo ajeno al tiempo y al espacio, que huye de la percepción humana por su abrupta disparidad de tamaño. Es tan pequeño como un microbio. O tan grande como una nebulosa. En realidad, El Valentino es una deidad en ruinas, una creación humana, un ídolo desleído.

La mercadotecnia y las caricaturas conviven con el delirio de poetas moribundos y mujeres narcotizadas. Similarmente, el Sello es una falla cognitiva que toma forma en la alta cultura. Es, en parte, un talismán sonoro hipotético, creado de silencio, murmullos y el zapping  satelital. La gente ve caras o animales en las nubes y en las marcas de tinta china en las hojas que muestran sonrientes científicos. Se le llama paradoilea. Es creer que el mundo es un universo de designios. Es una falla cognitiva provocada por el acondicionamiento evolutivo; comportamiento que puede medirse en pantallas de visualización cerebral. Todos podemos ver en dos rayas sobre una curva cóncava una cara sonriente.

Buscar conspiraciones y sellos mágicos es una patología en apariencia inocente que produce costos anuales muy altos que las empresas no computan; razón por la cual, los Rastreadores son perseguidos tenazmente por equipos armados que no existen, y que son borrados metódicamente de todo desvelo periodístico.

-En términos coloquiales, llamémosle al Sello fetichismo intelectual, orina en la boca, bella arquitectura inútil.- dijo en alguna ocasión el Doctor Carlos Irvián antes de prender un cigarrillo.

Carlos Irvián murió a manos de seis Objetores; dos Rastreadores murieron protegiéndolo. Logró crear una representación bidimensional hipotética del sello en 1992. Años más tarde, una representación tridimensional del sello se perdió durante una operación armada en la que murieron cinco Rastreadores (una hembra y cuatro machos) que lograron llevarse consigo la vida de diecisiete Objetores y doscientos elementos armados de la Fundación Orquídea.

La hipótesis Irvián resulta enigmática. “El sello es un constructo alegórico, una superchería criptográfica. No tiene que ver con posiciones astrales o con tipos sicológicos. Es, en realidad, una pieza no-plástica que contiene la receta para convertirse en todos los hombres, o para poder acostarse con todas las mujeres.”

El edificio de la fundación Orquídea ostentan pisos secretos donde se esconden sus aparatos de inteligencia. El trece. Las empresas de transporte vertical quieren explicar el salto del botón del piso doce al catorce como una solución a la supersticiosa mojigatería del consumidor. Otras curiosidades se registran como inocuas en los libros de divulgación con maquillaje científico. Por ejemplo, que en el siglo XVIII el Conde de Sandwich inventó su epónimo refrigerio vespertino porque no manchaba los dedos durante la larga rutina de jugar las cartas.

Un equipo de hombres armados, invisibles por algún artilugio de reflexión digital, disparan a los rastreadores. Hace cinco minutos, en algún helipuerto, un rastreador hizo paracaidismo de base antes de caer en una fuente llena de moho. Las balas invisibles no lo alcanzaron.

En su bolsillo, una señal del Sello, el tetramorfo griego de  origen egipcio de origen babilónico, y un nombre. La teoría Esfinge, bastante impopular, tanto en Rastreadores como Objetores, dice que una mujer es la dueña de la llave que esconde el Sello. La mujer es en realidad una esfinge. Protector egipcio de las puertas dimensionales, de la iluminación. La esfinge es un tetramorfo alegórico, cuestión que favorece la teoría de un amante cuádruple para el demonio cuádruple. La realidad puede prescindir de simetrías, como sabe cualquiera que observa la espiral de crema en un café. Aunque esta inspección en muchas latitudes sea, por sí misma, un hecho simétrico; la sobrepoblación humana garantiza la uniformidad secuencial que soñó la industria del consumo masivo y la filosofía alemana para beneplácito particular de políticos y prostitutas. La crujía nazi ha cambiado por el eufemismo estilo de vida, acomodaticio y homoerótico cuando no cansado y estruendoso.

