Magazine del colectivo Quimera

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aguacero

In Uncategorized on octubre 28, 2010 at 9:26 PM

La quedada /cuento/ Lisandro Ariel

In Uncategorized on octubre 5, 2010 at 3:20 PM

La quedada

Las señoras temen que su hija, la quedada, no salga de casa. Llegan hombres que traen y llevan a sus hijas, las bonitas. Elvira, la quedada, sueña con su primo Alberto y consuela a su hermanita gorda en tutú rosa. Madre llora y llora, como todas las señoras, con doctores o amigas mientras rompe cochinitos de la renta y hace martes con la abuela tejedora.

La quedada estudia, hace el amor, se siente libre, intenta no llorar; cualquier debate, político o de computación cuántica, es apagado con el ¿cuándo te nos casas, bella? que intercalan sus hermanos, los casados, que se matan en cervezas negras, miss septiembre y concursos de televisión de sobremesa.

La profecía

In Uncategorized on octubre 4, 2010 at 3:31 AM

La profecía

Por Jesús Ademir Morales Rojas                        @jesusademir

Una vez más Sonia y los graffiti. Ramón dejó de pensar en lo primero para concentrarse en los segundo. Había descubierto, por fin,  la clave de la profecía en esos rayones con aerosol en ciertos vagones del metro. Lo había logrado justo hoy que había descubierto el engaño de Sonia. Un suspiro hizo que Ramón casi dejara caer sus libros y su cuaderno al piso del vagón semi-vacío.

Cada noche cuando regresaba a casa desde la Universidad- desde que la tesis agotadora le había conferido el dudoso honor de ser el último en salir de la Biblioteca Central- estudiaba con interés de profesor de sociología las crípticas pintas en los vagones del metro.

Al salir del metro dejaba de ocuparse de ello y se concentraba en la inminente cita con Sonia, su bella noviecita de Coyoacán. Sin embargo, cuando comenzaron los reclamos de la chica por sus ausencias y su exagerada dedicación académica, Ramón comenzó a presionarse a tal grado que cayó en un permanente nerviosismo, una tensión que lo alteraba en grado sumo.

Precisamente en ese tiempo descubrió el secreto de los graffiti, los increíbles mensajes disimulados en gariboleadas grafías. En cada recorrido por la línea 3 del metro, que a veces repetía sin necesidad, para investigar más, halló la clave de esa secta terrible que proyectaba un sangriento crimen, un abominable sacrificio ritual.

La noche en que acudió Ramón a casa de Sonia y los reclamos se transformaron en esa cruel sonrisa terminante (y la del hombre quien acompañaba a Sonia), fue en la cual Ramón descifró el graffiti definitivo, justo en el último metro en circulación, luego de vagar de tren en tren con las lágrimas en el rostro y los libros temblándole en las manos.

El mensaje secreto explicaba el lugar del bizarro ritual. Ramón bajó subrepticiamente a las vías y se internó en el túnel de la estación terminal del metro, sin fijarse en las ratas y cucarachas que le corrían por entre los tenis. Pronto encontró la enorme grieta y se interno en aquel ámbito de lodo y roca.

En cuanto se acostumbró a la oscuridad, Ramón descubrió por fin  las miradas ansiosas que lo estudiaban.

Eran decenas de hambrientos seres, que en el día vendían, robaban o mendigaban en los vagones del metro, pero que de noche en noche se reunían en ese sagrado lugar para venerar un oscuro motivo de vida, entre cánticos, rezos y conjuros desquiciados.

Eran muchos sí, pero Ramón tuvo la satisfacción en su último instante de vida, de percatarse que la profecía que él había descubierto se había cumplido y de que, para él, los muchos feroces dientes que lo desgarraron no fueron tan dolorosos como los de aquella cruel sonrisa que nunca dejo de recordar.

Pensar en disyuntiva

In Uncategorized on octubre 4, 2010 at 3:30 AM

Pensar en disyuntiva: el monólogo de Hamlet

Por Jesús Ademir Morales Rojas                                                 @jesusademir

“Ser o no ser, esa es la cuestión:

si es más noble para el alma soportar

las flechas y pedradas de la áspera Fortuna

o armarse contra un mar de adversidades

y darles fin en el encuentro”

Cada elección entraña una falsa disyuntiva. En el fondo, todo está resuelto de antemano. Pero no porque alguien haya establecido el orden de los acontecimientos de acuerdo a su arbitrio. Por el contrario, cada decisión solo enmascara la veleidosa danza del devenir, que sin música, ni ritmo alguno, atrae al mundo todo, la vida incluso, al reconocimiento de su inherente vacuidad.

“Morir: dormir,

nada más. Y si durmiendo terminaran

las angustias y los mil ataques naturales

herencia de la carne, sería una conclusión

seriamente deseable”

La muerte encierra en su acontecer la resolución de todas las paradojas, pero no porque se acrisole en ella conciliación alguna entre alternativas vivenciales. En la muerte no se encuentra ni se reconoce nada. No obstante, su certeza indolente difumina la voluntad de reificación que tienden a presentar ciertas visiones del ser: palabras, palabras, palabras. El resto- la verdad- es silencio.

“Morir, dormir:

dormir, tal vez soñar. Sí, ese es el estorbo;

pues qué podríamos soñar en nuestro sueño eterno

ya libres del agobio terrenal,

es una consideración que frena el juicio

y da tan larga vida a la desgracia.”

Cada persona tiene en sus sueños un aspecto irreductible de su propio ser. Las palabras con las que intente relatarlos nunca capturarán la esencia de su experiencia directa y privada. En el caso de la muerte ocurre algo similar, sin embargo, en contraste, lo que pueda expresarse acerca de ese instante definitivo puede ser compartido por los demás plenamente. La muerte no es una “vivencia” propia, no se vive la muerte. Los que la presencian- inmersos en el terrenal agobio del ser- son los que pueden dar cuenta de ella. Por lo tanto, la muerte puede asumir cualquier expresión que la haga comprensible por todos.

“Pues, ¿quién

Soportaría los azotes e injurias de este mundo,

el desmán del tirano, la afrenta del soberbio,

las penas del amor menospreciado,

la tardanza de la ley, la arrogancia del cargo,

los insultos que sufre la paciencia,

pudiendo cerrar cuentas uno mismo

con un simple puñal?”

El suicidio es la mínima afirmación verdadera, del máximo rechazo posible. Todo existir es una encrucijada que se olvida por un falaz pragmatismo. Ningún problema es auténtico, tomando conciencia de la solución permanente del suicidio. Tal es la razón por la cual la verdad, la razón, es lo menos importante cuando de vivir se trata. Un poco de sinrazón justifica cada respiro, cada esperanza, cada momento.

“¿Quién lleva esas cargas,

gimiendo y sudando bajo el peso de esta vida,

si no es porque el temor al más allá,

la tierra inexplorada de cuyas fronteras

ningún viajero vuelve, detiene los sentidos

y nos hace soportar los males que tenemos

antes que huir hacia otros que ignoramos?”

Tal vez lo que más aterra del más allá, sea la falta de comunicación que implica. Únicamente en la palabra compartida se da el mundo. Clausurar esa interacción gestante es abrirse a un universo privado, encontrar los límites del ser, en el ser propio. Apropiarse del ser entero en un postrero instante y luego consumirse en él: caminar con el fuego de Heráclito, que toma cualquier forma, que se enciende y se apaga eternamente.

“La conciencia nos vuelve unos cobardes,

el color natural de nuestro ánimo

se mustia con el pálido matiz del pensamiento,

y empresas de gran peso y entidad

por tal motivo se desvían de su curso

y ya no son acción.”

Una meditación sincera y extrema acerca del existir nos llevaría al total anquilosamiento. Temer no es censurable, ciertas maneras de asumir la incertidumbre absoluta que nos envuelve el ser, por el contrario, sí que lo son. Ser o no ser no es el dilema, ya que cuestionarse, de hecho, es asumir una postura que nos ubica allende cualquier titubeo, cualquier cobardía. Pensar es una empresa que trasciende sus propios motivos y se sublima en el silencio más revelador, el que antecede y es contestado con cada nuevo latido del corazón.

