Magazine del colectivo Quimera

PFAFF EL AVENTURERO (Ultraje a HHMUNRO SAKI)

In Uncategorized on enero 27, 2010 at 11:05 PM

El décimo año de la guerra uruguayo-argentina transcurría con novedades chinescas en el frente. Despertadores, peluches e imitaciones macizas de cantimploras de combate. Un enlace enano, que en épocas de paz sabía ser botánico, vegetariano y pastoso, y aminoraba su mal aliento con caramelos de clorofila, había descubierto una variedad de roca extraordinariamente romboidal. Por lo que el inmenso gusano todo terroso que dibujaba la trinchera, mostraba una agitación inusual.

El lloriqueo de la tropas, los gruñidos del hambre y la efervescencia provocada por las ladillas de cultivo de la Maison Rouge, sumadas a la Exposición Universal de la roca scoperta, llenaban de vibra e inquietud a los soldados diseminados a lo largo y alto de la fosa de combate.

La calma del frente estaba siendo deshonrosamente alterada.

Aquel avispeo amenazaba el éxito de la contraofensiva final. Se había regado, como el estallido de un hemofílico-bomba, el rumor de que Pfaff lanzó la contraofensiva como método de asordinamiento… su objetivo era alejar a la soldadesca y su cháchara lo más lejos posible de su carpa y su sismógrafo, haciéndolos cargar, además, con la bandera de celofán nuevo que distinguía su división y les ahorraba el trabajo de localización a los artilleros enemigos.

Visto el bullangueo incesante de sus subalternos y la ventaja obtenida contra los porteños en los márgenes del frente oriental, nuestro aventurero se abrió los párpados con los clips de pelo y vistió los pies con las botas de reprimenda. Se sacó las botas para no desfigurar el pantalón de licra caqui y extrajo de su caja el cuello almidonado de la camisa del día. Se sentía desafiante, por lo que eligió una camisola hawaiana con estampado Paul Sérusier.

–         ¡Almirante!, ¡Almirante! – llamó Fermín en la abriente de su carpa.

–         ¡Ahora no! leal Fermín. Atiendo un asunto poco importante, pero no por eso menos superfluo…

–         ¡Almirante!, ¡Almirante! – llamó Fermín en la abriente de su carpa.

–         ¡Ahora no!, loable Fermín. Atiendo un presunto pelo impeinable, pero no por eso menos superfino.

–         ¡Almirante!, ¡Almirante! – llamó Fermín en la abriente de su carpa.

–         ¡Ahora no! lelo feminil. Arriendo un suntuoso sable importado. Piso queso con un cuerno.

–         ¡Almirante!, ¡Almirante!

–         ¿Qué cornos queréis?

–         Sólo comprobar que estabas despierto. No quería dar el toque de diana del amanecer antes de que hubieras abierto los ojos… suscitándolo.

Pfaff y Fermín trotaron loma abajo a todo galope. Entonces, regresaron por los caballos.

Pfaff y Fermín galoparon loma abajo en arábigo troteo y se encontraron con la división… formada, desinformada y uniforme.

–         ¡Citoyens! Silencio mortuorio. Sobre ustedes recaerá el honor extraordinario de que su Almirante y Libertador les dirija unas palabras. – introdujo Fermín sin aguardar devoluciones.

–         ¡OH! ¡Mis ruidosos lobos de mar!

Quizás recapacitando:

–         ¡OH lobos de pradera!

Recapacitando indudablemente:

–         ¡OH, Perrería inmunda! la patria, necesitada de ustedes, os solicita una hora de sueño ininterrumpido, ¿y qué le dais a cambio?, este enjambre de cotorreo…

El último pedazo de ejército nacional en pie (veinte minutos más o menos), llevó sus culatas a las palmas formando, con una presteza de hábito remanido, la línea reculante del diezmo. Dos candidatos a disciplinamiento se distinguieron entre las tropas. El primero había dejado caer el fusil, por lo que merecía extraordinariamente la pena capital, pero se había autodegollado en un torpe malabar con la bayoneta, y es bien sabido que el “callejón aflictivo” requería de cierta entereza de ánimo de parte del reo, por lo que, una vez que acabó su pequeña carrerilla y procumbió, el Almirante lo dio rápidamente por descartado.

El segundo candidato era un soldado sordomudo, parado en dos pies predecibles pero sostenido por una sola rodilla, que guardó su posición inicial con buen raciocinio, siendo seleccionado para sufrir el castigo ejemplar.

Nuestro marino en tierra preguntó su nombre en un lenguaje sordomudo perfectamente codificado. En su juventud, cuando era apenas un aprendiz de represor, en mitad de una manifestación de universitarios, había dirigido la boca de su fusil a cierto estudiante con la desagradable costumbre de llamarse “Liber Arce”: por lo que llevaba un eslogan sedicioso en su propia cédula de identidad. A partir de entonces ya no podría sacudir del lomo de su reputación el apodo de “El tuerto”, dado que el caso había sido tomado como un ejemplo extremo de mala puntería. Semejante pifia fue lo que le abrió las puertas de la Armada, sus nudos exquisitos y su carestía de armas de fuego.

Un intérprete se ofreció espontáneamente para decodificar la respuesta.

–         Dice que su nombre es: “ve de la victoria”, “unos cuernitos”, “usted es un hoyo”, “sentate acá”, “fiddo diddo”, lo que significa exactamente: Cabo Melo Bousquet.

–         ¡Oh!, ¡al fin puedo poner fin a tres décadas de burla! Callejón de fusilamiento. ¡Marsh!.

