Magazine del colectivo Quimera

Berimbau

In Uncategorized on marzo 2, 2010 at 1:36 AM

Por Daniel Ferreira de León (Ubu)

Lo primero que me lanzaron en forma de escupitajo moral fue: ¿es que usted es incapaz de considerarse culpable de nada? Sólo puedo describirlo como una sustancia resbalosa, más pesada que el agua, más persistente y salada, cuyo trayecto deja una leve memoria en la mejilla. Te reconoce la garganta abriéndola en un par de gajos fríos y se diluye para  brotarte de nuevo del lacrimal. Y todo es un eterno fluir y recomenzar. “Veo que sí puede sentirse culpable, pero con eso no basta”, me escupió de nuevo Monsigniore.  Caí en la cuenta de que aquel episodio de humedad dejaba a la vista de un sacerdote no muy intrépido, una buena ración de todas mis cualidades morales. Cualidades que no creía poseer.

– Con llorar no es suficiente. – concluyó por fin, arreglándose las bocamangas de la sotana… Pero terminó por culpar de todo a Leandro que estaba cada día más persuadido de que yo me había vuelto idiota o la parte insensata de un monstruo.

No interesa saber si el perro era mío. Las mascotas eligen a sus amos, como el dinero, las mujeres… como la miseria y sus parásitos eligen a su portador. Lo que importaba es que fui yo quien lo alimentó por última vez. Estaba lleno de gusanos. Hervía en una lenta putrefacción. Tenía sus ojitos de perrillo perdido muy bien dulcificados por la agonía. Le costaba digerir. Su propio costillar de juguetito de mimbre lo estrangulaba por la mitad, a la pobre miniatura. Respiraba apenas. Regurgitaba la leche por marejadas, cada pequeña convulsión te mojaba los pies con un trocito de espuma.

Mi hermana había regresado de Porto Alegre, y trajo consigo un tronco musical. Una vara curva con un alambre en tensión y una calabaza naciéndole como un inmenso quiste por detrás. Era un instrumento repugnante, un juguete o un arma de última resistencia del pulmón de Nagasaki. Uno debía incitar las variaciones de notas con una piedra atravesada por un surco. No era una piedra del todo vulgar, cambiaba del negro al azul cuando la sumergías en el agua. Pulsabas la piedra hacia arriba y hacías vibrotear el alambre con una vara auxiliar. Entonces un zumbido de avispa con estrés postraumático dentro de una lata, empezaba a llenar el aire. El panal eléctrico iba y regresaba, como en un correoso cortejo… y nunca abandonaba su único matiz.

Mi hermana dejó la mochila en el suelo y pareció que sacaba de su carcaj de arquitecta aquel arco macabro. La abracé con fuerza para mirar el artefacto más de cerca. Mi hermana era pelirroja. El arco amarillo y azul… Mi perro era negro. Fui a buscarlo debajo de la cama y se lo dejé ver. Me preguntó su nombre mientras desenterraba regalos para mis padres de su mochila colosal. Los había envuelto en papel periódico: eran verdaderas reliquias. No los abriríamos hasta el día siguiente. El vuelo de mi madre estaba demorado en un aeropuerto de Perú hacía al menos una semana, pero la esperábamos para almorzar.

No supe responder sobre su nombre. Buscó uno y me pareció apropiado: Pretinho. Mi hermana lo recibió en sus brazos, al perrito. Lo llevó hasta la cocina y lo revisó en la encimera. Su novio era un pediatra cubano. Lo exploró con delicadeza, como al cadáver de un niño.

– Esto no está nada bien. Este perrito necesita un veterinario.

– No te preocupes. – le dije – No es mío.

– No seas insensible, los seres vivos sólo le pertenecen a la vida. – me respondió y dejó al cachorro en el suelo. Le colocó un tazón con leche debajo de la cabeza.

Tenía que hacer un esfuerzo horrible para mantenerse de pie, como una tarta de aniversario infartada de bengalas luego del instante en que el hombre descubre la infidelidad de la mujer. Le temblaba toda la carrocería y abría la boca para dar un muy inapropiado maullido de dolor cada tanto.

Mi madre no regresaría hasta la tarde del día por venir. Fue lo último que escuché, durante la cena, después de que mi padre divagara en torno al museo precolombino, lleno de reliquias del paleolítico inferior y cadáveres de indios que apenas supieron organizar su primera fogata. Hablaron del perro luego de apagarme la luz y del Museo Arqueológico del Perú, que se había ofrecido a un préstamo tan generoso sin que mi padre lo solicitara expresamente…

Viviría un par de días a lo sumo.

Si sobrevivía una jornada más, El Director lo llevaría al veterinario antes de abrir al público el Museo Nacional: del pasado y del futuro: lleno de cacharros y vajilla sin valor.

Estaba podrido por dentro. Era pequeño y negro y no podría jamás transmitirles su cara, la vida de su cabeza de franela carbonizada abierta a la mitad en una eterna demanda de piedad. Tenía el paladar oscuro y un hambre por lo menos una palma más grande que todo su cuerpo tembleque. Era de una raza de hocico fruncido, de huele mierdas, congelado en un gesto a la vez de perplejidad, asco por la vida y empaque altivo.

Mi hermana me forzó a usar el arco. Soy incapaz de recodar su nombre científico, pero bastará con que les diga que era como la carroña de un arpa con elefantiasis. Me acomodó una silla en el césped, delante de la casa, y me puso el arco sobre el muslo. No estaba tan mal, después de todo, azotar el alambre mientras se buscaban variaciones melódicas con la piedra. Mi hermana se sentó junto a mí, al principio, y me ayudaba a ajustar la tumoración mate en la ingle cada vez que se zafaba. Cuando empezaba a surgir en mí algo similar al primer entusiasmo, el arco se disparaba solo y caía al césped, vibrando como una hoja de metal, como un enfermo cardíaco chupado por las palas del electrochoque. ¿Qué necesidad, hermana?, le pregunté, derrotado.

