Magazine del colectivo Quimera

Libro de Burdel

In Uncategorized on enero 26, 2010 at 12:57 PM

Lupanar

I.

¡El arrastrar el coma del calzado hasta la cubierta nocturna, buscando una estructura de salvataje donde esconder la osamenta suave, pudo representar todo tu viaje! ¿Y si la verdadera desgracia, el punto de extinción preciso del polizón, fuera atracar alguna vez, en cualquier parte? Para darle origen a la leyenda del polizón eterno habría que, o bien treparse a un bote de cierta imbecilidad nauseabunda, a un barco enfermo, colítico, incapaz de descansar jamás la inquietud del vientre o bien, por cierto, ser descubierto y empalado en el mástil por un leal servidor de su majestad. No emerger jamás de su cueva mareante, divagar de continuo en una expedición imposible (viaje de “descubrimiento”, rumbeo hacia “nuevos mundos”), es su condición de excelencia.

Pudimos verte el jopo tembleque asomando por la borda de los botes auxiliares. Fue en ese abombado placebo de seguridad náutica donde te inyectaste con una audacia de germen, de virus cultivado en la probeta filantrópica de la Bayer, que ayer y siempre te será desconocida. Cargaste tu risa rocallosa, tripas y náusea en un solo atado, la mochila llena de cascotes vulgares e ídem la caja craneana; pedregullo y arena floja passim. Es verdad que jamás fuiste el más optimista de los viajeros, pero aquella saliva batiente tuya del entusiasmo, haría sonrojar a una máscara de cualquier jade.

Como buen polizón desnaturalizado, como el óptimo turista que sabemos ser a párpado recogido (¡helo ahí el horror!), presentaste tu libreta y sus recomendaciones políticas en ventanilla, abriste a inspección la bola inmunda de tu ropa, compraste todos los boletos y las baratijas chinas que te sirvieron bajo el mentón y trepaste al último tren, ese que se frota los ojos finales con el viento rancio del Latium, desde el aeropuerto hasta el ombligo absoluto del mundo.
Recién vomitado por la estación y el jirón suntuoso de las Termas se escurre cadavérico ante los ojos. ¡Ecce humus! Roma suena con el silencio sepulturero de los conventos y los dormitorios de los ricos a medianoche; ¡nunca hicieron al ruido esas plegarias de voz friolenta, ni el aliento fofo de la mala conciencia! <<Por>>, dijiste, y el pecho se recostó lentamente a tu barbilla.
Laborioso como la roña ambiente buscaste fuego y bar, autobús y hotel, un primer interlocutor y mingitorio. Cierta llama malintencionada surgió de alguna parte; una cerveza a precio de sueldo sudamericano, autobuses de bostezo extremo y partida programada, completamente inútiles. Ingleses y alemanes… ninguna raza verbada.
Burdel, ¡no has tenido otro gesto humano después de tu primer muro! Con la mochila colgada de la nuca, ese tercer cigarrillo consecutivo ardiendo al viento para insuflarle alma al próximo, y el peinado deshecho por la ergonomía, pelaste en mitad de la noche para ayudar al tiempo desdentado a corroerlo hasta su fibra final. ¿Habrá sido esa tu única, tenue, distraída contribución a la historia del asalto contra Roma? En origen querías demoler o sepultar todo lo que la mandíbula insidiosa del proceso había escupido, excavado, roído y cepillado. Curar esa lastimadura re-coagulada, aliviar el dolor encarnado del mundo… llevar una solución odontológica final, al gemido dental del Coliseo.
Tus objetivos eran menos nobles: ¡venías para aburguesarte, lo sabemos desde el desembarco! Cuando Burdel quiso convertirse en amable citoyen… ¡Podrido centauro nacional! Tus ancas de bestia sudamericana ¡necesitaban un torso civil! Todo eso sirvió para convertirte en un apátrida, ¡aunque demasiado despiojado para gitano!, un hombre que hizo de su culo un hormiguero y nada más. Deberías renunciar en masa a tus carnets de existente para convertirte en ciudadano del mundo.
Reptando en un pavimento tan antiguo no resulta una coincidencia que sientas las articulaciones duras como un chicle sobre-masticado: es que el poso infecto de las muelas del tiempo se ha mezclado con tu carne.
ii.

– Puedo decir que me conformé con mi destino.
– ¿Estás conforme con tu destino? Mediocre-mediocre.
– Nonó, hablo de que cesaron las hostilidades. Con mi destino éramos cada uno como la presa y el anzuelo, el hambre y la carnada de su adversario… Es decir: él de mí y yo de él muy malos amigos. Pero hoy nos caemos tan indiferentes… (Suspiro)
– ¿Tu Destino tiene muy mal carácter?
– Mi carácter es el Destino. – arriesgó Burdel, plagiando aquella voz que a gangueos…

Burdel se acercó dos pasos hacia la puerta y emergió del automóvil. Tiró de los bolsillos del ambo azul para desemparejar las solapas y se sumergió en el Ristorante argentino. Intentó atravesar el comedor hasta el empleado de burgués, pero uno de los uniformados, indígena como un monte, le cerró el paso.

– ¿Posso fare qualcosa per lei?
– Parli lo spagnolo?
– A momentos.
– Busco trabajo.
– ¿En qué sector?
– Ese me parece el mejor decorado. No tiene el énfasis tanguero-gauchesco, algo terrajilla, que se les ha caído por el resto del local.
– Ese sector ya está ocupado por mí.
– ¡Che pardo! ¿Qué quiere ese tipo? – desde el fondo.
– Estoy buscando su trabajo…

Por lo demás el blanco sucio de camarero te habría angelizado hasta lo repugnante, por eso convino renunciar a toda aspiración de servicio… ¡Antro! Hacía tiempo que no hacíamos referencia a tus ambiciones más precoces. Olvidamos que el insoportable quilogramo de folio manchado que ensobraste en la mochila, te convertía en todo un candidato al depósito legal. Un escritor en viaje, montado sobre el envión del repudio a la aldea. Un iluminado en busca de su Lebensraum, su Utopía donde extinguirse embolado, su propio vergel que cultivar con amapola y tabaco. Entre todos los iluminados del mundo no conseguirían encandilar un murciélago recién nacido, pero es un detalle banal.
En fin, que cada cual riña como pueda con su destino más flaco.

– Escritor.
– ¿Qué quiere decir con eso?
– Que mi tiempo se divide entre la reflexión y el éxtasis.
– No soy yo quién para decirle que puede malgastar su tiempo en lo que le plazca, pero debo introducir una profesión en este campo vacío.
– Usted me preguntó a qué me dedicaba.
– Recapitulando: ¿profesión?
– ¿En el aquí y el ahora?
– Sí, en este exacto momento.
– ¿Sin tener en cuenta que estoy sentado frente a usted y le masco la goma a uno de sus lápices?
– A parte de eso… (manipulando el objeto con asco señorial)
– ¡Vengo precisamente a denunciar su extravío! Vea mi pasaporte.
– Es usted Xilógrafo… y estudiante. ¿Qué estudió?
– Xilografía y Letras. Es que el campo seudo artístico está vinculado hasta lo promiscuo.
– Entonces, ¿dónde está el extravío?
– Mi currículo oficial dice exactamente: Inoccupato; nessun titolo di studio; nessuna formazione professionale; nessuna conoscenza informatica; Altre Notizie: un vacío estepario déjeme decir; liste particolare: nessuna… etcétera. ¿podría usted sostener que no me vi despojado?

¿Quo Vadis now, viejo animal sin patria? Esta pregunta te calcó con cierto crujido de refrito, las circunvoluciones y melladuras de ida y regreso, desde el Tritón a la Via del Corso. A la altura del pendorcho aureliano te cruzaste de piernas y entonaste un bello eructo de indigestión. La mortadela apurada de las estaciones (y gradualmente las habías conocido casi todas), los rectángulos de queso con sabor a papel glasé, fueron gruñidos con rabia sobre el atardecer más elegante del globo. Pero detrás de la pose relajada, en la cadencia impaciente del pie, latía aun la certeza de que no era suficiente. El desamparo y la malnutrición son apenas dos grageas amargas del preparado de la desgracia. Una tríada de colmos vino a confirmar tu ansiedad de anticipación: una hilacha de suela le colgaba aquel gesto occiso a tus botas de segunda selección; la grasa del embutido te transparentaba la mejor camisa hacia la cadera y ¡oh cielos! que esta fuerza proto gravitacional no sea un chicle al que le gustaría quedarse con tus pantalones de pana negra…

¡Lo dicho! El destino de picapedrero te alcanzaba las herramientas.
– ¿Entendés alguna cosa de pintura?
– Casi toda la palabra…
– ¡Es suficiente para mí! – respondió Marquinhos y le calzó el casco rojo.

iv.