La rodilla del sordomudo empezó a temblar. Oprimió su única rótula con las manos para evitarlo, pero el pánico lo hacía describir una oscilación de twist o maestro del hula-hula. Sin embargo, bien oído tenía nuestro patriota monorotular el valor imponderable del ejemplo, por lo que acabó por hacer una mueca de resignación y saltando como un embolsado, se preparó para transitar la vía muerta de su destino.

Nada hacía presagiar a nuestro insomne Almirante que con su orden acarreaba la miseria final de aquél método de cometer justicia. No sólo porque quince minutos después no tendría ningún ejército bajo su comando, sino por el resultado contraproducente.

El pelotón de fusilamiento se formó en dos líneas paralelas de diez soldados cada una. El reo debía atravesarla dando zancadas, recibiendo un doble baleo por cada paso. Se consideraba poco honorable desplomarse antes de llegar al extremo final del callejón y ningún verdadero patriota entregaría la masita agasajadora de su vida a la muerte transnacional, teniendo una patria sumida en la peor carestía de los últimos sesenta y dos minutos. Después de todo, las divisas nacionales eran maniqueamente claras. Al enrolarse, el Sargento Instructor del Cuerpo de Blanduzcos, los había interrogado al respecto: ¿La Patria o la Tumba?, y la tropa dividida en manípulos entonó: ¡Viva la patria!, ¡Abajo las tumbas!; pero este rebajamiento del valor de la muerte era una cuestión de grado: ¿Libertad o muerte? e inyectados tanto de espíritu guerrero como de vacunas vencidas y experimentales ulularon: ¡Viva la muerte!, ¡Jódase la Libertad!

Pfaff encomendó la tarea al cuerpo de élite, la quema y mata, arrasa y amazza, palo y palo, del regimiento. La mitad de estos hombres formaron parte de su tripulación en el Barreminas Insignia de su comando. El buque Campeonísimo era la nave principal de la Armada Nacional y había sido engullido por el Plata embravecido cuando bombardeaban las costas de la Martín García. La cancillería argentina malinterpretó el cañoneo que Pfaff había ordenado contra la choza de Rubén Darío, encolerizado por las amariconadas y empalagosas rimas de Cantos de Vida y Esperanza, y creyéndolo parte de una reivindicación territorial había declarado la guerra. El retroceso del cañón colonial disparado había derribado al artillero que derribó el sismógrafo que derribó al sismografista que derribó a la diva gorda que complacía el gusto operístico del Almirante que escoró dramáticamente el buque que fue a parar al fondo del río… Así que, privado el Insigne Cuerpo de su único lanchón a flote, lo nombraron Almirante de Tierra y le asignaron el Primer Batallón de Marina Pedestre.

¡Ala!, pero volvamos al callejón de fusilamiento, un método de castigo que pasó de la cubierta de los buques a la pradera sin modificaciones. Sólo se había substituido fustas por fusil en régimen de quid pro quo (gato por liendre).

Tenemos al sordomudo monorotular en la boca del callejón, dando pequeños saltos en el lugar para potenciar el efecto resorte. Y a nuestro par de hileras de fusiles listos para dejarse las entrañas sobre la víctima. Cuando nuestro ejemplar patriota avanzó un primer salto, sucedió lo inevitable…

Hasta entonces, el método de castigo mostró de manera progresiva sus impredecibles efectos colaterales, capaces de envenenar todo el sistema de disciplina militar. Había pasado que las mitades de pelotón a izquierda y derecha del reo, sufrieran algunas bajas esporádicas, – al principio uno o dos por cada lado – por la falibilidad estructural congénita del fenómeno llamado puntería (¿Quién mejor que El tuerto conocía esta debilidad?) Pero a medida que se practicaba con mayor frecuencia, el número de daños colaterales se había incrementado a un 50% del total de los fusiles involucrados. Pfaff había dado órdenes de evitar a toda costa este número elevado de bajas, pero ni las nuevas mirillas de precisión del fusil, ni los monóculos para el ojo de disparar ni la vincha fluorescente atada a la cabeza del reo y los ojos de gato de los sobacos, habían conseguido disminuir las víctimas de “fusil amigo”. Así que las mitades de pelotón preferían usar el plomo de los fusiles para neutralizar a su espejo, y con ello el peligro de ser fulminados, que acoplarle algunos gramos de peso a la anatomía de la justicia.

El cabo Melo dio diez saltos de conejo de punta a extremo del callejón sin recibir más que un raspón en el occipital, mientras los soldados del pelotón caían como goleros de Cacho Bochinche a medida que disparaban, en perfecta simultaneidad con la voz imperativa de su Almirante.

El reo emergió ileso de la esquina de la calleja y después de superada la impresión de privación sensorial, el sordomudo de una sola rodilla agitó parlanchinamente sus manos.

Pfaff dio paso a su intérprete que decodificó las palabras del sordo:

– Si hubiera sabido que nos transportaban intactos al cielo no pedía la venda.

Fue así, mis queridos escolares, como sin la menor huella de desmoralización en su ánimo, nuestro almirante aguzó su ingenio y luego de una ingente tarea intelectiva hizo el descubrimiento genial por el que todavía resuena su nombre en todas las academias militares de la tierra. Para evitar nuevas sorpresas desagradables, nuestro Prócer Pfaff, el Almirante de Tierra, inventó el Paredón. Llegando, luego de sucesivas reformas tecnológicas, a su forma actual de periodismo sensacionalista.

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