– Es bueno, te sacará un poco esa fijación tuya por la muerte. Es de las muchas cosas que sabe hacer la música.

El perro seguía muriendo. Mi hermana regresó a la casa, tendría lista la comida para cuando Madre llegara con su melena de tardanza y reliquias como regalos. Seguí golpeando un poco aquel arpa gangosa. Parecía importante para mi hermana. Yo tendría siete u ocho años, han pasado veinte desde entonces, pero puedo asegurarles que lo que era importante para mí no involucraba en absoluto la superación personal, ni la terapia de música contra mis neurosis, ni mucho menos adquirir destrezas de ejecución con semejante aparato. Lo sonaba por darle el gusto, y porque tres horas después de comenzar me suplicaría que abandonara el instrumento para siempre.

Primero vi sus cabezas detrás del seto. La de Leandro asomaba completa, avanzando como suspendida de una piola sobre la maleza cuadrada. Sólo veía el pelo y algunas ráfagas de frente de los demás. Leandro miró hacia mí y ya cuando se escondió durante el instante de planificación di por perdido el arco. Es inútil resistir a las primeras gracias del destino, lo importante es desordenarle el futuro, modelarlo a medida que crece. La venganza es un tono más dulce que la resistencia.

– ¿Qué es eso?

– Un arco y flecha.

– ¿Me lo prestás?

– Por mí podés llevártelo.

– Hace una linda música.

– Depende.

– ¿De qué?

– De mí.

– ¿Me lo puedo llevar, entonces?

Leandro se llevó el arco. Lo tocaba en el centro y su pandilla, llena de huérfanos con barbas de neopreno, flotaba alrededor como un enjambre idiotizado por el zanganeo del instrumento y la jerarquía del ejecutor. En términos de sensaciones, les recorría el espinazo el mismo hormigueo estético que finge usted y las otras señoras cuando van a la ópera, ¡cómo si les tocan una rumba! con tal de que imiten a Mario del Monaco.

Salieron por el portalón y se sentaron en la vereda de enfrente a sonar aquel arpa cadavérica. Reían todos. Leandro tocaba. Los huérfanos imitaban el sonido de trance mongólico con la voz.

El perro dormía en un pulóver de punto inglés, cuando probaba una pequeña huída era como si el tejido de lana le pasara a las patas y le impidiera hacer otra cosa que aumentarlo. Resbalaba, caía, lo tejía un tramo igual al esfuerzo aplicado en cada crisis de fuga. El punto inglés debe proliferar hasta dar cabida a la panza de un gentleman llena de patatas fritas y esperma de escargots. Despellejé el pulóver poco a poco. Gruñía y se quedaba entretejido intentando salir. Tenía la tenacidad inapropiada de las ardillas, frente a una vereda estática que se perdía detrás de los zapatos y se embaldosaba rápidamente por delante. Cuando conseguí sacarlo fui de nuevo hasta la silla, sobre el césped. Doblé y giré el brazo como un portador de cartapacios y comencé a acariciarle el lomo. Tenía el pelo sucio de saliva. Con islotes de calvicie y leche seca. La nariz congelada. Una babilla blanca en cada comisura. La panza de papel manteca del tamaño de un puño sin pellejo que partía una nariz razonable.

Los niños vagabundos protestaron hasta que Leandro paró el instrumento. Emergió del círculo de huérfanos apuntándome con el arco. Fumaba un cigarrillo More, que conseguía la imagen de un zahorí extraviado mascando su inútil palito de la suerte.

Yo corrí. Me escurrí por un agujero en el seto bajo. El boj me desgarró un poco la espalda. La miseria del perseguidor es confundir su camino con el del fugitivo. Entraron al césped interior de la casa, se atropellaron en el agujero de boj. Pasó Leandro, no se atrevía solo, así que espero al resto de su manada.

Corriendo llegamos hasta la parroquia católica de Nueva Sabona. Me metí por la cancha de baloncesto y me acurruqué, contra la esquina del frontón. El perro apenas chillaba. El eco hacía rebotar mi respiración y la divulgaba por todas partes. Sonaba como si alguien descalzo descamara un metal reseco. Se los escuchaba pisotear el suelo de pedregullo y a Leandro haciendo sonar el instrumento. Blanc, Blanc, Blanc, Blanc.

El chico de la gorra militar se asomó por la pared del frontón y puso sobre aviso a los demás.

– Acá está. Abrazado al perro.

Vinieron todos, eran cinco, golpeaban una piedra contra otra, pisaban con fuerza, Leandro azotaba el arco. Bland, Bland, Bland, Bland. Me rodearon, se pusieron frente a mí.

– Danos el perro. Es de la perra de la Yoli.

Tomé al perro con las dos manos y le di, pacs, pacs, pacs, pacs, la cabeza contra el cemento. Cuando lo alzabas entre las manos la cabeza aflojaba como el cambio de cien pesos de los dedos del carnicero.

El cura se asomó al frontón en ese momento.

– Lo mató, ¡está loco! Padre, lo mató. – gritaron todos, los huérfanos corrieron. Leandro me miraba y cada tanto le daba una pequeña paliza al arco para comunicar su asombro. Blan… Blan…

Luego, en el despacho de Monsigniore, bajo un cristo con el corazón por fuera de la ropa, recuerdo por primera vez las lágrimas cayendo sobre mí, mojándome la cara.

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