– … este felpudo es de puro cáñamo. Aunque no sé lo que sea el cáñamo realmente. Confundo el yute con el hilo sisal. Digamos que el cáñamo para mí es el nombre mellado del yute.
– ¿Puedo preguntarle por esta?
– Preguntar a la segunda potencia ya me habla de su buena educación. ¡Claro! Es la nueva idea de nuestro diseñador… Venga, ¿alcanza a verlo?
– ¿Dice usted al coreano de pelo verde?
– ¡El mismo! Takashi Nishiyama, como buen japonés tiene una aversión de ferocidad grado cuatro por el fuego y además ese gusto edulcorado de los modistos bisexuales. Por eso combinó el terciopelo y el amianto y generó esta exclusiva pieza de tersoamianto reforzado.
– ¿El amianto no es cancerígeno?
– Sarcoma más, sarcoma menos… Además, carbonizarse es más muerte que la muerte misma.
– ¡Creo que acabo de enamorarme a primera vista! ¡Quiero aquel primor! ¿Por dónde la caja?
– ¡No! El amor siempre es peligroso. ¿Y usted le teme al cáncer? ¡Acaba de hacer la peor elección posible! Debe conocer el envés de la belleza inocente, huele peor que una letrina. Esta pequeña, adorable, ovalada, tersa, proporcionada, arabesca alfombra esconde un potencial infinito de desgracia. ¿Por qué?… ¡observe!
– Si la estruja de esa manera va a acabar por romperla.
– ¿Lo ve? Es inflexible. Ahora imagínese la escena. ¡Y créame que tengo experiencia en el asunto!: yo soy la espiga encorvada que barre a diario las escaleras de su condominio. Claro que hoy, 14 de agosto con esta temperatura alta, húmeda, envolvente, de amarillo solar rabioso, en medio de este gran estrujón de vikinga en celo de finales de verano, he barrido, lavado, plumereado, enjuagado, desinfectado, fregado y refregado, los mármoles, monolíticos, linóleos, acrílicos, vitrinas, de otros doce condominios igual de sucios que el suyo. Y que en cada uno de los pisos (unos cuarenta), tuve que encorvarme casi sobrenaturalmente para enrollar las alfombritas manchadas de bienvenida, que todo inquilino sin vida tiende a los pies de su puerta. Imagine el aguijón de cada una de mis ampollas dactilares, desventrándose como abejas cada vez que me pican la mano; ¡pero imagínese sintiendo también el dolor de la abeja despanzurrada!, el sudor, el hedor, el malestar de rodillas, codos, muñecas, el acné incentivado con la mezclilla del sudor y el polvo y la escasez de tiempo para la afeitada. Imagine entonces, que en plena aceleración de último condominio, cuando el cansancio y la inescrupulosidad de hora final hacen fluir el proceso de barrido como agua en pendiente, llegue yo, alzando una plegaria al mismísimo Satán, con la orden de no ensuciar el triste empapelado rosa con ningún extremo de las alfombras, y entonces encontrarme con este objeto enorme, molesto, abombado, áspero, desproporcionado, turcoide, y ensaye todas las posiciones que me permita la geometría intuitiva, no consiguiendo jamás que quede en una posición inocua, ¡siempre fui un mal jugador de tetris! Y que entonces, yo conciba dejarlo tan tendido como al principio y seguir mi camino, escaleras abajo; escaleras a casa… Y usted dirá ¿qué problema con eso? Pero usted sabe que si uno, cualquiera de ustedes, la más jubilada, el más desempleado, encuentra las cosas como al principio, justo ese día en que el chico de la limpieza debía deslomarse en nombre de vuestra ficticia pulcritud, (¡apestáis por dentro, yo lo sé!), digo, imagínese que yo sé que usted, víctima del encierro, la nulidad vital, la estupidez más vacuna, la envidia más anormal, la mediocridad más incisiva, el resentimiento más plebeyo, el desprecio de su marido, sus hijos, la voz marica y la idiotez de su perro faldero, el punto de cocción rebasado de su inmunda carne, embebida en su inmunda salsa, su pánico al polvo, las hormigas, el no va más del conjunto que rehizo con su vestido de bodas, el segundo desastre de su matrimonio reciclado, el grito de su útero claudicante, sus cuerdas vocales llenas de pólipos y gargajos a medio tragar, su intestino retórico, ineficiente, saturado, precanceroso… Imagine que sé que usted, que se ha aferrado a su estúpida tarea pos-jubilatoria, pre-fúnebre, de administradora del condominio, como a un cetro de similor, para evadirse del tedio metódico de su vida, correrá a levantar al teléfono y discar el número del principal, para acusarme de desidia y mala voluntad, y a recomendarle que suspenda el pago de mi miserable jornal, lo que me forzaría a reducir el consumo de nicotina, el metraje de mi pocilga, el gasto de mis zapatos. Entonces, como estoy seguro que entrevió, yo estoy bajando mi penúltima escalera y su ridícula alfombra espera, en ese círculo mal dibujado de la risotada, de la burla canalla, y hago la pausa del escalón terminal, aquí con mi escoba y mi pala, campeón medieval en mitad de un torneo, y cargo contra este muñeco de paño aplastado por un camionero con sueño, lo alzo y lo empiezo a masticar, diseño por diseño, color por color, fibra por fibra, lo desmenuzo y lo trago como un bocado de espagueti mal cocido, pero entonces, no saciado, con el estómago hirviente, doy uno, tres golpecitos a su puerta…
– ¿Quién es?
– El chico de la limpieza.
– Un segundito que ya le abro. ¿Qué puedo hacer por ti, querido?
– Buenos días, ¿podría usar un segundo su baño?
– Seguro mijito, adelante. Esperame que cierro la puerta con lentitud tenebrosa y ya te indico el camino…

v.

El abandonar debe ser un hecho cavilado y consciente. Fruto de la deliberación interna (o mejor definida “intestina”: para contener la idea del abandono “visceral”), o bien del impulso lúcido, nacido de una “intelección emocional”. Uno debe saber exactamente qué abandona y por qué. En el caso de ignorar el sujeto (o el objeto) abandonado, o las razones por las que se lo abandona, incurriríamos en esa dilatación de la distancia recíproca entre dos objetos (o sujetos) no vinculados más que por relaciones de vecindad, llamada alejamiento. Se manifiesta claramente la diferencia cuando indagamos en su espesura conceptual: el abandono implica un alejamiento (excepto en formas muy sutiles de evasión radical, practicadas en mi primera juventud), mientras que el alejarse suscita una forma de ausencia no categóricamente abandonante.
A la hora de calzarse la mochila y salir disparado por una puerta, se puede intentar proferir una máxima digna de la posteridad. Puede, en su defecto, proferirse una máxima indigna o ninguna máxima. Cuando mi vena de mártir fue transfundida por primera vez, papá me pudo haber dicho: “chau, me las tomo”; o bien aconsejado: “cuidá a tu madre y a tus hermanos mientras me ausento para siempre, o poco más” ¡yo sabía lo que era la dependencia de los trenes!; o bien advertido… “Es fundamental que el autor organice la introducción de modo que lo general destile lo particular con fluidez. La frase capital debe incluir, tanto la premisa, como la conclusión del tratado, de forma que el pedido de principio satisfaga nuestra manía circunnavegatoria de razonamiento. Disconfirmar una primera presunción hacia el final, es de una inelegancia sólo comparable a las chancletas Pluma Dural en un banquete ejecutivo. A cualquier forma del calzado casual uruguayo. Los latinos llamaban a este remate nauseabundo: cola de pescado”.

Para abandonar hay que fugarse a alguna parte. Otrora, mis valijas tenían más bien ese oficio polvoriento de los desvanes. Contenían sobretodo la escoria intensa de mi inmovilidad, la pátina de moho que aterciopela los objetos olvidados. Mis valijas eran la jubilación de un muñeco de ventrílocuo, el baúl de la avería, el pudendo ataúd del polvo domesticado. Cierto día, buscando un sitio dónde meter mi cepillo de dientes, dado que el vaso-a-propósito era ocupado por una dentadura invasora, las desgarré por la mitad, las vacié y sacudí, y dejé así, perniabiertas en mitad de la habitación, con el palito cerdado como único ocupante. Para aliviar la soledad conmovedora del cepillo, acabé incorporando el jabón y un calcetín. Luego un noveno jabón y un calcetín de un segundo par, progresando exponencialmente en la inclusión de formas geométricas e innaturales hasta el primer indicio de supuración del artefacto. La metódica adición de piezas, funcionalmente dispuestas en el paralelepípedo hasta darle una consistencia compacta, dio a lugar una perfecta cápsula de animación suspendida: el desvalijamiento reanimador se daría en plena inauguración de mi porvenir. Fue así que, ya atravesado el océano por completo, la abrí para esconder los adminículos higiénicos esparcidos por el baño del hotel y algunas golosinas, y brotó mi ropa en magnífico estado de salud general. Restituí a la mini heladera las golosinas al toparme con la plancha de tarifas y ni bien desenterré los dos calcetines me encontré con la desagradable noticia de que el gemelo idéntico que había quedado en la casa, atrás del océano, ya se vería viejo y desteñido en comparación con su sosias aventurado en la velocidad. La putrefacción es inevitable para un cuerpo en reposo intensivo, a partir del Nóbel de 1921.

– Vivir no es necesario. Abandonar es necesario. – lo interrumpieron con voz inmensa.
– Oy!, ¿quién anda por ahí? – Burdel escandalizado.
– ¿Acaso uso el dominó y la guadaña y me conservo en tan íntimo estado de inanición para tener problemas de reconocimiento?
– Perdoname Muerte, el calidoscopio me dejó un poco encandilado.
– ¿Muerte? ¿Pero qué Muerte ni Muerte? soy La Conclusión. Perdoná si me anticipé otra vez, es que me destrozás los nervios muchacho. Me provocás un dolor aquí, y el tracto digestivo se me hace una fosa volcánica, che.
– ¿La conclusión viene con traje de muerte ahora? – un chistido molar muy suspicaz hubiera convenido a la atmósfera.
– Los sobrenombres son una amputación odiosa. Y encima, implican hacer de la pierna serruchada la titular del carnet de identidad. ¿No podés ver la cosa en su integridad hoy que se te muestra?
– Yo soy al que se ha amputado truculentamente aquí. Usted hizo de mi hipótesis un muñón retorcido, que deja sin sostén digno, al corpus de mi reflexión.
– Admitiendo generosamente que el tal corpus exista, vale más mi precisa reconversión de la divisa latina que todo tu… digamos… análisis.
– ¿Qué es la democracia sino la facultad de ser un prolijo inconcluyente? Quiero decir, la prolijidad en este caso…
– ¡Basta! Ya tenías una pregunta de estilo formulada… ¿porqué tenés que sumarle esa perorata infinita? Diluís en agua tu crítica contra la democracia.
– Nonó, yo sólo quería…
– Antróphicos, entiendo que quieras desplegar el interminable pergamino de tu noción de abandono, pero no era momento. El relato no te lo exigía. Podías ser sucinto y al pié, pero no, elegiste irte por las lianas. La gente ya estaba instalada en El Viaje, no podés volver a meterlo a las maletas.
– ¿O el público se empaca decís?
– Digo que el público no se empaca.
– Para mí que dijiste lo contrario. ¿Dónde hay una estenodáctila cuando se la precisa?
– La democracia es la posibilidad de que cualquiera saque conclusiones. Es sólo que la estupidez del rebaño soberano es tal, que el estómago me fuerza a no intervenir y dejar a todo el mundo cantinfleando.
– ¿La Muerte se abstiene en nombre de la salud, de la eupepsia, entonces?
– Hasta la Muerte tiene hábitos demasiado decentes para esta época.
– La conclusión es la muerte del pensamiento.
– Esa es una máxima de extrema precisión. ¡Un grumo de orgullo me conforta la úlcera!
– ¡Apostemos al pensamiento vivo!
– Aich, ya pasaste al slogan sinistrorso, la úlcera emite nuevos seudópodos ardientes.
– ¡Concluir es perecer!
– Mmmm… ¡Mejor!
– ¿Inconcluso?, sí, ¡prefiero el suicidio del pensamiento a su diuturna agonía!
– ¿El suicidio? Roba da matti! Yo soy también ese extremo. El suicidio es una Conclusión de demócrata abatido. Creer que participa de una decisión que no le incumbió jamás, por el hecho de descontarse del próximo censo mediante un gatillo grácil.
– ¿Inconcluso?, sí, ¡y me basta!
– La inconclusión c´est moi, en ese caso. La inconclusión es La Conclusión.
– ¿Inconcluso?, sí, ¡y no es suficiente!
– Mejor.
– ¿Inconcluso?, no, ¡infinito!
– Ya casi… una última vuelta de arandela vencida y respirarás en la playa.
– ¿Inconcluso?… ehhh, no se me ocurre nada.
– Vamos, ya casi, la infinitud en su mejor traje te lame la punta de los dedos.
– ¿Inconcluso?… pues, no, ¡nada!, ¡Nonada! … que se rehúsa a su estatuto y se entrega a la proliferación de… un avestruz que esconde la cabeza en el culo y nos hace “circular” como un íntimo piojillo. ¡Quiere que le rasquemos el lomo, la muy golosa!
– ¡Touché!
vi.