En un vagón repleto de niños retrasados, un artefacto casero de nitroglicerina explota. Cualquier adolescente del siglo veintiuno debería saber la química que producen los cítricos en conjunción con la grasa humana o porcina. La operación fue un éxito. Los ojos de la torre, en el centro del panóptico, han volteado sus miradas al vagón a la deriva, con caras sonrientes que se derriten. Juana de Arco se vio hermosa entre las llamas. El sexo con quemadas no ha sido clasificado como patología sicosexual. Sin tomar licencia poética, todo el cine de acción norteamericano es el cumplimiento simbólico del deseo infantil de acostarse con una mujer ardiendo.

Aprovechando la distracción, los hombres armados penetraron en la catedral. Dos rastreadores, Helena de Porras y Camilo Ozarka, se atrincheraron en los palcos del coro. En las catacumbas un sacerdote intentaba violar a la Esfinge. Murió cinco segundos antes de la eyaculación.

La Esfinge dice llamarse Carla, tener quince años, estudiar en el colegio de santa Catarina, tener como únicos pecados: el consumo esporádico de hachís de baja calidad y la ausencia inexplicable en clases para perderse en una librería leyendo obras de Cernuda con su falda a cuadros. Se ha juzgado prudente recalcar que la Esfinge es una de las seguidoras del colectivo Quimera, también conocido como Gárgolas. Un cuasimovimiento literario con ínfulas suicido-lisérgicas de principios del siglo veintiuno.

Las ginoides, complejos mecanismos con forma femenina, carecen de órganos sexuales internos. El diseño de los injertos vaginales externos que poseen fue realizado por botanistas y espeleólogos para asegurarse de una floritura cavernaria rigurosa. El resultado fue una hermosa e inútil abertura rosa que aburre a los gorilas de la Fundación Orquídea.

El sueño de astrolabios y alambiques degeneró en la mecánica de autómatas. La palabra Robot significa esclavo en checo. El jugador de ajedrez, supuesto entretenimiento mecánico diseñado por Von Kempelen en el siglo XVIII, es el antecedente directo de la pasión por la forma humana sin el contenido humano. La doncella de Hierro, célebre aparato de ejecución con forma de mujer es la obsesión por el contenido de una mujer destruyendo su forma. (Ignoremos, de momento, al autómata Argos, el ave de vapor de Tarento, y los músicos mecánicos de origen árabe del siglo XII, sin mencionar las primeras máquinas de poleas en la áfrica meridional o las conejitas de Playboy).

Las trescientas ginoides que entraron a la catedral a las tres en punto de la tarde de este día iban desnudas, disparando con los ojos, soltando algún tipo de lubricante verdoso por la cavidad pélvica.

Helena de Porras mató a diez mujeres con la explosión de una granada, por un segundo conformaron una réplica perfecta de la novia mecánica (La Novia, 1912) del gran Marcel Duchamp, obra de reconocido talante misógino, aunque bien sabemos que Duchamp posiblemente carecía de erecciones así como de esclerosis múltiple.

De Porras es una rastreadora de convicción. Amó a un poeta que se lanzó desde un globo aerostático. Imitación de Zweig, cometió la tontería de creer en alguna teoría apocalíptica. El globo aerostático tenía grabado una composición de morsas, águilas y mujeres africanas.

Por su parte, Camilo Ozarka, judeoargentino canadiense muere al apuntarse él mismo con un sofisticado rifle de asalto de fabricación taiwanesa. El instructivo de uso reiría si no fuera un ente inanimado de plastas de celulosa blanqueadas con cloro. No malgastemos árboles brasileños, Camilo Ozarka ha muerto, además de ser argentino.

El miembro viril del sacerdote fenecido mide poco más de diecinueve centímetros, superando el promedio anglosajón y latinoamericano. La pobre Esfinge, Carla, lloraba sobre la lápida de motivos jónicos.

Helena de Porras aniquila, en la puerta de las catacumbas, una afrenta de quince ginoides sonrientes.

-¡Por aquí!- gritó a la Esfinge, señalando con un ademán violento una puerta secreta que daba a una galería galena. Formaldehidos dentro de frascos conservaban un zoológico de malformaciones en mamíferos, reptiles y aves.

