Magazine del colectivo Quimera

Historia de los Adanes

In Uncategorized on marzo 2, 2010 at 1:41 AM

Por Andrés Sánchez Redondo (Black Jack)

Amaneció el Edén con el cielo encapotado y con rachas de viento que sacudían a los árboles de la pechera. Abrió Adán los ojos y vio el panorama, y un  presentimiento se adueñó de él. Y Adán tanteó con la mano en la hojarasca junto a él y comprobó que no estaba Eva. Buscó entonces Adán a Eva tras un matorralillo donde orinaba ella por las mañanas y tampoco la encontró allí. Adán se percató de que faltaban en el cielo las aves del paraíso y en la tierra los animales del paraíso, ni siquiera había venido el león Simba como cada mañana para jugar a depredadores y darle zarpazos impostados y arrumacos y simular dentelladas, porque en aquella época las bestias eran hermanas y no se comían unas a otras, sino que iban hartos de frutos y bayas que se desplomaban de las copas como grandes cascotes vegetales, los tigres bebían junto a las gacelas, los babuinos expurgaban a las panteras y todos los animales entrecruzaban sonrisas dudosas. Y entonces vio Adán a Dios Todopoderoso que volaba por el cielo en forma de nube a su vez en forma de naipe de la baraja española, la sota de bastos, que le amonestaba con un leño protuberante de nudos. Y Dios Todopoderoso reía con una risa desquiciada y todo el Edén se estremecía. Entonces recordó Adán la farra de la noche anterior y volvió a resonar en sus oídos la voz en off de Dios Todopoderoso y un sentimiento de desolación sacudió a Adán las capas tectónicas del alma. Y Adán comenzó a estar preocupado, y partió en busca de Eva y se palpó la cicatriz sobre el costillar y notó por primera vez el escozor de la ausencia. Y al ver Adán el estado en que estaba el Edén comprendió las palabras de Dios Todopoderoso, porque la densa flora de aquel vergel había sido diezmada y recluida en parterres y macizos de piedra, aunque Adán no sabía lo que eran los parterres y los macizos de piedra. Y continuó Adán caminando y se encontró con unos niños en un columpio, y los niños vieron a Adán que iba desnudo y cubría sus partes con una hoja de parra, y rieron primero y luego echaron a correr despavoridos porque pensaron que era un pederasta. Y luego Adán escuchó un ruido horroroso como si el mundo se hubiera caído por una tronera de billar, y vio Adán a un ángel que perforaba la tierra con un inmenso falo de hierro, y aquel ángel llevaba un casco amarillo de obrero y una cucharilla desechable de café que hacía bascular entre los labios, y se ensañaba aquel ángel con la tierra sagrada del Edén. Así pues Adán se abalanzó sobre el ángel y trató de detenerlo poniendo en práctica las lecciones que el león Simba le había enseñado, y pelearon por el suelo y dio Adán por fin una dentellada en la espalda bronceada del ángel. Y ocurrió que el ángel huyó y al rato regresó con un grupo de arcángeles mayores. Estos arcángeles mayores blandían porras y en la cabeza llevaban gorras de plato con una cenefa ajedrezada y en el pecho les brillaba un sol de aluminio. Y redujeron a Adán estos arcángeles y lo tiraron dentro de un furgón y se lo llevaron. Y Dios Todopoderoso reía con una risa desquiciada desde un tablón publicitario en el que un chimpancé introducía una colada en el tambor de una lavadora, y aquel tablón publicitario daba a entender que incluso un mono era capaz de lavar una colada en aquella estupenda lavadora, aunque algunas personas llegaron a pensar que era mejor comprar un mono que les ayudase a poner coladas en su antigua y compleja lavadora, y pensaron que el tablón publicitario era una solemne tontería, y una señora en una bocacalle vio como se le venía encima una jirafa y la jirafa se transformaba en un señor alto que transportaba a una niña a horcajadas.