Uno de mis amigos incondicionales de los primeros tiempos fue precisamente un kamikaze. Mirko, (y los nombres son imprecisos, como todo lo engendrado antes del carácter), me pidió una transfusión de fondos. Yo, que sólo podía inyectar la malaria financiera, le dije que se esfumara lo más profilácticamente que consiguiera. A mala gana recorrió otros tres metros de vereda y giró animado para putearme por la duración de mi sonrisa. La creía excesiva. La borré con solvencia de actor aprendiz, pero no me bastaría para convencer al método stanislavski, mucho menos para resolver la rabia fundamental de un Mirko.
Me miró con una mitad de calavera de cierta profundidad y me interrogó sobre el origen nacional. Hablé de mis antepasados con un tono de otra conversación, con café, brazo de sillón de felpa y quizás aceitunas. Me sentía con una locuacidad rara en aquellos tiempos. Buscando mojar la pólvora del hambre, había estallado en mí la bestia social. El depredador especializado que arquea su lomo gatuno en las reuniones para pertenecer al decorado y que lo acaricien. Mirko, sin apreciarlo, me disparó una ráfaga de preguntas, poco bien intencionadas. Era corpulento como puchero del día después. Los bigotes plateados y espesos le inflaban la cara ahí dónde se deprimía sin naturalidad por la falta de dientes. Sacó un pañuelo debilitado por la humedad y se sonó. A partir de entonces, un Mirko sonado exhaustivamente, comenzó con su peroración sobre las chicas. Si uno las dejaba solas, desnudas en la cama y salía a arriar sus cabras, al volver, secándose con su vellocino el decoro, no encontraría más que el pliegue de la soledad a estrenar desordenando las sábanas. Mi madre, cuando me había parido, no había tenido la decencia de esperar que Mirko bajara de las montañas. Mi madre era de las peores víboras conocidas por la zoología, por haberme parido tan víbora a mi vez. Mi madre era la cifra inmunda de todas las mujeres de Mirko. De la mujer al genocidio en los Balcanes, Mirko arriba en un par de fricciones de sus dientes nada copiosos. Debo admitir que la sonrisa, algo desquijarada por la incredulidad y los nervios con que seguí sus reflexiones, se deshizo ni bien calculó los metros de tierra negra usada sobre sus muertos, muertas, muertitos, y perros destripados.

– ¿Tu madre sigue viviendo en tu país?
– No hablo con ella desde la pasada medianoche.
– ¿De qué confesión es tu país?
– Nueva Polonia es fundamentalmente laico, dado el anticlericalismo liberal que…
– ¿Cuál es la religión en tu país?
– Cristiana.
– ¿Y la tuya?
– El ateismo.
– ¿Y la tuya?
– Soy cristiano.
– ¡Sos musulmán!
– Soy musulmán.

La bestia social sabe cómo huir de una emboscada, como ningún animal autosuficiente. Entonces se puso a devanar el corazón del ovillo.

– ¿Vivís solo?
– No.
– ¿Con amigos?
– Con amigos.
– ¿Cuantos?
– Muchos amigos, algunos muy grandes.
– Ahora tu vida cambió. Me ofendiste. Ahora mi vida cambió.
– ¿Ahora mi vida cambió?
– ¿Qué has perdido?
– ¿Qué he perdido?
– La independencia. Ahora irás a decirle a tus amigos que has perdido la independencia y que tenés un invitado a cenar.
– No tiene ningún sentido.
– Hoy me quedo en tu casa.
– No es posible.
– Hoy me quedo en tu casa. Y podés intentar escapar.
– ¿Puedo?
– Intentálo.

En este instante perdí la entereza. El ómnibus tiene una manía patológica de demorarse hasta que los malos ratos se concluyan con el humo indistinto, de paz o guerra consumada. No hay posibilidad de tomarse un ómnibus hasta que no se declare campo arrasado. Es más bien un charqueador que viene a desvalijar la mole de chatarra humana que sigue al conflicto. A degollar agonizantes. Miré el punto fijo desde el que debía aparecer la careta sin carnaval del 280 Mancini, sin conseguir modificar su negrura, su cerrazón tenebrosa. Después de todo podía estar tranquilo. Diez o doce buenos cristianos se abultaban en la parada. Podía meter pies en polvorosa, ahuecar el ala, escapar, había contraído ese derecho con mi primer vagido. A velocidad match cuatro o simple marcha bucólica, el vacío libérrimo y su total laberinto me ofrecían sus pliegues. Era autónomo como la cerradura de mi casa en las madrugadas de copas. Si obedecía, bien, si no, tampoco.
Me mantuve rígido como una excelente escultura. Mirko estaba tallado en un material todavía más noble. No podía confiar su forma exacta al arrastre de la dentadura senil del tiempo. Debía trabajarla a cincel apurado. Tenía que sortearla como a cualquier buena estatua de parque.
Me mantuve lo más rígido que pude.
Mirko insistió.

– No se puede reír de un kamikaze.
– Te pido disculpas si te ofendí. Sonreía al azar. n>
– El azar no existe. Existe sólo “su” voluntad. – y enganchó un dedo sobre la cabeza.

Juro que tenía una clarísima curvatura de gancho. La indicación tenía una vertiginosa comba auto-referencial. No sonreí en absoluto, no andaba para chistes. En ese momento me estrechó la mano sin más, y la tiró hacia sí con potencia de turbina. Sonrió casi cordialmente. Bufó, casi alegre. Una bestia social entrenada sabe que aun completamente encogida por el miedo, tiene que involucrar todos sus huesos en la impresión de fuerza. No importa si sólo se trata de endurecer los músculos para prepararse al dolor de la primera dentellada. Mostró mi mano al público: una masiva muralla de espaldas que se dedicó a encubrir el delito, regodeándose secretamente con la evolución verbal de la cosa. Estaba desorientado, ¿cómo una tal alimaña acorralada podía ofrecer un pedazo de carne pulsante del estilo? ¿Acentuar, en el minuto final, la evidencia de su red nerviosa, crispada para una última resistencia? ¿Cómo me atrevía en sus narices?
Mirko confesó que aquella mano valía el perdón. Por fin respiré. Pero… había un inconveniente: un kamikaze de Alá, no puede administrar el perdón. Por lo tanto, de nada valían ni su emoción, ni sus intenciones. Una voluntad superior lo condenaba a la hostilidad eterna. Ni siquiera podía disolver aquella fusión de manos que, en otras circunstancias, más favorables, habría valido la liberación, imperdonada, pero inmediata.
Buscamos diligentemente alguien que, con un gesto de fácil cuchillo de la mano, liquidara la cascola de la animadversión. La ofreció a tres de los cristianos que pronunciaron las hombreras y escondieron las nucas, hasta asegurarse de que el conflicto estaba completamente aislado, ardía sin comprometer sus pelucas.
Mirko me miró algo desconsolado:

– La vida puede cambiar en un segundo. Pero pueden pasar siglos para la restitución de la anterior.

Una miradita de bambi con frío me raptó los ojos por un segundo. Me preparé emotivamente para mi nueva vida de siamés. No estaba tan mal, después de todo, con Mirko pegado de mi mano ya no habría más humillaciones. Idee tres o cuatro mecanismos para disimular a Mirko a la hora de la urbanidad. Después de todo tenía una valija. Sería un ventrílocuo itinerante cada vez que las circunstancias me lo demandaran. No volvería a pisar un aeropuerto, y eso es todo. Explicar el empaque de un kamikaze en el equipaje de mano sería más bien engorroso.
Fue así que recibí mi primera lección de árabe sacro, cuando Mirko me exhortó a responder. Sólo conseguí articular un “tu dios te bendiga”, que lo obligó a señalarme el inconveniente de la minúscula. Estaba de buen ánimo, Mirko, a esta altura. Fue entonces que se le encendieron las crines filamentosas a raíz de una idea. Saludamos otro par de transeúntes en perfecto árabe, hasta dar con el ángel negro de todos mis aprietos. Le susurró su “alà è lo sceicco” (alà è lo sciocco, lo sciroppo, uhh, ¡che cacchio ne so io!) y la deidad de ébano respondió con una media reverencia elegantísima. Acto seguido, pronunció el io ti absolvo con solemnidad e hizo el gesto primitivo de la división. La tensión fue desalojada de mi mano por la lenta levadura del alivio. Los tres sonreímos.
Ahí estaba mi ómnibus. Mirko me tomó de la nuca acomodándome sobre su hombro y sostuvo:

– Soy un sorete, ¿verdad?
– Buena fortuna, Mirko.
– ¿Encima? Alá te agradece. – y me estiró la mano pordiosera.

Sonreí algo burlonamente y apoyé el codo sobre su palma pedregosa.
Sonrió mientras me trepaba al ómnibus, camino a mi entrevista número trescientos diecinueve.
vii

– ¿El señor Burdel?
– A su merced, señorita.
– Pase por aquí. El abogado Mortacci lo espera en el despacho.

A Burdel no se le antojó seguir el índice de la secretaria, de ojos azul turbio, que indicaba un cuadro recostado a la pared, de autor imprecisable. Su sentido común barnizó de perplejidad el muro hasta darse con la nula resistencia del vacío y arrastró con seguridad a su amo, pasillo adentro, hacia el despacho.

– Siéntese… ¿Señor…?
– Puede decirme muchacho, ya no lo encuentro degradante.
– Su nombre… si fuera tan cortés.
– Cortés es una de las pocas palabras inmunes al desprestigio. Sigue muy campante después de Hernán y la revolución francesa. Escribo un artículo sobre el nombre. Más bien sobre la extinción de su resonancia histórica a través del eufemismo. ¿Le interesaría…?
– En absoluto.

Burdel se llevó los hombros a las orejas y se sopló el jopo antes de poner a girar el globo terráqueo del escritorio. El abogado Mortacci detuvo el mundo con una mano y se adelantó susurrante.

