Magazine del colectivo Quimera

A veces un fuego

In Uncategorized on marzo 2, 2010 at 1:34 AM

Por Andrés Sánchez Redondo (Black Jack)

El castigo más atroz para una persona, Carla, es que le planten un espejo delante de la cara, y me permito el cinismo, me lo permito todo ya, ahora que ni tan siquiera puedo explicarte estas cosas, Carla, ahora que en vano trato de encender un fuego en mi mirada para que llegue a ti, para que vuele hacia el seno de tu comprensión; te aseguro que en la historia del mundo no ha habido nadie más desgraciado que Narciso.

Los momentos de felicidad son aquellos en los que estamos ausentes, Carla, en que nos vaciamos, en que nos alejamos de nosotros mismos, por eso los hombres beben en la barra de un bar, por eso otros se decantan por la pistola en la sien, porque no hay nada más feo que uno mismo.

Dios no es más que lo otro, la belleza de lo otro, Carla, te lo digo ahora, con este fuego en los ojos, mientras acercas a mi boca laxa el tenedor con el minúsculo fragmento de jamón york, te lo digo porque yo…

Esos rayos del sol que se filtran por las persianas creando estridentes arpegios de luz, las toses, los gemidos, el traqueteo del carrito de la enfermera, esas cosan son ahora mi piel, mi  rostro, los puños con los que me arrancaría mechones de cabello.

Sombras como inconsistentes buitres discurren por los pasillos del hospital, a través de los barrotes de la cama las veo pasar, oigo crujir sus pesadas alas, porque la luz es a veces fúnebre, Carla.

Tantas veces he deseado no tener que levantarme de la cama, ¿no crees que todo el conjunto de la vida no es otra cosa que una broma pesada?

Imagino que ya he muerto y que estoy en el tanatorio y tú vienes a velarme, cada día es el mismo día, y tú eres la misma eterna belleza lívida, pero esa idea tampoco me consuela: me he desencantado de ese tipo de perspectivas.

Nada más que huir, huir lejos de uno mismo.

O lo imposible como única esperanza.

En algunas ocasiones el alivio de la ventana, cuando tú, Carla, me dejas la cama un poco reclinada y puedo ver esa franja de mar, esa estrecha banda azul por la que se desliza un catamarán o una lancha que traza una línea con el rotulador blanco de la espuma.

Siempre tuve una vista aguda, Carla, demasiado aguda.

Me fijo con intensidad en algo, como bizqueando un poco, y lo puedo ver con detalle, por lejos que esté, Carla, por lejos que esté.

Así como veo ahora, a través de la ventana, veo el paso de cebra, los chicos que salen del colegio arrastrando las carteras, el quiosquero cuya calva emite código Morse, las palomas que rastrean  la acera buscando imposibles insectos, el muchacho altivo que viste una blazer y un pantalón de franela; ese muchacho, Carla, lleva un paquete de regalo y una botella de cava: un Brut Nature, puedo ver el dorado ringorrango de la etiqueta, así, Carla, como si bizqueara un poco, ¿a dónde irá ese muchacho a estas horas?, ¿en qué fiesta se descorchará esa botella?

Siento que podemos comunicarnos así, sin más, Carla, cuando estás cerca de mí, cuando restañas el sudor en mi rostro o en mi cuello, cuando  estamos tan cerca, como ahora, ahora puedo ver todo lo que no veía, los matices para los que estaba ciego, sólo es preciso ese fuego, esa flama que brota del fondo del alma.

Fuimos dos desconocidos, Carla, dos extraños que se refugiaron en una noche de lluvia bajo la inestable marquesina del afecto, pero ¡ni siquiera nos presentamos!

Uno a veces cree que las circunstancias lo soliviantan, uno tiene a veces ínfulas de héroe, Carla.

En ocasiones as así, como aquel día, mientras estaba en esa caja aullante, esa máquina de escanear el cerebro, y tú estabas al fondo de la estancia y hablabas con el doctor y yo veía esa nube, esa tormenta desatada en tus ojos, y entonces algo en mí, un dedo o dos de la mano, cobró vida de nuevo, Carla.

Reconozco que soy un idiota, pero quizás un idiota con suerte.

Te amo, Carla, y el amor es la mayor de las idioteces, el mayor de los fuegos que abrasan, que calcinan el bosque de la vida: porque yo he visto hombres en llamas en la barra de un bar, hombres calcinados cuyos ojos son inextinguibles brasas.

Es cuestión de buscar excusas, siempre excusas, la culpa nunca es de uno, porque uno es el horror vivo

Que los dioses me conserven lo que nunca tuve: el sentido del humor.

Una tarde estupenda, Carla, los niños han desbordado las aceras, las enormes carteras, los chillidos, aquel de rizos que muerto de risa ha corrido hasta el final de la calle, y ahora, atolondrado, se aplica un Ventolín.

Estar en un hospital o estar en un taller: el mecánico de la bata blanca viene y te mira el aceite, la presión de los neumáticos, si fuera precisa una pieza de recambio…, el mismo rostro inasible.

Los hombres aman más a los coches que a los propios hombres, Carla, aman los objetos, y se diría que a veces los objetos corresponden a los hombres.

A veces un hombre y una bala hacen muy buenas migas.

Vaya que sí!

Ojos que ya no quieren ver, y sin embargo…

Los días que dejas la cama un poco reclinada y la persiana levantada: en esos días soy feliz, Carla.

Unos chicos se besan en el paso de cebra, con los ojos abiertos y los mofletes inflados, como dos peces.

No hay nada más feo que uno mismo.

Tomar distancia, sonreír.

Alejarse de uno mismo, Carla, por eso los hombres beben en la barra de un bar, por eso un hombre se arrima la boca de un revolver a la cabeza.

Diviso al quiosquero, está sentado en una silla de camping, a la sombra; al final de la calle un hombre obeso camina  con uno de esos minúsculos aparatos de música; un mendigo, en un portal, tiene las cejas largas como bigotes de morsa y duerme sobre su propio pecho; en el paseo marítimo el viento ha arrebatado un plano de la ciudad a unos japoneses que ahora corren tras él, ¿no los ves?, hay que entornar un poco los ojos, así, Carla, y puedes ver las olas como rompen contra el espigón, una ola es un universo que se crea y se destruye al mismo tiempo, cuántos matices de color, y una ola te lleva a otra y a otra, y luego vemos el hombre que toma el sol a bordo de la lancha, ¿por qué todo el mundo se pone esos falsos tatuajes polinesios?, entornar los ojos, Carla, bizquear levemente, y se llega a la ermita que está al final de la bahía, ¿qué nos ha impedido visitarla antes?, y se entra por una estrecha ventana a una estancia donde un monje tonsurado está trabajando sobre una mesa, Carla,  está aplicando una lezna o algo así, a una reliquia, Carla, que bella es la luz aquí…

Anuncios
  1. […] A veces un fuego (cuento) […]

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: