Magazine del colectivo Quimera

Buscando a Tabloc

In Uncategorized on enero 22, 2010 at 8:58 PM

Busco a Tabloc como quien busca una piedra en el desierto. También como quien busca agua. No sé precisar si Tabloc es más agua que piedra o más piedra que agua. Puede que Tabloc sea piedra licuescente o agua petrificada, esto último me trae sin cuidado. Ni si quiera sé si Tabloc es otra cosa que un invento febril.

Este mundo me está enloqueciendo. Gatos grises. Fábricas desmoronadas como los restos de un cumpleaños infantil. Llamaradas. El cielo está herido por aguilones de grúa y supura pus.  Una anciana atraviesa un solar tanteando el aire. Lleva un interrogante pintado en el pecho desnudo. La maldita iconolatría, ¿no es suficiente, no basta con esa reducción, ese amputar la vida que son los sentimientos?

-¡Un azul! ¡Allí hay un azul! –el grito, en vano, quiere atravesar la cúpula barroca de mi cráneo. La anciana tantea el aire gris. Da aletazos como un pájaro embreado. Mira sin ojos. No me oye. Me encojo dentro de mi sombra.

Detonación. Suave, silencioso murmullo de las llamas. La anciana arde como un trapo. Huyo por el túnel de humo. Los azules son lentos. Efectivos, pertinaces; pero lentos.

-Por aquí, por aquí -alguien me da un tirón del brazo.

Me cuesta adaptarme a la oscuridad. ¿Estoy en una tubería, un desagüe, un conducto de aire?

Veo a los niños, ¿son niños u hombres diminutos? Hablan todos a la vez, voces caleidoscópicas, fracciones de sonido.

-Hay esperanza –me dicen-. ¿Eres tú la esperanza?

-¿Qué? ¿Dónde estoy?

-En el Templo -me dicen los niños-hombre-. ¿Eres tú nuestra esperanza?

-¿Cóm…? -los niños hombre me inmovilizan. Son fuertes como gorilas. Rápidos como la noche. Me arrancan la ropa.

-¿Eres nuestra esperanza? Necesitamos que lo seas.

Los niños-hombre me obligan a abrir las piernas dolorosamente. Me examinan el sexo. Un niño-hombre con el cráneo translúcido lo examina con ademán de relojero. Veo sangre crapulosa e infantil latiendo en su cerebro. Hablan todos a la par con voces de gato.

-Creemos que sí, que eres la esperanza. Tienes el estigma.

-¿Estigma? Siempre he pensado que mi sexo es de lo más corriente.

Los niños-hombre me transportan en vilo por grutas emponzoñadas. Una comparsa de gatos nos acompaña. Gatos inflamados y litúrgicos que alumbran los túneles con el haz de su mirada. Llegamos a una nave amplia; por el techo roto se derrama una manga de luz. En el centro de la nave irrumpe una plataforma a la cual accedemos por unas escalinatas –universo anegado por un océano de gatos-. En una especie de altar hay una muchacha encadenada y desnuda.

-Ella y tú sois nuestra esperanza -grita el niño-hombre de cráneo acristalado, tratando de espantar a los gatos con una antorcha-. Hombre, se te ha escogido para cubrirla. Tienes la semilla sacra. De ella nacerá un Rojo.

-¿Un Rojo?, ¿qué poder tendrá contra millones de azules?

-El mismo que una rosa de sangre en una camisa blanca.

-¿Qué habéis hecho con la muchacha?, ¿Qué es esa arboladura de conductos que se ciñen a su cabeza? Apenas veo sus ojos.

-No puede, no debe sufrir con esto. Tampoco inferir. La privamos del conocimiento. Sólo así dará a luz a la pureza del Rojo. Cúbrela.

-Cúbrela. Cúbrela. Cúbrela. Cúbrela.

-No podéis obligarme. No se puede vencer a la natura.

-Ya veremos.

Los niños-hombre me obligan a ingerir un bebedizo. Al instante mi pecho se hunde en un abismo de lodo, o de lava, o de fuego. Un marasmo de sensualidad disloca mis extremidades, espantapájaros articulado que se debate consigo mismo. La naturaleza, vence a la naturaleza. Majestad dual de la naturaleza. Acudo a la muchacha como a la salvación de mi alma, o como a la perdición, mejor dicho.

-Cúbrela. Cúbrela. Cúbrela. Cúbrela.

-¿No veis, idiotas, que afirmarse en la esperanza es lo mismo que destruirla?, ¿no veis que la incertidumbre es la única salvación?

-Cúbrela. Cúbrela. Cúbrela. Cúbrela.

La muchacha tiene olas en los ojos, espuma que la marea desliza por sus mejillas. ¿Le hago daño?, ¿habrán eliminado también el conocimiento del dolor, conocimiento último a fin de cuentas? Me gustaría estar arrepentido o triste, pero sólo soy magma que atraviesa las capas tectónicas, magma furioso y ciego. Me gustaría estar muerto. Tabloc, ilusorio Tabloc, te encontraré o te inventaré, y te mataré.

Un universo que se va esponjando en sangre. De repente explosiones, llamas. Gatos aéreos, niños bonzo. ¡Los Azules, los Azules! Maldita lentitud. No puedo dejar de abatirme sobre la muchacha, quiero abrir la tierra en dos, hundirme en el infinito. Maldita lentitud, ¿por qué no me matáis ya?

Me domino. No sé cómo, he liberado a la muchacha. Huyo, huimos, por pasadizos nuevos, hombres primitivos y bestiales.

-¿Tan pecaminosa es la duda? -alarido gutural de gargantas ancestrales, ¿gargantas?

Derribo el resto de una puerta y entonces los veo: con las manos en la cabeza, con el sexo enhiesto, con un murmullo tembloroso en la cara descompuesta:

-Mátame. No soy la esperanza. Mátame –gritan todos con sus bocas desencajadas.

Al otro lado de la estancia hay una obertura en el muro que da al exterior. Corro por el pasillo de luz zafándome de los brazos bestiales, huyendo de los rostros imperdonables, incomprensibles, huyendo de mí mismo. Arrastro a la muchacha. Allá fuera, en algún lugar, me espera Tabloc; y si no, lo inventaré.

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