– A todo esto, no me ha dicho su nombre.
– Burdel, Antróphicos.
– Muy bien… al fin, Burdel amigo, tenemos algo… puedo llamarlo Burdel ¿verdad?
– Puede también llamarme Antróphicos.
– El slogan de nuestra agencia nos constriñe a un trato familiar.
– Pude concluirlo. Su secretaria se mostró convencida de que usted me esperaba, aunque era un poco confusa sobre el lugar de la entrevista. Pero… después de todo, mi nombre no es lo importante.
– Es verdad, cuénteme de usted. Con todo detalle.
– ¿Puedo ponerme mi máscara?
– Como quiera.
– Oh bien, ¿tiene algún elástico para fijarla a la nuca?
– Sosténgala con la mano. ¿Es una representación de su propia cara?
– Efectivamente, no es fácil advertirlo cuando se nos mira a 18 metros.
– Señor Burdel, ¿quién es usted?
– Un hombre acabado completamente. Sólo en ese sentido puedo decir que he llegado a la perfección radical. Soy un salto abortado en el precipicio que separa pasado y porvenir, en la fosa fría del presente. Una vieja pose vital afirmada en sí misma, que sólo exuda una quejumbre de roca recalentada. Una vuelta quise ser un héroe de la clase obrera, un campeón de la justicia en miniaturas de sociedad, un buen muchacho que ponía a circular la moneda del afecto y la lealtad sin ningún control de gastos o escrúpulos inflacionarios. Si tengo que ubicarme en un lugar, en una época, en una pose, sería en la infancia, a la escucha, sobre una superficie incómoda. Hablo de cierta incomodidad metafísica que contamina todo movimiento en el concreto. No imagino cuándo me despedazaron la polilla idiota de la maravilla. Sólo sé que hoy la luz me resulta demasiado tísica y banal para circunvalarla o probar con todos los huesos de la nariz. Uno puede desfigurarse por completo buscando picotear la luz. Acabé descubriendo que no hice más que hociquear contra un plafón de acrílico barato ni bien cumplí 18 años.
– ¿El 18 es su número favorito?
– ¡El 7! Mi número es el 25.
– ¿Y qué utilidad tendría un hombre que fue, en nuestra empresa?
– Un hombre que fue es capaz de las más locas, humillantes, asquerosas empresas, porque para ya no ser hay que prestarse a un ayuno faquir de principios, pero sobre todo, perder el instinto de conservación. […] La mayoría de los chicos que trajeron al mundo el último siglo humano, fueron marcados en cada sector de carne por la miseria y la guerra. Empezaron a vivir después de muertos, después de haber saltado en pedazos. […] Es verdad que entonces, una década de paz y prosperidad puede revivirte desastrosamente. Abrís los ojos por milésima vez y uno se convence de ser, de haber sobrevivido, sólo porque es capaz de advertir la misma lentitud del panorama con la misma mirada aguachenta, el mismo derramarse glutinoso de las cosas detrás de las mismas cataratas. Entonces nacen los principios y ese estado de vigilancia vegetal en que nos hemos convertido, cree que merece la conservación a todo trance.
– ¿Podría ser un poco más concreto? Su relato es casi conmovedor, pero si bien veo el amontonamiento de naipes, no consigo ver la pirámide o la mano de truco.
– Quizás, si la circunstancia fuera especial podría dilucidar algo…
– Señor Burdel, preguntaba, ¿quién es usted en relación a nuestra empresa?
– ¿A qué se dedica exactamente?
– Al negocio inmobiliario.
– ¿Puedo quitarme la máscara?
– ¡Como quiera!
– No podría convencer a un fascista confeso de comprar Villa Torlonia a veinticinco centavos.
– Muy bien, si la entrevista ha sido positiva nos contactaremos con usted hacia la última semana del mes. Tenga buen día.

viii
La casa acusa los síntomas del hervor vespertino, y ya el hueco prematuro de la cama amortigua el dolor del cuerpo, apenas pasadas las 9.
Ahí se cuece la pasta y rasquetea la horma de queso hacia las 8, se engulle con velocidad la ración variable, se arriesga la vida en la ducha y ya se está ahí (utopía pantópica) cultivando el sueño a fuerza de insultarlo, buscando que desentierre el puño de arena y te rompa la cara.
En mitad del hueco, de la pesadilla umbilical, fluir es imposible. Cualquier evolución requiere un esfuerzo dislocante. Elegir un pantano como paseo de domingo implicaba un heroísmo y una estupidez que ni te cuento. El sumidero de la bañera, esa metáfora del devenir, está atascado con pelos, traga con la pereza de un sibarita o un esófago canceroso. 8 cabelleras se suceden a la ducha en las horas pico y es inevitable sumergirse en el agua estanca que se descuelga de las fatigas del piojo social. Iluminamos el baño con una lámpara de escritorio, y los cables mal reconstruidos expectoran la luz muy loablemente. Si aquel artefacto de edad Edison toma uno, se deslizara de la repisa, el chisperío te rascaría los pies hasta la última cosquilla.
A veces me masturbo con suma lentitud bajo las sábanas. Jamás cuando la novia de mi compañero nos invade y se mezclan en la cama, separados de mí por una impúdica cortina. Me prometo hacerlo la próxima vez. En el cuarto al fondo del pasillo, se amontonan 5 adultos y dos bebés. Todos bolivianos sin corrupción. Iván irrumpe. Se trabaja en la mañana. Apago la tele, me dejo ir a merced de las olas, los tiburones. Medrosamente al principio, porque sin embargo rebusco a obscuras en la mochila: las páginas tersas de cierta edición se escurren entre los dedos. Abandono toda veleidad lectora. De nuevo entregado al ártico sin aletas natatorias, brazo a la nuca y rechazo la idea de fumar. Tendría que ir hasta la ventanita de la cocina. Sacar la mano menos diestra y mantenerla colgada en el aire congelado.
Despierto en la misma posición al amanecer. Los gallos de la Cassia se atragantan con su opereta primala. El brazo a la nuca se levanta de la cama un par de minutos después que yo. Al agua pato y acostarse a esperar la lenta ceremonia de la gran succión.
Irrumpe Iván con el casco blanco de su mujer.
La campiña romana desde la Vespa en la mañana temprana, se deja hender como pan nuevo, hasta el club de golf. ¿Qué podría contarles de la campiña romana que yo no haya visto? En Roma, como en ninguna parte, entendemos que el estado cadavérico no detiene el trabajo fétido de la piorrea. Su único límite es el polvo completo. Es en la prodigiosa juventud de la tierra nueva dónde la corrupción íntima de todo, produce su espectáculo de circo de las maravillas.
Llueve apenas. Embriagador.
Extraño el tufo chamuscado de la ciudad.
Vestuario. El único delantal disponible es el de Henry. Las manchas de salsa, inmundicia y sangre no tuvieron tiempo a secarse. Iván me enseña a usar escrupulosamente el lavavajillas: bajar la campana, esperar el silencio, alzarla, reponer el contenido, volverla a bajar. Entretanto: cortar zanahorias, enjuagar los platos, rayar queso, nudillos, alcanzar los sartenes, meter 14 huevos en el bowl de la batidora, ¡pero sólo las yemas, animal!…
El Chef.
El camarero.
La camarera rusa.
La sombra del marqués que me espía desde el agujero de servicio.
Ya con la barriga completamente empapada y se sirve el primer plato.
El mismo gesto de frotamiento circular del plato número uno, es aplicado al plato número trescientos veintidós. “¡Ma che pippa!”, dice la camarera rusa; “¡chi mena prima mena meglio!”, dice el chef y me recoge el gorrito de papel; ¿de dónde eres?, pregunta la camarera peruana, “Mongolia”. ¿Podría fumar un cigarrillo? ¿Por aquella puerta? Y el campo de golf se abre interminable a la visión. Para reproducir el efecto en la casa debería comprarme un cuadro de Potter y desembarazarme de la vaca probable. Iría a Sothersby sin falta después de la ducha. Mi delantal mojado, impecable como un Pollock colérico recién acabado, me encola en el esternón el frío de la primavera incipiente.
¡Ahí están! Sin ellos en el mundo me sentiría demasiado indigno y deprimido para intentar un paso. Alabado seas Capital que has parido a los burgueses. Enfrentados a una minúscula pelotita con viruela y ensayando un golpe con sus palos caros, te aparecen en toda su frivolidad y bobería grotesca. ¿Uno en particular? Aquel que hamaca las rodillas, con un lagarto Lacoste por sector de vestido, y no alcanza más que a arruinar el pasto, los zapatos del colombiano, la punta abotagada de su palo flamante. El cigarrillo se consume algo problemáticamente entre los dedos mojados. El marqués viene a toda carrera bordeando el restaurante. Me arroja una mirada enfática y se hunde en la cocina. No acuso el golpe. Me arqueo para descansar la espalda. La escena de escoliosis se repite en todo aquel pastizal, repelado para el prodigiosamente lento, empalagoso y aburrido recreo de los chetos. ¡Aquí sufrimos de la cintura! Continúo ronroneando a medida que enderezo el tronco, igualándome a los golfistas. Hago hamacar en mi cara la sonrisa discreta de la dignidad.
Gritan desde el fondo. El marqués se siente ofendido por mi presencia polémica en mitad de la zona de recreo.
Regreso. Caracoleo por la campiña idéntica. Me recibe la novia de mi compañero de habitación. Acaba de perder el trabajo. ¡Claro que podía quedarme, esa era mi pocilga tanto como la suya! Me organicé para mudarme en un par de semanas. Me duché y acosté a dormir.
En la mañana vacié mi cajón y acumulé la ropa en la valija. Dejé la campera de nieve y la mitad del queso. Las llaves sobre el televisor. Las sábanas sucias en ordenado montón.
Saqué mi cuerpo duplicado por la maleta y atraje la puerta contra mí.

Al caminar sentía el viento moverme graciosamente el peinado.

Burdel y la cama picante…

I

Flotar: no en el sentido místico de suspensión ociosa, vacía de sí mismo, en el aire, sentido que a Burdel le resultaba demasiado masturbado, opiáceo y ridículo. Flotar como un crucero henchido de fiesta y snobismo en el triángulo imantado de las Bermudas; como un calzoncillo u otro material arquimédico en la bañera. Lo que seducía a su fantasía era la sensación del desprendimiento, del desarraigo: flotar como una planta arrancada del almácigo en la mano de un jardinero negro o la dentadura de un topo. Así mismo, se le ocurrió, con un pánico silencioso, pero sin pataleos.

Por lo demás, había asumido con toda la confianza del puño su oficio de escritor. Se le ocurría que un escritor, cuando no andaba deambulando, ebrio y casposo, detrás de los chismes y servicios de las prostitutas, o arrullando las confesiones de los borrachos impecablemente acodados en una micro-avenida de estaño, debía andar de viaje. Sin el quebranta-lomos de las maletas ni los cheques de viajero, sin dinero ni compañía, sin ningún rumbo fijo: con los rumbos desternillados, rotos cartílago por cartílago. Se detuvo en la esquina pisando su propio empeine izquierdo con todo el autoritarismo lustrado que podía desarrollar la bota derecha. “¡Un momento!” Si bien se había demostrado capaz de sustraer todas las cualidades de un viaje que sobraban en la mochila del escritor, no había conseguido plantar ninguna. “Entonces —y arrugó el pecho para fabricar cierta perplejidad humillada con el hundimiento de los hombros—, un viaje de escritor no es otra cosa que… un enigma”. Aquel descubrimiento tuvo el efecto de un rulero eléctrico en corto. Los pelos se le desprendían del cuero cabelludo y danzaban rebotando en los folículos. Resolvería el misterio, ¡así el cese del mambo de la indignación le asegurara la calvicie!

