Magazine del colectivo Quimera

Diseño de Una ensoñación

In Uncategorized on enero 22, 2010 at 8:57 PM

Terquedad del agua que deshace la piedra. Imposibilidad de la palabra de penetrar en el seno de la belleza. Tamiz. Todo lo que debería ser imagen, sonido, tacto…  Y sin embargo obstinarse, tener esa confianza pueril en el poder de la evocación. Escribir. No la necesidad ya de volar, sino la fantasía encarnizada de ser un albatros.

Primero la porfía de intentar describir el desplazamiento de una hoja de plátano a través del aire azul del cielo. Podría ser otra hoja, pero la del plátano tiene una aerodinámica ideal. Estética imaginada para el drama. Circunvoluciones, piruetas de la hoja empujada por el viento. Cuidado, no arriesguemos. Lo etéreo se vuelve metálico y nos aplasta por el simple influjo de la iteración.

Entonces el rostro de la niña ya, entre la multitud gris y apretada. Sólo ella se gira y mira la hoja, el vuelo de la hoja por el aire azul. Y entonces contempla la ciudad. No la ciudad gris, la cuidad de de luz, arriba, en el cielo, como echa de nubes.

Pero en esta sociedad, ¿ficticia?, que debería describir, ¿es necesario?, el dedo de una niña que señala una ciudad echa de nubes representa un delito obsceno. Alguien podría haber delatado. El padre lo sabe y por ello contiene la respiración como si quisiera contener el tiempo. Pero las cabezas ahora se han desnudado de los sombreros grises de fieltro. Las plataformas voladoras se detienen. Una banquisa de silencio se ha apoderado del momento. Es hora del himno. Hay todavía un guiño valeroso del padre que tuerce apenas el gesto, con el rigor de una estatua, hacia la niña, para regañarla en silencio. A veces una mirada es un beso.

Un salto. Necesidad de la palabra de pespuntear el espacio y el tiempo. Necesidad de la mentira. En el interior del aerotrén, mientras el padre hojea un facsímil, deviene la desgracia. Porque la niña ha dibujado una línea curva a través del vaho de la ventanilla: una sonrisa, la ala de un pájaro ¿qué sabremos nosotros? Ah, pero la señora de las cejas grises, de los ojos grises, del vestido gris, no perdona. No perdona.

Salivación de la palabra. Éxtasis. ¿No está hecha para la acción? Seguimos las viseras bronceadas de los policías bronceados a través del corredor del aerotrén, seguimos sus pasos e incluso participamos de su visión y entonces nos encontramos con una pistola dorada. Seguimos el trayecto desde el cañón de la pistola a través del brazo y llegamos a un rostro demolido por la tristeza. No el miedo, la tristeza del padre de la niña. Un hombre triste es invencible. Los policías lo saben.

Un hombre triste puede saltar desde un aerotrén en marcha y caer sobre una plataforma volante sin herirse y sin que sufra daños la hija que sostiene con el brazo desarmado. Un hombre triste puede escalar por desagües y trepar por empalizadas llevando una carga en la espalda que pesa más que una vida. Puede correr por callejones, enfrentarse a la multitud. Refugiarse en el alcantarillado. Dormir al raso o robar alimentos. Pero no puede ver la tristeza en los ojos cansados. Por eso le muestra la pistola. Dispara a la niña con la pistola de oro. En el rostro. Un chorrito de agua. Para iluminarlo con la risa. Una bengala en mitad de la noche. Palabras como hormiguitas que se amontonan entorno al terrón de azúcar ¿a dónde querrán llevarlo? Un hombre triste puede correr como un atleta, boxear. Puede soportar una bala en el hombro y otra en la pierna. Pero si ha de enfrentarse a un ejército, debe hacerlo sólo.

Palabra que trastoca el telar del tiempo sin lograr deshacer  los brazos afables de gigante.

Imposible ya continuar con un poco de dignidad ¿Imposible? Imposible que la mano de la adolescente trace la línea recta sobre la hoja del bloc. ¿Es que no ven que una recta es también una curva, y una curva es también una recta?

Nº 0201984 a la celda de castigo. Bendición de la celda de castigo donde no hay nada más que las paredes descarnadas y ese ventano adonde se llega trepando por el vacío que desuella la planta de los pies. Ese ventano ofrece una porción de cielo donde a veces las nubes crean una ciudad de luz.

Alegría.

Una persona alegre ya no está en el mundo, supera el mundo. Una muchacha alegre ya no está en su cuerpo torturado, golpeado, vejado. Una muchacha alegre es un pájaro que escapa por una ventana azul.

Juego de manos de la palabra. Alejop! Todos los escritores tienen un colmillo de oro. La bolita, dónde está la bolita. En efecto, en el cubilete de en medio: siempre está en el del medio. Hagan sus apuestas. Juéguense los corazones.

Débil escoplo del verbo. Apenas araña el bloque de lo esencial. Y todos los escultores ciegos que martillean en el ambarino amanecer.

Y sin embargo obstinarse, llagarse las manos. Escribir. Vivir en el ensueño de lo dúctil.

Primero la porfía de intentar describir el desplazamiento de una hoja de plátano a través del aire azul del cielo. Podría ser otra hoja, pero la del plátano tiene una aerodinámica ideal. Estética imaginada para el drama. Circunvoluciones, piruetas de la hoja empujada por el viento. Cuidado, no arriesguemos. Lo etéreo se vuelve metálico y nos aplasta por el simple influjo de la iteración.

Entonces el rostro de la anciana ya, entre la multitud gris y apretada. Hora del himno. Los rostros de bronce. Una hoja que el viento lleva. Un dedo que señala. Es el mismo dedo que señaló, siempre ha estado ahí. El mismo que trazó en el vaho la ala de un pájaro. Todas las cosas de verdad siempre están ahí. También la ciudad hecha de nubes, la ciudad hecha de luz que se desplaza por el cielo, que flota sobre la ciudad gris. Una boca que grita, que ríe. Imposible describir la demencia de un rostro, la belleza. ¿Y la pistola? También ha estado siempre ahí, siempre. Ahora servirá para desalojar la plataforma voladora. ¿Hasta dónde puede llegar una plataforma voladora? Hasta el infinito si la conduce una anciana feliz. Puede llegar incluso hasta una ciudad en el cielo. Una ciudad con edificios de bruma y calles de niebla. Con niños de humo que juegan en los parques. Con gente alegre que baila en los templetes. Y qué fácil distinguir a vuelo de pájaro un hombre triste sentado en un banco. Un hombre triste que se incorpora, que tiende los brazos. Que sonríe.

Futilidad de la palabra.

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