Y Adán fue ingresado en una casa de locos, y en la casa de locos habían ángeles buenos con batas blancas y cartapacios que sujetaban con un brazo contra el plexo solar, y también tenían bolígrafos y hacían preguntas a Adán y Adán las contestaba y ellos mordisqueaban la capucha de los bolígrafos y luego rayaban con los bolígrafos en las hojas de los cartapacios, y si a Adán se le cruzaban los cables venían otros ángeles que no eran tan buenos y tenían los brazos hirsutos y agarraban a Adán y lo tiraban en un cuarto que era como un ataúd. En la casa de locos también habían locos y a la hora de comer un loco se levantaba y le tiraba una bola de puré a otro loco y el otro loco se levantaba también y le tiraba otra bola de puré a otro loco que no era el de antes, y el loco que no era el de antes se levantaba y le metía dos hostias al primer loco de todos.  Adán echaba de menos el Edén y por las noches se escapaba por un ventano y bajaba por un canalón y luego se subía a un árbol en el jardín de la casa de locos y allí dormía en una rama. Y soñaba Adán que corría por los bosques del Edén de la mano de Eva, y que iba cargado con una cesta de picnic a reventar de manzanas, y Adán se las comía a dos carrillos y Eva comía una con bocaditos escrupulosos, y luego Adán con el vientre empachado miraba la vulva de Eva y le parecía una fruta abierta y Adán se tiraba de bruces y Eva daba un chillidito de falsa resistencia. Este sueño de Adán, y otros sueños que él tenía, se proyectaban como una película sobre la pantalla del cielo y resultaba que un loco que se llamaba Onán veía esos sueños sentado en una cornisa. Onán se entusiasmaba y sacaba el badajo por un descosido del pijama y comenzaba dale que dale y dale que dale y dale que dale, hasta que una noche se descerrajó una tormenta de improviso y vino un rayo de gomaespuma a caerle en la cabeza, un rayo que había caído desde la bodega de un avión que transportaba atrezzo para una ópera. Y se acojonó Onán y ya no tuvo más ganas de sacarse el badajo por el descosido del pijama y comenzar a darle que darle y darle que darle. Luego pasó que vino un obispo con bonete, y llevaba un báculo y con él  daba golpes de ciego, y vino a entrevistar a Adán porque había leído su caso en un diario que regalan en los comercios, y Adán creyó que era otro loco del demonio y se le subió a horcajadas y asió las estolas del obispo como si fueran riendas y lo hizo trotar al obispo por los corredores de la casa de locos, y con el báculo le daba golpes de arriero en los glúteos, hasta que vinieron los ángeles hirsutos y se acabó el rodeo muy a pesar de las protestas del obispo. Y Dios Todopoderoso era un niño subido a una tapia que cantaba en brasileño y con un gran pincel pintaba nubes de algodón en el cielo y un sol de regaliz y bandadas de pajarillos de caramelo y accidentes aéreos de gran belleza y una navecilla alienígena con forma de huevo frito que se asomaba, veía el panorama que reinaba en el mundo y regresaba a toda pastilla hacia  la última galaxia del mundo. Pasaron años y años y un día vinieron los ángeles buenos con cartapacios y le dijeron a Adán que ya estaba listo para salir ahí fuera y enfrentarse al mundo de mierda que le esperaba. Y Adán salió de la casa de locos y hizo un curso de informática y comenzó a trabajar para una multinacional. Y allí estaba todo el día frente a un monitor por el que corría continuamente un aguacero de letras. Y Adán miraba a un lado y a otro y lo que veía eran hileras e hileras de mesas en las que sobresalían los bulbos de las cabezas desde las macetas de los monitores. Y a veces sonaban teléfonos y a veces sonaban faxes y a veces sonaban impresoras y a veces sonaban teléfonos y faxes e impresoras y faxes y teléfonos. Y a veces se moría uno de los que estaban allí y rígido y en la misma postura de pulsar las teclas, y venían unos operarios y se lo llevaban, y luego traían a otro de repuesto que tenía la misma cara y el mismo pelo y la misma corbata con rayas oblicuas y un pasador plateado y la misma camisa con una traílla en la espalda y los mismos pantalones de tergal azul un poco dados de cintura y se sentaba en la mesa del difunto y el bulbo de su cabeza asomaba por el tiesto del monitor y todo continuaba igual. Y Adán tenía ganas de levantarse y tirar una bola de puré a uno que estaba enfrente, y pensaba más que nunca en el paraíso y en las auroras boreales de fantasía y en cuando iba a la orilla del Tigris a lanzar guijarros de oro, y por primera vez sentía un profundo odio hacia Eva por haberlo abandonado o por haberse perdido o simplemente por no estar junto a él. Y ocurrió que Adán entabló amistad con uno de aquellos bulbos, que resultó ser otro Adán que había perdido su paraíso también y su Eva, y tenía este otro Adán un tupé entrecano y unas arrugas verticales junto a la boca como cicatrices de tunante, y quedaban los viernes para ir de marcha e iban a tabernas y bebían jarras de cerveza y luego iban a pubs y bebían cubatas y le echaban los tejos a todas las Evas que encontraban, y pensaban en las Evas como en objetos de placer desechables, porque nunca perdonarían en la vida que Eva, su Eva de ellos, les hubiera abandonado, y luego iban a discotecas y se bebían el agua de los floreros y seguían flirteando y más tarde terminaban en un after hours y aquel after hours era como el tambor de una lavadora que centrifugaba, y ellos dos eran dos viejos pantalones y un mono había puesto el programa para ropas delicadas, y luego iban dando tumbos por las calles que acababan de poner y se caían en un abismo porque se habían dejado de instalar el paso de cebra, y más tarde se separaban con un apretón de manos y juraban que a la próxima triunfarían y tratarían a las Evas como hay que tratarlas, con todo el ensañamiento del mundo. Y así un día y otro y otro. Y un día se murió el otro Adán y los operarios trajeron uno de repuesto con el mismo tupé entrecano y las mismas arrugas de tunante y la misma corbata de rayas oblicuas, y la cosa continuó igual y las farras y las promesas. Y Adán pensó que quizás él mismo ya había muerto unas cuantas veces y había sido reemplazado por los operarios. Un día conoció Adán a una Eva que le hizo caso, y aquella Eva era gordita y tenía ojos bondadosos que le iluminaban la cara y unas manos muy suaves que acariciaban a contrapelo la nuca de Adán, y Adán la conquistó, o eso creyó él, y la llevó a un moblé y fornicaron y fornicaron y fornicaron y Adán se estremecía con imágenes del paraíso, y las imágenes eran de gorilas que se aporreaban los pectorales y de orgías de animales mixtos y de inmensas cuevas con forma de sexo que emitían vapores irisados, y Adán luego regresaba a su casa golpeándose el pecho victoriosamente y despedazaba un papelillo con el número de teléfono de aquella Eva, porque aquélla era su venganza tanto tiempo esperada, y a los dos minutos regresaba desesperado y recogía de un alcorque los fragmentos y los recomponía en la palma de la mano, y leía aquel número en voz alta y lo gritaba como un himno, y Dios Todopoderoso se derramaba sobre él en forma de lluvia torrencial, y un rayo atravesaba un corazón en el cielo con las iniciales A y E, y un coro de ángeles negros cantaban gospel en la marquesina del autobús con la voz de los Bee Gees. Adán y aquella Eva se fueron a vivir juntos y veían la tele y ponían coladas y comían platos precocinados, y a veces fornicaban y a veces ella enfurecía porque Adán dejaba la tapa del váter levantada, y Adán enfurecía a veces porque aquella Eva le contaba anécdotas del trabajo justo cuando comenzaba el partido de la Champion’s, y a veces hacían las paces, y a veces pegaban un portazo y a veces se amaban y a veces se insultaban y a veces se besaban en la terraza mientras sujetaban con pinzas en un riel del tendedero un extremo del arco-iris. Y Adán soñaba por las noches que bailaba fox-trot con la serpiente, porque la serpiente tenía brazos y piernas y bailaba todos los bailes con mucha destreza antes de que Dios Todopoderoso le recortara las extremidades con una tijerita de punta redonda, y a veces se tiraban la comida precocinada a la cabeza, y a veces Adán se iba al bar y se trincaba cuatro wiskys y se le llenaba el estómago de amor y volvía a casa y aquella Eva era una estatua de mármol. Y por fin Adán cogió las maletas y se largó de allí y se acordó de aquellos fragmentos de papel en un alcorque y en aquella mano suave que un día le acarició la nuca a contrapelo, y Adán lloró grandes lagrimones de cocodrilo.

