Magazine del colectivo Quimera

La Cascada

In Uncategorized on marzo 2, 2010 at 1:32 AM

Por Guillermo Samperio

Quiero decir que me utilizó para luego tirarme en las bolsas de plástico negro del olvido, las cuales recoge el camión de la basura antes del amanecer y luego las llevan a la montaña del quebranto, como diría algún poeta. Que ese tipo de cosas no se le hacen a un caballero. No esperó a las cortesías que se le deben a un arcángel. No se daba cuenta de que un arcángel estaba con ella. Porque es muy probable que le acepté la invitación. Maricela estaba por terminarse el cigarro y encendió otro con el carbón rojizo del primero un poco nerviosa. Comenzó a sentir vergüenza, desasosiego. Nunca supo quién estaba sentado en mi sillón horrible y que quien la acompañó hasta la cama fue ese mismo arcángel. No le pasó nunca por la mente. Ella andaba en sus mil y una cosas que, tal vez, se reducían a los cinco dedos de su mano izquierda. Luego nos quedamos dormidos.

Desperté en la oscuridad, pensando, no sé por qué, que estábamos en su casa, pero miré que era la mía, medio desordenada y toda la cosa. Sentí ahí que no se había dado cuenta de que le había hecho el amor un arcángel. Que era una infame mostrenca despatarrada entre mis cobijas sobrevivientes. Descifré la oscuridad y llegué a mi armario. Allí tenía yo varias armas y elegí una escuadra y pude recordar que estaba cargada. Regresé junto al lecho cuya cabecera se mueve. Como tú lo dijiste, Maricela Mata, desde esa noche empezó a morir para siempre. Hacia el pasado y hacia el futuro. Esperé a que entrara la madrugada. En verdad no me hacía ninguna gracia verla así, en la humedad de sí misma. Pero la escena no me conmovió: era el pagaré cobrado por la afrenta, nada más. Estaba parado al pie de la cabecera, la mano junto al muro, cuando resonaron. Tal vez fueron los mismos que escuchamos anoche.

Arreglé mis cosas y me fui a la estación de camiones. Dormí lo que restaba de noche. El día me tomó atravesando montes cenizos y nubes sepias; ya tarde, llegué a la cuidad que anoche abandonamos. Me daba miedo pensar que en cualquier momento se pudiera detener mi respiración. Me costaba mucho trabajo ir saliendo de esa mancha de tiempo que se me untaba y se metía en mi piel. Eso pudo pasar, dijo Maricela, con voz accidentada. Y empezó a construir su versión: Mientras anoche estabas a mi lado dormido, te encontrabas también en la habitación de alguna de esas construcciones. Señaló hacia el vidrio de la calle con los dedos que sostenían el cigarro y el humillo hacía torsiones sombrías. Tras los cristales, al fondo de la plaza, dos mujeres, apoltronadas en una banca alta de madera, se acompañaban pero no parecían conversar. Tenías la mano junto al muro, dices, miraste el cuerpo de esa mujer que se parecía a mí por fuera, escuchaste los sonidos y te abrazaste a mí. Sí, Maricela, tal vez pasó así. Pero lo estabas soñando. No, Maricela, yo sueño demasiado poco y todavía más: recuerdo muy poco de lo soñado y menos de lo vivido.

Maricela fumó, hizo girar el cigarro entre los dedos. Aventó el humo contra el vidrio de la cafetería en medio de un silencio amplio, como si las demás personas, pocas, hablaran en voz baja. Y ahora recuerdo, no sé, me haces recordar, Maricela, que tú te llamas Alicia, Alicia Fernández, comisionista de la empresa, y que la palabra cascada, como tú me dijiste, no es el nombre del líquido que sale de la regadera, sino agua, sólo agua. Y espero, Alis, como te dicen en la oficina, que no me salgas con lo mismo de aquella mujer. Permíteme un momento, tengo que hacer una llamada telefónica. Gabriel pensaba en el siquiatra Rodríguez; había llegado el momento de realizar la primera llamada y, en este caso, era casi de auxilio. Se daba cuenta de que el nuevo medicamento estaba iniciando a dar resultados: empezaba a recordar. Eso le infundía un tanto de gusto, pero igual otro tanto de miedo. No sé ni de lo que me voy a acordar; por el momento ya vino a mi memoria algo muy importante, un túnel de claridad. Alicia Fernández lo miraba detrás del vidrio, sin dejar de fumar. Su cara de desconcierto y su palidez se iban intensificando en sus facciones.

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