Una camioneta van las recogió en un callejón.

En el centro de un jardín, una mujer dice:

–         Te amo, Romero. Te amo.

–         Eres una estúpida.- le contesta un hombre que medita.

b) Confort ácido

El fenómeno es de sobra conocido. Cuando algo nos gusta, las pupilas se dilatan, aumentando su tamaño en un cuarenta por ciento. Las romanas untaban belladona en sus ojos, también en su sexo. A todos podían enseñarles los ojos del amor. Tenían una tradición memorable: se disolvía el veneno en el desayuno del marido; si éste regresaba, se le daba el antídoto antes de dormir. En cambio, si el marido alargaba la farra, moría presa de estertores bajo alguna hetaira sudorosa.

Asomarse a los ojos del amante es flotar de espaldas en dos albercas negras, con el agua cubriendo las orejas, tratando inútilmente de no pensar en nada.

¿El Caballero de la Orquídea es belleza que mata? Un león de acero, pero también una cimitarra de fuego. Proposición 1: El caballero es sexo en callejones, Galatea asesinada, viejitas tejedoras.  Fuma cigarrillos en la niebla. Quince mujeres se han suicidado por su amor.  Proposición 2: El caballero es…

Algunos dicen: Es humanista cínico: La humanidad por la humanidad.

25.12.1979. Anotación al margen del doctor Laprida Rosas en un poemario de tapas azules: Si dañas cierta región del cerebro a las ratas de laboratorio, éstas dejan de cuidar sus crías.

El caballero ama la libertad, la poesía, la muerte, el rock. Es un oxímoron aparente, el tropo lírico más parecido al espíritu femenil. En un barrio del Congo muere un niño en un camino polvoriento. Ciudad sudamericana: una mujer de vestido floreado danza descalza sobre un charco. Está feliz, y tiene el rímel corrido. Una avioneta se sumerge entre la niebla de las rocallosas. Caballero de la Orquídea es, en ese segundo, la mujer, el niño, la avioneta.

No olvidemos la Proposición 1: Caballero de la Orquídea es sexo en callejones, Galatea asesinada, viejitas tejedoras. No hablaré, por el momento, del arquitecto dinamitando su edificio, ni del palacio de las Moiras.

Quince mujeres se mataron por su amor. Fuma cigarrillos en la niebla.

En términos comunes, el Caballero de la Orquídea es el mejor representante de la casta del decepcionado revolucionario latinoamericano.  Está encerrado en una prisión secreta. Tiene una barba abundante, y una larga cabellera cana. Marca las paredes con símbolos que causan huracanes en alguna parte del mundo. Sabe que podría liberarse en cualquier instante. No lo hace. Tiene un unicornio tatuado en un muslo y un nombre borrado de los registros: Teniente Manuel Cobra.

-Cazador de unicornios. – dice, y sus vigilantes continúan el póker. Par de ases sobre una mesa metálica.

Anotación adlátere: La Orquídea es un símbolo curioso.  Las hay que se alimentan de seres muertos, que hacen parasitismo o comensalismo, que nacen sobre excremento. Caballero de la Orquídea parece una acepción contradictoria: es una flor en el pantano.

Proposición 2: Caballero de la Orquídea es…

Pasemos a otra cosa.

Cuando Helena de Porras desembarcó en Veracruz acompañada de la Esfinge, lo primero que hizo fue asearse en un balneario. Lograron evitar cualquier atentado hasta apostarse en un pueblo alto en las montañas.