Y luego continuaron las andadas con su compinche de tupé entrecano, que a cada tanto se moría y lo reponían unos operarios, y salían los viernes de farra y bebían ginebra con limonada. Y un día en un pub aquel otro Adán lo besó arrebatadamente, y Adán notó una turbulencia que se desataba en su interior. Y Adán pensó en si aquel otro Adán era al mismo tiempo Adán y Eva, y pensó en si él mismo sería Adán y Eva al mismo tiempo y lo tomó como cosa natural porque a fin de cuentas Eva estaba hecha con materia de él. Y los dos Adanes que a fin de cuentas eran dos Evas se hicieron amantes y se casaron por lo civil, y en el viaje de novios hicieron un safari por  Kenia y allí descubrieron que el Edén no había sido aún destruido por completo. Y un amanecer mientras se calzaban las Panamá Jaks para ir al safari fotográfico cruzaron una mirada clarividente, y entonces se desnudaron y huyeron por una ventana y cruzaron la sabana aún adormecida, primero en silencio para que no los descubrieran, luego aullando y dando gritos de felicidad con los brazos abiertos como para abrazar a una madre, y entonces vieron con grandes carcajadas de alegría que el viejo león Simba venía a la carrera hacia ellos, dispuesto como en los viejos tiempos a jugar a darse zarpazos impostados y dentelladas de postín, y supieron que por fin Dios Todopoderoso les había perdonado.

Y Dios Todopoderoso volaba por el cielo en forma de nube a su vez en forma de músico de jazz que desgranaba unas notas agridulces y lánguidas desde un saxo de oro.

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