Liberó su segundo pie imprescindible y se dirigió a la papelería, con la velocidad con que un yesquero roto le agotaba la paciencia, para comprar un globo terráqueo. Dejaría al azar el destino de su viaje exploratorio, quizás forzándolo un poco hacia arriba del ecuador.
Se paró frente al mostrador, y exhibió su número con la excitación de un ganador de bingo.

—Un globo terráqueo, por favor.

La muchachita gorda le restregó una mirada de ternura infundada por la cara, y se perdió tras las repisas. Predeciblemente estuvo de vuelta pasados unos segundos. La empleada le entregó una caja rectangular, rosa fosforescente y le comunicó el precio.

—Disculpame. Yo te pedía un globo terráqueo contemporáneo.

—Oh, señor, no sé que decirle.

—Es que, te explico mi problema. Yo soy un escritor.

—¿Ahá?

—¿Acaso tengo aliento alcohólico o nieve en las hombreras?

—No, no lo creo. ¿A ver?… No, para nada.

—Quiere decir que me voy de viaje. ¿Y qué se supone que voy a hacer con este mundo playo, medieval? Yo necesito uno esférico, posterior a la parada del huevo.

—Señor, por favor, no tengo tiempo para tomaduras de pelo. ¿Va a pagarme los 160 pesos…?

—Señorita, creo haber sido claro. Un globo terráqueo como mínimo debería ser redondo. Si trato de frenar un ladrillo giratorio con el dedo es más probable que acabe con una mano hecha aserrín, a que consiga señalar mi destino en el proceso.

—Señor, es un globo, redondo e inflable. Tiene que sacarlo de la caja y soplar.

Ya con el globo hinchado y encajado en su soporte sobre una torre de libros, se tapó los ojos y lo puso a girar. Movió el dedo rápido y a ciegas en el aire, como una batuta histeroide, y se cuidó, con improvisada profilaxis de cálculo mental, de no enterrarlo en alguna de las excepciones geográficas. No tenía suficiente tiempo para soportar cuarentenas, ni el suficiente entusiasmo viajero para dejarse vacunar, por lo que África, Asia, y cualquier criadero de matorrales o gérmenes letales quedaban fuera. El temor a la oscuridad, y las muecas atroces con que se burlaba la sombra, lo forzaron a apresurar el dedo. Fieramente frenó en seco el esmero rotativo de la pelota celeste.

Hubiera admitido que cayera en mitad del océano o en Rusia o Brasil. Pero que se enterrara en el corazón de la ínfima republiqueta que se esforzaba por abandonar, era, cuanto menos perturbador. El segundo intento dio parejo resultado. Se miró consternado el dedo índice y fue sometido por el pulgar a la voz de chauvinista. Pasaría a usar el dedo mayor, si la suerte repetía su picardía, entonces aquella largura emblemática del dedo expresivo le daría su merecido. Podría reír al final como todo un aguafiestas. Volvió a hacerlo girar sobre su eje nada imaginario de plástico azul. Se tapó los ojos y apuntó rabiosamente su dedo y el chillidito del deshinchamiento empezó a sentirse. Debía golpear antes de que el mundo se convirtiera en un moco fláccido de goma teñida. Hundió el dedo con crueldad y se destapó los ojos. Levantó un poco la yema para ver la última triza de paciencia remachada en el contorno de pera mordisqueada de todos sus juramentos. Miró hacia los costados y atrás y escoró su dedo con rapidez. El azar le señalaba su destino, con voz un poco dubitativa, es cierto, pero inapelable.

II

Las tres horas de travesía tampoco saciaban su hambre de flotación. Lo que buscaba tenía un sentido… ¿cómo explicarlo? «Hala, explicalo vos mismo, Antro, es que creo que sobre ese punto no puedo aportar ni jota. Hasta me enredé al principio.» “Ea, Ok. Un barco no flota por flotar. Se mantiene a flote para llevarte a Buenos Aires y punto. No le pidas más. No hay otra consecuencia que la translaticia. Un budista flota por flotar, sí, es verdad, pero sin vértigo, sin heridas psíquicas, porque los budistas creen que su naturaleza es aérea. Al gas fuiste hecho y al gas pertenecés. Su flotación es como una reconquista de un espacio perdido. En cambio, yo, en cuanto escritor, busco flotar por flotar, sí, pero vertiginosamente. Aunque me despegue centímetro y medio del suelo, acabaría con el alma conmovida hasta el mareo, porque las consecuencias son las de un exilio, un ultraje a mi naturaleza terrena”. «Bien, en realidad, Antro, me resistía a hacer ese ridículo filosóficomorfo por vos.»

El pus policromo del amanecer parecía una peluca ochentista colgada de los grandes edificios. Buenos Aires: triplicación cuantitativa de la fealdad de su propia ciudad, le caía sobre la cabeza, encogiéndolo a proporción.
“La deriva es el único derrotero del escritor”. Caminó, mascullando esa máxima estúpida, hasta sentirse absolutamente desorientado. Sus únicas coordenadas eran un obelisco y un puñal en una plaza con casa rosada. A punto de ponerse a rumiar una nueva máxima, que le durara otros cuatro procesos estomacales, consiguió ver uno de los perfiles de la casa rosa. Trató de imaginarse qué harían Cortázar o Guy-Debord ante aquella encrucijada. Seguramente se internarían en la espesura urbana, pisándole la cola felina al azar. Así que confundió lo suficiente a su curiosidad como para que creyera, narcotizada, que era independencia de criterio y concluyó que esos dos, como todos los franceses y los freni-cortos hablaban por gargarizar. Estudiado el pitorro intrascendente de mitad de la plaza, la antorcha de la catedral tampoco llamó su atención, pero unas amebas de sangre extraordinariamente roja, contra la fachada, lo hicieron sentir cómodo y lo bastante excitado para vaciar la lunchera en la escalinata.

La fulana se puso a la vista en el semáforo. Cargaba una bolsa de karate excesiva para su tamaño, lo que la hizo mirar con una ternura maliciosa y pedigüeña hacia la escalera. Burdel despegó la nariz de su lunchera durante el tiempo microscópicamente exacto para hacerlo sentirse comprometido. Un simple vistazo. La fulana dejó caer la bolsa como un cadáver a sus pies. Se hubiera dislocado ella misma el hombro para producir el conmovedor efecto de surmenage. ¿Por qué diablos no pateaba un putchingball y lo dejaba almorzar en paz? Burdel guardó su lunchera en la maleta e hizo el numerito de María Auxiliadora, con decorado pertinente al fondo. “La caridad es la pierna regalada por un lobo satisfecho”.
La bolsa pesaba como una infrutescencia de astillero.

—Diablos. ¿Qué es lo que cargás acá?

—Arena.

—¿No se te ocurrió transportarla vacía?

—Si no tuviera el hombro dislocado no te forzaría a hacer esta diligencia.

—¿Diligencia? ¿Hasta dónde vas?

—Hago mis demostraciones en la Dorrego. Es cerca.

—¿Cuántas cuadras?

—Dos, tres, algunas.

La fulana lo llevaba de la nariz destrozando su deriva, trazando el rumbo de su esclavitud, la esclavitud del rumbo. ¡Cómo a un asno!, prometiéndole el mascado de la zanahoria en la próxima esquina, dónde sólo habría una reposición suplicante y patética de la promesa. «Hala, Antro, ¿querés hablar de ella?» “Oh, no, de crisma a plantas de pie, todo un rastrero ortóptero”.

La fulana había reemplazado el tambor de galeras, y le marcaba los compases del deslomamiento a pura interrogación. Burdel confesó su oficio de escritor, sólo que, confidencialmente, y sus labios eran una tumba, nunca había podido escribir una palabra. Así que le contó sobre la naturaleza de su infertilidad, sentía, cómo explicarlo, cierto horror ante la página en blanco que le escayolaba las manos, y le embotaba el pensamiento. Se sentía pesado, absorbido por la gravedad, incapaz de padecer la elevación sagrada del poeta. Así había nacido su fascinación por la ligereza, las veleidades de levitación. Sentía que, para desbloquearse, tendría que experimentar el más íntimo de los desarraigos, por una vez. Aligerarse como un grano de pisingallo reclamado por el calor.
La enana central de inteligencia se detuvo frente a él:

—Yo conozco el antídoto perfecto —sostuvo—. Y casualmente, nos queda de camino. Seguime.
El turbio espíritu esclavo de Burdel no llegó a detectar que lo hacía, con la obsecuencia de una chancha querida, desde la Catedral.

III

Hotel Constitución Plaza, Av. San Juan 818 y se pararon frente al cubículo de vidrio de la portera. Burdel extendió su documento. La portera miró la cédula a trasluz y olisqueó con minuciosidad el holograma, antes de preguntarle si debía inscribirlo con su nombre oficial.
Unas voces varoniles, entreveradas con ruido de tacones y perfume dulzón, interpusieron sus vapores en el diálogo. Burdel acercó un poco más el hocico al hemiciclo de vidrio simple y preguntó el total. La papada de iguana de la portera empezó a oscilar a ritmo constante, añejando los segundos con cada ir y venir, mientras el cerebro de insecto rumoroso trabajaba en la suma:

—Veamos: son 15 pesos por el adulto, 5 por la menor y otros 8 por el cadáver. Así que serían unos 28 pesos en total.

La fulana metió la mano en la bolsa de karate y mostró el fenomenal instinto de huida de la arena, manifestándose entre los dedos.

—Es sólo mi bolsa de gimnasia. Además, ya soy mayor de edad.

—Entonces, a 15 pesos por adulto, se forma un total de 30.

Burdel desplegó en abanico los últimos tres billetes de diez. Dólares, francos suizos y pesos filipinos, fueron entregados en desorden. La fulana se disculpó por el despilfarro y le mostró culpable un billete de 2 soles. Antrópicos le cerró la mano con solemnidad sobre el dinero, (dejaba la visita a Nazca para su última crisis de infertilidad; los primeros reclamos de la ufología) y recorrieron el pasillo cien o setenta metros hasta la pocilga. Cabezas de emperadores chinos en terracota mal conservada, bustos copiosos de emperatrices zoofílicas, gestos patológicos, muecas taradas, efectismo del horror, desfilaban a contramano. El cuadrado amarillo de la habitación independiente, con los perfiles inflados por la hidropesía, lo emocionó un poco. Tenía delante de sí su propio cuarto tan Arles. Todo alrededor su postal tan Montparnasse, tan Yerbal años 20. Bastaría llenar unas pocas páginas con el tableteo obsesivo de la enumeración para componer un buen relato, una excelente poesía beat.