La casa del Maestro Wally es un par de pisos abarrotados. Una de las habitaciones está repleta de computadoras.  Wally dijo a Helena de Porras:

-Para encontrar la esfinge era necesario un arte especulativo clásico. El sello deja signos a su paso. Los signos señalan el sello.  El 21 de marzo de 1947 la policía neoyorquina entró a la casa de cuatro pisos de los hermanos Collyer. Hijos de ricos migrantes ingleses, nunca tuvieron la necesidad de trabajar. Los vecinos llamaron al notar que los Collyer no daban señales de vida. Para entrar, la policía tuvo que sortear pilas inmensas de periódicos. Al interior se encontraron más de doscientas toneladas de diversos artículos. La acumulación compulsiva de objetos se llama, desde entonces, el síndrome Collyer. La policía encontró un arsenal de armas, automóviles, partes mecánicas de todo tipo, una cantidad inmensa de frascos, discos de música, bicicletas, instrumentos musicales, obras de arte plástico, juegos de mesa, laberintos a escala, cajetillas de cigarros, latas de alimentos, lentes de aumento, cerámica, animales disecados. Tardaron dieciocho días para encontrar el segundo cadáver.  La mayoría de la gente ignora el método. El método es una forma de mirar. Es inútil explicar esa mirada. Es parecida a ver una mujer hermosa entre la multitud. Irvián lo ha dicho mejor: “pararse en una esquina de la eternidad esperando el autobús de la esperanza”. Esa magia, que también transmiten los objetos, es lo que buscamos para tener un registro del paso del sello. Este tipo de objetos se conocen como Signos. ¿Has posado la vista sobre una carabina oxidada? ¿La forma de la luz cuando traspasa un cristal? ¿Cincuenta rostros distintos? ¿Un caracol muerto? Todo eso son signos que no tomas en cuenta. Son rotativas burocráticas, o si quieres memorandos, de la realidad ulterior.

–         ¿Y la Esfinge?

–         La Esfinge se reveló en una conjunción primaria de Signos. Después de muchos ajetreos, por el hurto o la negociación, logré acumular sus signos. Una botella de vino tinto parcialmente rota de color verde que estaba sobre el auto de unos narcotraficantes. Un portafolio con cien mil dólares que custodiaban hombres de traje negro con auriculares. Una bicicleta roja, además de cuatrocientas piezas distintas, dieron finalmente la noticia: La esfinge existe. Mandamos a un rastreador la noticia de que apuntaba estar en España, Madrid, y que la fundación Orquídea estaba tras el mismo rastro, ya que sus grupos de inteligencia habían detectado un canal de información privado entre Objetores que versaba sobre la Esfinge.

–         ¿Esto nos llevará al Sello?

–         Es posible. Aunque es igualmente posible que seamos presa de una alucinación colectiva.

–         ¿Cómo funciona la esfinge?

–         La esfinge es una puerta cerrada. Para abrir una puerta se necesita una llave. La llave también tiene signos. Por el momento hemos recopilado dos de estos signos. Si nuestros cálculos son correctos, faltan tres más.

–         ¿Dónde encuentro el tercer signo?

Carla ama el sonido de la lluvia contra la segunda ventana a la derecha, en el lado frontal, del segundo piso de su edificio. Es la forma de caer, de tocar el metal, de brillar en la pared desnuda del cuarto, como niebla de lavanda, dice Pollock. No porque madre hable a las diez de la mañana del domingo, y hay que actualizarla de toda la semana, antes de un cigarrillo después del desayuno con el sol que entra por la segunda ventana a la derecha, en el lado frontal, del segundo piso de su edificio, formando un rectángulo: amarillo sobre blanco, dice Rothko.

Carla ama a Roberto. Roberto ama a Carla. En una hoja cuadriculada descansa la nota Eres mi vida que Carla escribió a Roberto, que la espera  en un café junto a los halcones de la noche, dice Hopper.

Ahora ella sueña que un ángel la lleva al sol. Que ese ángel trae puesta una máscara veneciana. Y ella grita. Despierta sudada en una casa repleta de objetos.

De Porras prepara la cena.

Es abril del 2018. Y en el centro de un jardín un hombre medita mientras una mujer prepara el té.

-Están muy cerca- dice el hombre.-. Están muy cerca.

En una estación abandonada del metro, ciento cincuenta hombres se alistan para la guerra. La fiesta comienza en el piso 52 de la Torre Mayor.

Un símbolo, en la prisión del caballero, causa el aleteo de una mariposa en Pekín.

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