Magazine del colectivo Quimera

Caracol al Oído

In Uncategorized on enero 27, 2010 at 10:54 PM

Revivir en esta ciudad es como recuperar el pulso en una camilla de morgue. Un espectáculo aterrador y efímero. Recobrar la calentura de la sangre sólo para morir de frío. Toco el Claro de Luna. Bastaba con saberse el comienzo. Las sensibilidades eran lo suficientemente veniales como para estremecerse de nuca a quinta vértebra con el inicio y asfixiarse en bostezos hacia el final. Entonces se proponía un juego de cartas, ma jong, el tilín pavloviano de la cena o el ¡bocs! de apertura de un vino sofisticado.

Si amenazabas con continuar, un fósforo neura se colaría en el cuadro, para mandar a volar en un pelambre de fuego al instrumento.

Todo esto me traía a Marcia a la memoria. Su deseo era hijo del aburrimiento. Nacía apenas pasado el meñiqueo intenso del principio. Era la impaciencia la que le transmitía aquella audacia sexual de puta rápida a una muchacha sacré coeur y medio específico marxista. Sin la lentitud fastuosa del Claro de Luna jamás la hubiera tenido besándome tumultuosamente. Aquella melodía cansina, ingrávida, aquella secreción ambulatoria de un caracol cualquiera, llenaba de impulsos lujuriosos a Marcia. Para mí, en cambio, el fragmento había desaparecido, no era más que una memoria insonora de los dedos.

Si se me hubiera preguntado cuál era mi verdadero oficio, podía responder con solvencia de universitario: “interpreto deficientemente los tres primeros minutos del Claro de Luna”. Los murmullos de aprobación crecerían en el ambiente dónde estuviera cómo hongos en la podredumbre. “Tocalo, tocalo. Todos adoramos a Beethoven”. Pero la fascinación por el sordo decrecía, como la luna en la mesa de un astrólogo, ni bien empezaba a sonar la música. Su atención era infatigable si se les ofrecía una biografía condensada de la celebridad, con debidas dosis de chisme sentimental y rumores degenerativos, pero jamás soportarían un atisbo de su obra. Fábulas morales rápidas y rectilíneas tenían que insinuarse en la vida de los músicos, pintores, bailarines, hombresmono, feministas de moda para que se los considerara genios. Cultura sensacionalista, detalle vital, fetiche de la coherencia. La psique del genio era analizada con conclusiones sacadas del comportamiento dérmico de tres generaciones de arvejas.

Si ocurría que la postura intelectual fortificaba la paciencia del auditorio, siempre podía recurrir al espiritualismo popular. Fingir la pujanza de una lágrima por ojo, y un fruncimiento por lente y declamar “Les pido disculpas. Es que no puedo seguir. La intensidad emocional de esta pieza es demasiada en un día trágico como el de hoy. Hoy, mi mascota Perezvon, se ha llevado sus ladridos para siempre”. Los pañuelos permitían falsificar los sollozos y la emoción, como una cresta mohicana la filiación anarquista.

El teléfono de Mónica estuvo sonando toda la tarde. Eran las épocas en las que viví en el límite de la ciudad, donde se acumulan basura y espantapájaros, ranchos y fábricas muertas, y la escasez de medios para llegar te convertían en un parásito pernoctado. Mónica no respondió al repicar desesperado. Acaso Robadamatti tampoco lo haría. De jueves a domingo Beethoven y yo éramos demasiado inminentes. Su esposa me detestaba desde la última celebración en su casa. La emoción por la noticia del bebé se había empañado por mi humor abortista. Pero había sobrado vodka suficiente para despertar mi interés y arriesgarme al desprecio.

En el camino tropecé con Mónica. Esperaba el final de alguna transacción en la puerta del supermercado, con el pelo terracota reventado. La estaca de la vergüenza le desvampirizó la espalda en un momento, cuando me vio surgir desde atrás del come-vidrios. El saludo fue rápido y duro. Miró hacia la caja, el macho conquistador de aquella porción de selva lluviosa y del monoambiente rojo en pleno centro, pedía condones en la caja con el volumen de una proclama del apocalipsis. A Moni los ojos le caminaron por la cornisa de los párpados al volver a mí. Sonreí y le oprimí la barbilla con el pulgar. “Tranquila, tranquila. ¿Puedo llamarte mañana?”. Claro que no. No tenía dónde caerme muerto. Ella había vendido el órgano para comprarse la ropa adecuada. Trataba de llevar adelante un romance real. Trató de decírmelo, yo no era más que una trampa babosa de la soledad. ¿No me parecía que ya había resbalado lo suficiente? Debía admitir que no podía arrepentirse, pero sí superarla, liberarse, liebe-erase. “Él es Juanjo, él un amigo”. Siempre me han desfavorecido las taxonomías veloces.

Robbadamatti me recibe sin alegría. Me entrega el vodka y se dedica a enjuagar los platos enjabonados. Debo pedir el hielo. Pequeñas omisiones destinadas a incrementar la claridad del mensaje. Mal tragué la evidencia. Cómo podría gritar “no tengo a dónde ir, carajo… concédanme una hora”, con un nudo chino de botón doble en la garganta. Sequé el vaso como un tornado y me despedí, haciendo vibrar la promesa de volver como una moneda sobre la mesa.

Maldije las casas sin piano: en ellas me convertía en un huérfano de seis años sin ningún talento ni atractivos sexuales para los anfitriones. Así que me ofrecían una bolsa de pegamento y me devolvían a la calle. No podía arriesgarme tampoco en las casas donde un piano reluciente ocupaba el centro de la construcción. Mi destino musical estaba entre los aprendices y las señoritas que habían renunciado a tiempo a la dedicación snobística al instrumento.