La fulana agitó la llave en la cerradura simbólica, se sirvió del hombro dislocado para separar la puerta de la pared y encajó sus cosas en rincones ya estudiados. Burdel se movió torpemente descubriendo la habitación a marejadas de dolor de huesos. La cama omnipresente lo estorbaba y volvía ridículo, marioneta en poco equilibrado suspenso por estornudo del amo. Con paso de mal autómata la siguió hasta el baño.
Indicó hacia arriba mientras se limpiaba. La pared estiraba el cogote a pocos centímetros de sus cabezas, sin llegar al techo. Bastó consultarla con un nudillo tenue, para entender que estaban separados de la habitación vecina por el indiscretísimo cartón yeso. Se podía advertir sin esfuerzo, que justo en aquel momento alguien se desvestía con sorna al otro lado.

La fulana se paró frente a la puerta y se zambulló de espaldas en la cama con elegancia de clavadista. Se desplazó hacia la derecha con fluidez inefable y dio un par de golpecitos en el colchón, invitándolo. Burdel estaba impresionado. La ínfima anatomía de la fulana parecía imantada. Flotaba como un magneto enfrentado a sí mismo, repelida por la cama de polos idénticos. Adelantó la rodilla y sintió cómo se clavaba hasta los durmientes. Se dejó caer y sintió la osambre de la cama aplicándose con frialdad en su esqueleto.
La karateka le habló con voz pesada:

—Volcate hacia arriba y dejate llevar.

Burdel cerró los ojos y suspiró, tratando de ajustar las paletas en el intervalo de la parrilla. Empezó a imitar la respiración algo hiperventilante de su compañera de cama. Aceleró hasta sentirse un poco turbado y anular la desventaja.
La madera lo hería tan dedicadamente como al principio.
Poco a poco empezó a armarse el conflicto en la habitación de al lado. Algunas teorías económicas se postulaban con grosería y refutaban o verificaban a patentes sopapos y puntapiés. La confrontación se enredaba en torno a 20 pesos de escasez intolerable que comprometían la situación financiera global. Se hablaba de medidas de ajuste, presupuestos anuales sin cerrar, intervención de órganos reguladores, entre bofetada y bofetada.

Burdel enardeció de nuevo la respiración hasta lograr la suspensión de la náusea vulgar. Un sentimiento de ligereza y expansión mental empezó a masajearle la cara y el interior del cráneo. Sentía las mejillas leves, acariciadas por una pelusa pueril. El cuerpo se iba vaciando de peso como un costal roto y el polyfom empezaba a rehacerse con la tenacidad suave de una levadura desatada. Poco después comenzó a sentirse a flote. Con todo el cuerpo reconfortado por el tacto mínimo del aire caluroso. Una sensación lunar de libertad, de elevación mística hacia una reunión incierta le enfundaba el cuerpo. Mil manitas rápidas y coordinadas lo tocaban apenas, dejándolo describir aquellos círculos espontáneos, como los de una enceradora sin doméstica al mando.
Burdel alcanzó a susurrar su gratitud y maravilla hacia la fulana.

—Son los ácaros. La levitación no es más que el límite absoluto de la alergia. Un cuerpo que se hurta anulando su propia entidad. Algunos cuerpos reaccionamos más rápidamente que otros, pero no existe la resistencia en esta cama —dijo la fulana aflojando su respiración.

Burdel volvió a cerrar los ojos sin escándalo y se dejó llevar por aquella danza aérea de la auto-inmunidad. Confortado hasta el desmayo.
Y así amaneció, arrojado por la cama de la picazón, a los pies, entreverado en las mantas.
La fulana se había esfumado. La imaginó pequeña y maliciosa, portadora del maravilloso secreto, dislocándose un hombro por día, todos los días, deslomando a escritores incautos y estériles, en dirección a la Dorrego.

La foto
—Atrófico, ¿qué es lo que anda buscando esta vez?

Antrophicos Burdel se lamió un poco el bigote.

—Busco una luz superior.

—Oh —suspiró el ferretero, y suprimió con un avance del rostro la distancia de lo inconfesable—, es lo que todos buscamos, una luz que no sea de este mundo…

—Busco una lámpara cenital para iluminar cierta fotografía… — lo interrumpió Burdel.

El ferretero volvió a la distancia original, con un gesto de desconfianza. Si alguien le hubiera dicho a Palco que el ferretero debía compartir modales y distancia con los burócratas o las funcionarias de hospital, en ese momento hubiera empezado a creerlo. Pero nadie se había atrevido. Palco era reconocido por su habilidad para doblegar los más obstinados metales, y su destreza con las prensas de mano era agradecida por todos los dislocados de la villa. Nadie consiguió explicarle jamás, las ventajas del título honorífico de traumatólogo, por lo que había que considerarlo ferretero, ¡y uno de estirpe!, a secas.
Hacia el fondo de la ferretería, el pequeño taller al descubierto, lucía tan ferruginoso como un sótano de iglesia medieval. Todavía se comentaba que los gemidos y gritos nocturnos de la finada María, esposa en única nupcias del ferretero de la villa, hija de Ferreira Herrero, Ferretero, que había adoptado a Palco como aprendiz, lo había corrido como pretendiente, lo había readmitido como yerno, y le había dado en dote, local, virgen y chatarra, eran más de verdadera santa, que de gloria.

Palco desapareció entre las estanterías. Hubo ruido a torneo de caballeros, y el ruido a cepillada de armaduras del retorno.
—He aquí la luz, querido Atrófico —le dijo Palco, presentándole la lámpara.

—Mi nombre suena Antrópicos.

Los labios del ferretero empezaron a temblar delicadamente.
Burdel sintió que debía interpelar aquel gesto en tensión. Hubiera bastado ponerle un cucurucho de papel sobre los labios para amplificar la risa burlona que ya jugaba al frontón con las sienes peludas de Palco. Si una esclusa mínima hubiera quedado abierta en la pulpa perfecta de sus labios, el torrente de la risa le habría bañado la cara.
Palco bajó la cabeza para emborronar en silencio sus cálculos sobre la factura.
Burdel supo que aquellas palabras no formuladas, que le caminaban en el borde de los labios a aquel repentino y austero mal matemático, lo forzaban a hablar de su hermana.

—Su nombre también es mal pronunciado. Areopaguita es lo correcto. En honor al seudo Dionisos.

El ferretero elevó la esfera complacido y lo señaló con el lápiz. Volvió a acercarse a la cabeza rígida de Burdel.

—Usted sabe que a mí quisieron decirme traumado loco en mis propias narices…

Burdel comprendió y lo hizo saber con la cabeza.

—Con María, pasamos horas discutiendo acerca de qué acontecimiento podía haber inspirado el sonoro nombre de su hermana: Aeropajita. Creímos que coincidía con el vuelo del Plus Ultra, o el Zeppelín. Pero, el problema es que en turco no debe siquiera querer decir pajita aérea.

—Mi padre era griego —murmuró Burdel y quiso dar por terminada la conversación.

No obstante, sabía que debía abortar el embrión de rumor, que desarrollaba los pulmones inquietantes en la conciencia del ferretero, antes de huir del local.

—Entonces… —Y se rascó la cabeza con la punta del lápiz—. ¿El turco Heliotropo…?

—Era griego.

—Oh, qué alivio. —El ferretero golpeteó el hueso frontal con el lápiz chato y expandió su mano izquierda sobre la tetilla derecha—. Mejor griego que turco. Y cuánto mejor que el Turco sea griego a que usted sea bastardo.

Mientras acompañaba con una sonrisa débil las reflexiones de Palco, pensó en la bombita. Había escuchado algo cómo luz catódica, no tenía ninguna seguridad, pero estaba decidido a poner en duda la eminencia del ferretero local.

—¿Tiene lámparas de luz catódica, verde esmeralda, preferiblemente?

Palco volvió a ponerse rígido, de globos oculares a barbilla, ante la pregunta de Burdel. Hizo una finta de sonrisa para cerciorarse de la buena fe de la pregunta, pero fue desalentada por la pose inflexible y milica del altivo turco.

—Aquí vendemos lámparas… a secas —dijo Palco y le extendió la factura.

Fingió atarear las manos en una pila de papeles ordenados y deslizó el lápiz detrás de la oreja. Sacudió la cabeza y suspiró…

—Hay gente que cree que en vez de una ferretería, Palco tiene un bazar turco… —Levantó los ojos para mirar sin rencor a Burdel en retirada. – …O griego.

Burdel atravesó la puerta con su lámpara bajo el brazo. Sonrió al escuchar los gritos cada vez más rechonchecidos y desafinados de Palco, en un in crescendo de cotorra herida en su sensibilidad.

—O gringo, o chino, o japonés… —Las manos le sacudieron las caderas con dos golpes de puro inaudito.

Burdel perdió el encuentro del fósforo con el extremo del cigarro al sonreír. Pudo volver a alinearlos antes de quemarse las yemas.

—… ¡japonés! —gritaba Palco, haciendo gárgaras de incredulidad.

Burdel caminó cuatro pasos hasta el extremo de la vereda. Miró hacia la esquina buscando el letrero en la puerta de la farmacia. Estaba abierta. Dejo caer el fósforo enfriado en el bote de basura municipal que adornaba el frente de la ferretería. Palco le había regalado una caja de flamantes herramientas a cambio de aquella diligencia menor. Palco jamás sabría que Burdel en persona era el encargado de distribuir aquellas bocas angurrientas de desperdicios por toda la villa, y por el departamento. Bastaba con trazar un mapa de los tarros de basura para tener una representación cartográfica de sus decisiones.

Registró su bolsillo y sacó el rulo atrapamoscas dónde debía estar la fotografía de Ella, repentina y fugaz aquella vez, pero ahora, en su puño, inmortal e indeleble.
Estando en la fachada candidata para el próximo bote, y mientras sostenía la cámara sin seguridad, Ella se había detenido a unos metros del presunto objetivo de la foto. Para la desconocida, quizás la derruida fachada de una óptica. Para él, la inconveniencia de una papelera doméstica arrimada al cordón, y la necesidad de que los grandes cubos municipales embellecieran el paseo comercial.
Burdel salió de detrás del visor y la invitó a seguir con la mano de qué molestia podría ser, pero el arrepentimiento la contuvo en el aire. Podía haberla captado con aquel cubito inexplicable, que nos atrapaba la figura sin necesidad de posar, y sin que debiera pasar por la villa un artista ebrio y lujurioso, que hiciera sonar al prostíbulo del margen como un gallinero invadido por un zorro.
Bajó la mirada enseguida y disparó.
Ahora, según le habían ordenado tenía que quitar la película e ir a la farmacia.

Su esposa Perla lo había abandonado por un viandante judío. La causa expuesta había sido su temperamento hiper-ansioso, así que desmontó con cuidado el aparato, compró dos vidrios, retuvo un poco la inelegancia de su paso bolsón hasta la casa, ubicó el lugar para una copia de buenas dimensiones, y constató la necesidad o la conveniencia de una luz superior que iluminara la foto.
Sólo entonces se apuró a sacar la película de la cámara y de su tambor, y meterse la larga oruga de plástico, que se enroscaba mañosa, en el bolsillo. No podía saber, así, a ciegas, en que segmento de la tira aparecía la desconocida, por lo que se puso el abrigo de invierno, de bolsillos profundos, en pleno abril.
Ya era suficiente. Podía ir con tranquilidad a la farmacia y pedir el revelado, sin sentir que era dominado por sus impulsos ansiosos.
Tembló un poco ante la sensación de plenitud. Era todo demasiado sencillo y perfecto. Pitó el cigarrillo con fuerza y caminó a marcha forzada hasta la farmacia.