Siempre llueve, la sopa ácida se te mete en el abrigo de piel para amplificar la sensación de derrota. La crueldad de los elementos es insaciable. Sólo faltaba quebrarme un dedo pequeño o la propuesta de un concierto tributo a Beethoven, para que la tragedia se completara.

El vodka me untó la cubierta de un buque asiático en las suelas. El universo se me pegó a las caderas. Se condensaba en noventa centímetros de eslora tambaleante. Él y yo derivamos hasta el Barrio Sur. A las tres de la madrugada se requiere de la temeridad de un marino. Escupí contra el terrorismo arbolado del cementerio y me hundí en Cebollatí. Me había invitado a la fiesta la chica de pantalones rojos. Hasta el momento de la invitación sólo hubiera reconocido el color de sus mejores pantalones. Aguardaba en la entrada, pagué demasiado. Muy tarde para la banda, sólo podría recrearme con cierto malabarista torpe que manejaba dos bolas fosforescentes. A mi protesta respondieron que había intentado con tres… bolas de vidrio…. Fui el único en aplaudir. Me di la vuelta y empecé a buscar aquel par de pantalones. La vi al fondo del salón y pude mirarla sin avaricia. No debía rebuscar ni meditar sobre su belleza. Estaba ahí, disponible a mi credulidad, bañándole la cara, inflándole los pantalones muertos. Un cervatillo repentino llamó mi atención por el rabillo del ojo; hurgué en la soledad de la mesa y encontré el otro vaso custodiado por una chaqueta masculina. Volví a enfundar la mirada en los pantalones, una mano los recorría y sobaba con la impudicia de una navaja sobre la mejilla de un niño. Busqué mi última oportunidad en el escenario, ni siquiera la ola hosca de un acordeón. Refunfuñé. Una banda sin piano es como una medianoche sin vodka, es como un huérfano sin pegamento.

Fue entonces que la voz diminuta y gomosa se alzó como una victoria de flores en Dresde 13-14 de febrero 1945… “¿tocás el piano?”. Por supuesto que lo hago. ¿Mi favorito?, Beethoven. ¿Chopin?, ¿Ravel?, ¿Si siempre fui tan snob? Sí. ¿Tenés piano en tu casa? Respondió aterradoramente que en realidad sólo podía decirse que había eso, un piano. Luego un colchón, un tocadiscos y algunas partituras. Y claro que me encantaría… A la salida la de pantalones rojos me detuvo un momento: “¿Te perderás del gran acontecimiento histriónico?”.

Anna habló de la crueldad infantil, las burlas sobre su apellido, los ultrajes a su sensibilidad. La intensidad gestual de las anécdotas me dejaba inspeccionar sin pausa la boca subrayada con un lápiz alergénico, los ojos de almendra podrida, la gorra que le ensombrecía la aceleración filosa de la mejilla. Subimos a su piso. Me mantuve detrás con la mirada baja durante todo el ascenso. La tensión me convertía en un reptil sin ninguna necesidad. Doble cerrojo y un derrame de luna se plantó en mitad del salón al reverberar en la mole lustrada. Sonrió sin ningún automatismo, encendió la luz con un ademán de inauguración de monumento y me señaló el piano haciendo tintinear la llave. “Creo que tengo algo de vino”, dijo y volvió a señalar esta vez en dirección a la banqueta. Me senté con el gesto habitual. Me acariciaba los glúteos para secarme las manos. Desde lejos parecía la nostalgia evolutiva del rabo. La nostalgia involutiva del frac. Esperé hasta que cerrara la heladera. Seguramente consultaría alguna superficie reflejante antes de acercarse con los vasos. El sonido magnético brotó y empecé a tocar. Apenas en el inicio me interrumpió.

“Tocás muy bien. Tengo que serte franca, no te había creído. Pensé que lo del piano era un alarde snob. Me alegra que no lo haya sido. Ahora tocá otra cosa. El Claro de Luna me parece demasiado meloso y triste.”

Oquei, volví a empezar. Se asomó divertida por la puerta de la cocina.

“¿Querés cortarlo con un poco de jugo?”.

“No, solo está bien… ¿qué es?, ¿un tinto?”.

“Aha. No quiero joderte, pero creo que ahora necesito algo un poco más movidito”.

“Oquei”. Volví a empezar.

“¿Estás de la cabeza?, es la misma”.

“Oops perdoná, ¿qué tal esta?”

“¿Me estas embromando?”

“Oquei”. De nuevo.

“Jaja, ¿es lo único que sabés tocar?”.

“Claro que no. También toco una de Beethoven. Juná.”

Recomencé.

“Uy, mon amour. En realidad sos más fraude que un fraude.”

“Y que me decís de… esta”…

Una vez más. Y otra, si no me hubiera interrumpido con un beso. Empezó a caer entre mis piernas obligándome a sostenerla por los sobacos. Caímos hacia el costado armando una marejada de partituras. Se separó y caminó con los talones hacia el colchón, mordiéndose los labios. Me quedé derrumbado, observando la producción furiosa de su desnudo y terminando el vaso de vino. Por primera vez era capaz de decirlo. No me tembló el labio. Me miró consternada. “¿Qué dijiste?, ¿Vas a venir? Beethoven mío… claro que completamente sordo”.

Me acerqué y nos entregamos el aliento. Me agarró de las orejas y susurró su confesión:

“Yo no sé nada del piano, es un capricho de mi madre. Voy por la cuarta clase y apenas progresando en una escala”.

Nos reímos y escupimos un rato. Me burlé de su apellido como un presidiario sin talento para los matices, declarándola la sorda con los oídos más saludables de la tierra. Esa cocarda graciosa que sólo le va con propiedad a la cara, al mierda agria de Bonn.

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