—Artrósico, ¿qué puedo hacer por usted? —preguntó el farmacéutico calvo.

Burdel comenzó a sacar la víbora contorsionada del bolsillo, con una sonrisa que crecía en importancia y satisfacción en la misma proporción en que el rulo de película abandonaba la madriguera del bolsillo.
El farmacéutico sonrió.

—Artrósico…, me contaron del nuevo método para registrar a los candidatos al bote de basura. Ya sabía yo que iba a producirte inconvenientes. De todos modos, el tiempo es lo único que no se recupera. Todo lo demás…

Burdel casi se lanza a la captura de la película velada, cuando el farmacéutico la arrojaba en una papelera, detrás del mostrador, junto a su pie bien calzado.

—Ahora, tenga este rollo nuevo. Tómelo como un obsequio. Y ¿sería mucho pedirle que le tome una fotografía a mi tacho? Quiero comenzar gestiones para que lo repongan, con uno de modelo nuevo.

Burdel se mascó el labio inferior. Y miró el bote destartalado de la farmacia.
Alguien arrojó una bola de papel desde un punto invisible. El tarro comenzó a tambalearse y se desplazó unos centímetros.

—Está tan aboyado que hasta parece que estuviera vivo —notó el farmacéutico.

Burdel puso su palma sobre el pecho, sin solemnidad, sintiendo la carrera de chinchilla de su corazón a toda máquina.

—Oh, sí, ya lo creo —dijo Burdel tomando el nuevo rollo—. Por cierto, mi nombre se pronuncia…

os Pantalones Muertos

Se puede decir ¡No! hasta el último par de pantalones. Yo he vivido al límite de mi último pantalón este año. Luce un poco desbraguetado y algo despeinado en los bajos; los fondillos blandos, el jean roído, el celeste a la piedra pálido como una clínica nueva. Sabía que un rajón más me haría contraer afonía. Pero, aprendí a acuclillarme para buscar monedas debajo de la cama, porque un cataclismo de costuras traseras y quedaría simplemente afásico, muerto de la garganta para arriba. Se produciría ese instante ínfimo de raj que te condena al abismo para siempre, cuando la roña pasa a ser tu interlocutor postizo y ya nadie te pregunta si querés.

Al borde de mi último pantalón empecé a desgañitarme: ¡yo no elegí, pero quiero! Fui a la biblioteca a consultar el diario del domingo y embarullé las páginas hasta llegar a la columna de trabajo. Los avisos de formato estaban fuera de mi alcance, así que tildé robóticamente los encabezados que me convocaban bajo fórmulas humillantes: Muchacho, Joven, Chico. Primera vez en toda la vida útil de este pantalón, que contengo el tinguiñazo de tinta en la zona de Cadetes, porque se le habían fundido los pulmones a la Vespa del 65.

Tenía que presentarme en una colchonería, ese mismo lunes entre las 9 y las 15 horas. Tres menos cuarto de la tarde y la fila de perneras agonizantes no era excesiva. Escondí la compasión en la culata del cigarro al verle los pantalones al tipo de adelante. La pana verde musgo sufría de un impétigo fulminante en las caderas y rodillas. Parecía recién emergido de un pantano caliente. No tuve coraje para sacarlo yo mismo de la fila. Encendí otro cigarrillo y se lo ofrecí. Consumido hasta la mitad, alargó la mano y lo arrojó a la calle, llevó sus inmundos pantalones detrás de la puerta de vidrio, y salió pocos segundos después, secándose el sudor nervioso en la cintura.

Mi turno. Me puse delante de la mesita de plástico y una dentadura mecánica me invitó a sentarme. Desde la única oportunidad de confort ergonómico que el empleo ofrecía, me crucé de piernas para mostrar la intacta tersura de la pernera izquierda y, de paso, esconder la bragueta. Después de unos ujums aprobatorios que la dentadura gruñía sobre mi currículum, perdí la esperanza de tomar café.

¿Tiene alguna experiencia previa en el rubro de la colchonería?

Sí, por cierto, mi padre era colchonero y yo solía ayudarlo con…

¿Trabajaba en una fábrica?

Oh no, era colchonero ambulante, de pueblo, porque esas cosas… lo recuerdo en mi pueblo natal, conduciendo su carro de lana y haciendo sonar su armónica. Usted sabe… para anunciarse. Una vez…

Aquí dice que usted nació en Montevideo.

Sí claro, pero entramos en aquel memorable proyecto del Instituto de Colonización. ¿Lo recuerda?

Veo. ¿Ha trabajado en depósito, carga y descarga, estiba?

Comonó.

¿Tiene alguna referencia laboral congruente?

Sí, en la zona caligrafiada aparece el teléfono de alguno de mis antiguos patrones en el rubro.

¿De qué zona es la característica 877?

Nueva Normandía, atrás del Cerro.

Correcto, señor Burdel, analizaremos la info y de ser así lo llamaremos.

¿De ser así? ¿De ser analizada?

Perdón, usted es mi entrevista número noventa y pico, es natural que acuse un poco de cansancio.

De todos modos le quedo agradecido por la atención y el café. Adiós.

Probé en el mundo de la carpintería. Los hombres levantaron sus pieles del suelo y las llevaron a las yacijas de madera, mucho antes del nacimiento del superfluo colchón de espuma.

¿Tenés alguna experiencia en carpintería?

¡Oh sí!, mi padre era luthier, y aprendí parte del oficio. Llegué incluso a construir algún barco a escala.

¿Sabés para qué se usa esta herramienta?

Es una plancha… una plancha de madera.

¿Y ésta?

Los términos del luthier no coinciden con los del carpintero tradicional, usted lo sabe. Pero recuerdo que mi padre le decía… rulo neumático.

¿Rulo neumático?

Exactamente.

Bien. El puesto del aviso ya está cubierto, pero si surge cualquier oportunidad, quedás a la cabeza de la lista.

¡Oh, bien!, entonces estaré atento.

¡Al tope de la lista, quedás, pedazo de ridículo! ¡Al tope de la lista! ¡Andá a comprarte un pantalón decente, pichi de mierda! ¡Rulo neumático y la re puta que te parió!

Otro retroceso en la historia de la involución humana y esperaba mi turno en la cola, frente a una peletería. Al pararme en el mostrador, una albina cadavérica, me solicitó un momento con el dedo mientras tomaba una orden por teléfono. Colgó y la garabateó en la libreta. Esta vez decidí tomar la iniciativa.

Quiero que sepa que mi postura ante la caza furtiva de especies en peligro de extinción es de lleno despreocupada.

Es bueno saberlo.

Y el hippismo y el veganismo y el ambientalismo no son otra cosa que delirios de cerebros reblandecidos por la marihuana o la resistencia a la carne.

Bien, respirá.

Bueno.

¿Podrías hacerme un mandado? Llevá esto a la calle Paullier, a la señora Ruiz de Boulanger. En el papelito va la dirección.

¿Quiere decir que tengo el trabajo?

No, quiere decir que tenés una entrega remunerada… por ahora.

Le besé la frente y corrí hacia Paullier con el tapado gris sobre el pecho. La cabeza de perro que remataba la estola peluda, colgaba en la espalda, expresiva como un yunque. El abrigo estaba congelado. Le susurré al oído al portero electrónico y trepé al ascensor, un pedito furtivo y ya me siento traspasado por la mirilla de la puerta.

<<Sí, ella me envía. ¿Cómo que se equivocó de tapado? ¿Este no es el suyo? Es verdad, el detalle de la cabeza me parecía un poco brutal, usted parece una mujer de otro refinamiento. Es lo que quise decir. Bueno. ¿Nutria? Ya vuelvo, entonces.>>

<<La señora del panadero dice que el tapado no es suyo. Bueno… ¿En ésta percha de acá? No, de hecho hay dos perchas. ¿Sí, la veo? ¿Palito para pantalones? ¿Pantalones de piel? Bueno, no tenía por qué saber que era también tintorería. En el aviso no decía… olvidate. Sí, me dijo que era de nutria. Y que no conservaba la cabeza. ¿No tiene un rotulito con su nombre ni nada? Oquei, ya vengo.>>

<<¿De nuevo? ¡Pero hace un momento me dijo que era de nutria! ¿En qué quedamos, de nutria o de bisonte? V-I-S-O-N. Pero ¿está segura? Juraría que usted dijo NU-TRI-A. Bueno, enseguida vuelvo.>>

<<¿Cómo que este tampoco es? Por favor, esta es mi primera entrega, necesito que me entienda. En el caso de que no sea suyo, y ella me dijo que este tenía que ser, ¿no podría aceptarlo? Cuando usted pase de nuevo por la peletería yo mismo me comprometo a buscarlo. Bueno, uff, muchas gracias, de verdad. Claro, ¿dónde quiere que se lo cuelgue? Compermiso. ¿Dividiendo los azules y los blancos? Bueno. ¿En esta esquina de acá? Sí, tiene razón, ahí queda perfecto. Oh, se lo agradezco mucho, aunque me da un poco de vergüenza aceptarle la propina cuando no cumplí con el trabajo. Pero apenas usted vaya por allá, me comprometo a encontrar su tapado. Ay, ¡miércoles!, se fuabajo de la mesa. No, no, no, no se preocupe, yo la recojo. Le aseguro que este ha sido el primer día de trabajo más estresante de mi vida. Jajaja. Sí, déjeme juntar la moneda y ya la atiendo. A ver, a ver… ah sí, ahí está…>>

¡Raj! ¡croj! ¡arraj!.

<<¡Ay Pucha!.>>

– Señor Burdel, nos ha dejado muy impresionadas a mi hermana y a mí. Y las dos hemos llegado a la conclusión de que es capaz de resolver con soltura los imprevistos con que se encuentra cualquier repartidor. También me contó sobre el incidente de la propina. Pero descuide, el trabajo es suyo. Vaya a su casa, cámbiese de pantalón y regrese, así puede completar el horario de la tarde. ¿Cómo que no puede aceptarlo? ¿Está usted seguro? Sí, cómo no, como usted quiera. Pero debo admitir que no entiendo mucho que rechace esta oportunidad. ¿Le molestó la pequeña prueba? ¿No fue eso? Bueno, como usted desee. Veamos… trabajó una media hora, así que si el salario estipulado era de 12 pesos la hora… aquí tiene 50.

Biografía Sentimental

POLYESTER

Mantenerse sentado significa ora que se empolla una idea o desilusión, ora que se crían, con paciencia y otras japonerías, callos en el culo. Tardé veinticinco años en cultivar un culo coralino. Quiero decir, permanecí sentado por tanto tiempo, que podía dar cabida a líquenes, musgo, plancton, en las rocosidades de los glúteos. En alguna medida, yo también preferiría hablar de telarañas o difuminación de la raya, pero no alcanzo a describir mi situación de otra forma que a través de callos y coral. Criando callos en el culo se puede ora alimentar a todas las formas pusilánimes de vida, ora pedorrear y crear un cementerio marino. El callo de mi aislamiento sedentario era todo un ecosistema. Un arrecife con su toque de acuarela psicodélica. Vivo vivo. Suficiente quietud para dar cabida a la digestión suave, herniada, y colorida de mis moluscos huéspedes.
Cuando una mujer irrumpe en la vida, sembrando caos como cosaco en judería, se puede ora revivir y perder la película de callo antes criada, ora convertirse en un arrecife muerto. Al pasar Poly por mi vida, mató toda la fauniflora del atolón. Por lo que, haciendo un recuento veloz y sin detalle de figuras: callos, arrecifes, culos y Poly; pueden imaginarse que hoy, a demasiados días de mi sedentarismo vital, y a pocas horas de mi ruptura con Poly, mi aspecto es el de un mandril: con el culo encarnado, calloso y reventón. Tan de piel muerta y capa caída.
Con un culo así no se puede volver a tomar asiento.
Con dos culos así… no quiero ni imaginarlo.
Rechazo imaginar la situación siquiera con un culo y medio de esos.
Una silla rústica tendría problemas para ubicar en alguna posición social a ese culo intocable.
Imaginadlo: ¡un culo y medio de esos!
¡La más ergonómica de las sillas lo repudiaría! ¡El más dúctil de los pufs!
Antes de que Poly tropezara conmigo, mi vida era ordenada como una morgue. Y fría como una estufa rota. Refrigerada como una morgue… y como una estufa en penitencia. Poly aumentó un poco la temperatura de mi vida. Pero era una chica inestable. Frío a caliente a frío en lo que se aparta y acerca la gallinita ciega del trofeo. Mi vida con Poly fue una pasteurización.
Cuando rompimos le dije a Poly:

—Ester, seguiré amándote en ultratumba.

Poly respondió:

—La leche se cortó, querido muy querido Apócrifo. Y cuando la leche cuaja…
Cuando la leche cuaja, ora se inventa una receta de salsa eslava, ora el más apetitoso pezón se vuelve chupete de creolina.
Ya no quiero pensar en Poly.
Cuando pienso en ella ora me produce comezón.

JUNKIE

Conocí a Yonqui antes de nuestro primer almuerzo juntos. Incluso un poco antes de su muerte inexplicable. Por fidelidad a la verdad debería admitir que “tropecé” con Yonqui antes de nuestro primer almuerzo juntos. Pero la fidelidad es el pienso de la monotonía y la rutina. Por eso resulta aconsejable que no hagan coincidir su monótona mentalidad y su idiotez rutinaria con el aspecto general de sus vidas, o un repugnante tufillo de autenticidad se quedaría con el ambiente.
Cuando di la vuelta al vértice de un edificio moderno, proa sin mascarón ni marinos penitentes, me encontré frenado por la incapacidad de giro de su cabeza, entre uno de mis talones y otro de mis empeines.
Así tropecé con la cabeza de Yonqui, un costal de ideas ardidas abandonado en medio de la vereda.
Pálida como la desilusión de una remolacha. Flaca como una mitad de barbie. Sola como la varilla negra de un mikado resuelto.
Yonqui amaba los panchos y la cerveza. Así que, con un hombro ocupado por su flema y el otro dislocado por la culpa, la llevé a la cervecería y panchería “Cervecería y Panchería de Montevideo”. En el bar, a cuenta de sus frecuentes idas al baño, por fin pude diagnosticar su enfermedad. Incontinencia constreñida. Esta oposición dialéctica se resolvería en una síntesis dolorosa in extremis. Los pliegues de mi ceño hacían pública mi capacidad de experimentar el dolor in extremis de aquel padecimiento, en carne propia. Me corrijo, por fidelidad a la verdad, aunque la fidelidad…: el mío no era un dolor in extremis, sino in mentis. No eran mis extremis los atormentados; el mío era un tormento mental reflejo. Pero, no fue sino hasta la tercera vez que se paró al baño que llegué a esta conclusión. Hasta entonces debo reconocer que mi perplejidad me cegaba a la verdad. No es fácil desentrañar la utilidad de una cuchara sopera a la hora de pedir el baño.

Fuimos tan felices con Yonqui durante las seis horas del mes en que se mantuvo despierta y alejada de los requerimientos de su meditación mística. Incluso llegó a reír como un perro con asma durante un minuto y medio, antes de pedirme la billetera y desaparecer. Cuando me dijo: “Papi, vos sabés que estoy enferma, acabo de darme mi última dosis, creo que podrías conseguirme algo más heroico”. Y entonces supuse que quería reemplazar los ineficaces reguladores intestinales, a base de fruta abrillantada, por un laxante de efectos épicos.
La tristeza me embargó todos los muebles de la conciencia cuando supe de su muerte. La pena inmueble por la muerte del prójimo era lo único sobre lo que retenía el título patrimonial. Todavía me corroe la duda de si habría muerto Yonqui si, a contrapelo de mi tacañería célebre, le hubiera comprado, no una, sino dos cajitas de popox 500.

TULA

Demandar a alguien por el uso impropio de tu gabardina me resultaba tan ridículo entonces como ahora. Una mujer desconocida, que se aprieta contra vos, bajo los flecos histéricos de una lluvia de invierno, no puede ser considerada una advenediza que abusa de tu hospitalidad, así acabe mordiéndote una tetilla. Por eso no interpuse ninguna resistencia jurídica a la invasión de Tula, cuando se enroscó como una serpiente de abrigo, aquella noche de junio.
Sé que el desparpajo de mi hermosa concubina ya les ha inspirado una imagen de chica alegre y desarreglada. Pues no. Tula era tan amargada como perfeccionista. Si la vieran de talante rutinario por la casa, llegarían a dudar que tuviera centros sensibles. Sólo disponía de aquellos inmensos ovarios retóricos que le hacían castañear la dentadura, entre gritos de pitonisa.

Hablé de la serpiente de abrigo y de los gritos de pitonisa, y debo admitir que no son las únicas semejanzas de Tula con los ofidios. Lograba ubicar al género de “lo ponzoñoso” en el botiquín de primeros auxilios. Si uno trataba de cenar, por ejemplo, encogido y silencioso, en el hueco dejado por mi cocina y su refrigerador, y era descubierto por aquel par de ovarios humanoides en un día malo, acababa deseando abrir el botiquín y auxiliarse con un poco de veneno. Yo empecé a ver a la muerte como la hermana de la salud; la parienta adinerada de la felicidad.
Por ejemplo, si Tula descubría uno de los pelos borravino, y por eso inconfundibles, de nuestro perro Termidor en alguna que otra de mis tres solapas, me sometía a una inquisición tan implacable, que hasta Cristo se declararía culpable de masoquismo y autocrueldad. Al escuchar su voz destratando mi nombre, «Antr [FALTA TEXTO]», la nuca se me hacía un nudo corredizo y me empujaba la laringe hacia atrás, produciendo el ahogamiento característico. «Vas[FALTA TEXTO]».

Ejercía un control tan dedicado sobre mi existencia, que los únicos pelos que se me podían pegar, eran los de la alfombra persa o los de Termidor. Pero las causas más probables son las que generan más escepticismo, así que aprendí a tergiversar algunos puntos de mi historia: ¿No viste el viento que hay? Quizás una mujer de pelo corto, violeta y grueso, que se lava con champú de mascota, confiada de que un producto más radical solucione su problema de grasitud, fue rapada por una ráfaga y me contaminó el traje». A lo que ella respondía: «Si [FALTA TEXTO]». En circunstancias así uno se da cuenta de que saber improvisar, no es sinónimo de éxito argumentativo.

—Quizás tengas razón. Tal vez no haya quedado al rape, pero un fragmento de cerquillo…

—Entonces… ¿De quién estamos hablando? Contameló.

—Tal vez y sólo tal vez… de la señora de Patitiesa.

—Oh, ya veo, de amoríos con tu secretaria. ¡Podrías haber resultado un cerdo más original! Pero no, si sólo podés revolverte en la peor porquería. Todo mediocre. De nuca a talones. Abusando de tu posición, y abusando de mi confianza al mismo tiempo.

—Mi am…

—¡Chitálaboca hijuputa!, ¿pero qué tenemos aquí?, el señorito revolcándose con su puta de vintenes, mientras yo sufro de los ovarios.

—Tula, Querida…

Y no había tulaqueridas que la conformaran.
A medida que nuestra relación se afianzaba, fui descubriendo pequeños trucos para mejorar la convivencia. Adquirí una aspiradora portátil y descubrí la forma de olvidar el algodoncito del hisopo en la cavidad del tímpano, desenroscándolo al disimulo. Un sistema muy sencillo de elevar los niveles de comprensión conyugal. Pero, si bien realicé unos cuantos trucos más —sustituir la esponja y el cepillo por la piedra pómez, para evitar que mis propios cabellos fugitivos levantaran sospechas—, y conquisté una muy saludable sordera, hacia el segundo año, las garras de la decrepitud empezaron a desfigurarle el rostro a nuestra convivencia.

Fue entonces que aparecieron los rastros de arsénico en mi sangre. Les juro, sobre la tumba de mi fidelísimo perro Termidor descansempaz —a diferencia de mí, el pobrecito no resistió el envenenamiento—, que no imagino la forma en que tan desagradable liquidito caía sistemáticamente en mi plato. Tula me acusó de ser un enfermo imaginario ante los primeros síntomas de intoxicación. E incluso en el juicio sobre el asunto, me acusó de querer apropiarme de su herencia. Mis explicaciones no fueron muy atendidas durante el proceso; juré solemnemente sobre el cadáver de mi compañero caído, que no tenía intenciones de recuperar los bienes que le había cedido a mi esposa, y presenté como prueba mi testamento final, donde la hacía la heredera universal de mi colección de monedas, cuyo valor en el mercado numismático es de unos… cuatro dólares. Pero es verdad que en ningún caso, ni yo, ni mi defensor —un muy amable nuevo amigo de Tula, que me presentó en la cena de navidad— pudimos imaginar cual era el origen de aquella sustancia peligrosa. Y si bien, juré —e incluso, debo admitirlo, perjuré débilmente— que mi intención no era incriminarla en un crimen pasional, tan metódico y calculado, para despojarla de todas sus posesiones, en aquel juicio perdí a Tula, a nuestro nuevo amigo —quien me fue presentado en la última cena de navidad— y, para solventar los honorarios de mi dedicadísimo abogado: mi bollón de monedas, cuyo valor en el mercado numismático, debía ascender a ocho o dieciséis dólares.


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