La dispersa mariposa de Neruda

In Uncategorized on octubre 4, 2010 at 3:29 AM

La dispersa mariposa de Neruda

Por Jesús Ademir Morales Rojas                                     @jesusademir

Vuela la mariposa de Muzo en la tormenta:

todos los hilos equinocciales,

la pasta helada de las esmeraldas,

todo vuela en el rayo…

Pablo Neruda

Muzo viajó en pos de Lecia hasta los Cús de Sapatria. Tormentas de esmeraldas aletargaban su marcha, pero el Yandos Vidara las evadía polenfragando su aliento en su refugio de estambre.

En cierta etapa de su peregrinación se encontró con Leva, quien volaba duros bajo la pasta de nube, agitada por bancos de bacterias. Leda hizo vibrar su larga vaina y los duros escaparon a las alturas. Pronto fosforecían en la densa nata, transmutados en el arrullo radiante de los microbios.

El Yandos  Vidara acompañó a Leva entre las espirales de mariribeporosas, estremecidas por la llovizna ácida. Se separaron ante las murallas de Sapatria, tapizadas de gusanos y enredaderas de tobaldo.

Muzo se adentró en los Cús, recorriendo túneles de granos cristalinos. Poco después arribó al recinto del Gran Equino. Lecia yacía en sus fauces trémulas, mientras la tos azul de los clones asperjaba el ambiente penumbroso.

El momento había llegado: Muzo ofrendó esmerambres humeantes, al tiempo que entonaba las sacras stanzas: tercios de polos con voz grave que retumbaron en las húmedas membranas. Los clones temblaron tosiendo azul, en su danza inverosímil. De pronto, el Gran Equino agitó su mole grotesca y mueregreró a Lecia.

Con humilde reverencia, el Yandos Vidara tomó la preciosa vaina y abandonó el recinto, dejando tras de sí los gruñidos de los clones venerantes. Muzo desando la ruta de su peregrinación hasta que llegó de nuevo al sitio sagrado de Leva. Allí,  el Yandos Vidara agitó la vaina. Cristalinos duros ascendieron con ligereza hasta el cielo infecto.

En breve, las notas que brotaron de las alturas viajaron hasta Sapatria y derrumbaron hasta el último Cú. El Gran Equino expiró con alivio y los clones tornaron a su eterna espera entre azules expectoraciones.

En su refugio de estambre, Muzo sintió la llegada de Leva, cuando polenfragraba su aliento. Al alba, Leva se hizo Lecia y siguió la ruta del Yandos Vidara por el camino del misterio. Juntos desaparecieron en la insomne sonrisa de las últimas terrestres.

Micrónica de Anuar Cichero

In Uncategorized on octubre 4, 2010 at 3:28 AM

Todos los días a la siesta, Carlos Marx se sienta en un cantero de la peatonal y lee El Capital. Mi hermana Aimé quiso retratarlo una vez, pero él se rehúso; incluso conocía el número de ley que vela por su derecho a la privacidad.

Once (micrónica)

Mientras está sentado leyendo, el pequeño mundo de  su alrededor parece detenerse. La Historia se escribe a medida que él pasa las páginas, al igual que estas palabras. Sin embargo, un día de éstos, Marx terminará de leer El Capital y no tendrá más remedio que volverse a morir su muerte.

antü | diez

Un día después… Licantropía inversa por José Ramón Águila Cano

In Uncategorized on octubre 4, 2010 at 3:27 AM

Un día como ayer

A veces la vida tiende a torcernos las tripas justo cuando nos terminamos de bañar. Estás ahí, inmaculadamente limpio sentado sobre el inmaculadamente limpio retrete sintiéndote de nuevo sucio, igual que el momentáneo dueño de tus posaderas.  Pienso en él. Pienso en ella. Pienso en los dos desnudos sobre el sofá. Pienso en el maldito café que los unió en esa mañana fría. Dos almas solitarias que deciden estar solas juntas. Ella le sirvió a él café. Él le trajo el menú desde la barra. Era tan sólo natural y lo veo claro ahora un día demasiado tarde. ¿Por qué le dejé ir? ¿Por qué le dejé engañarme? El engaño es el antónimo del amor, no el odio, porque el engaño, como el amor, siempre es juego de dos, mientras que odiar, uno se puede odiar a sí mismo por haberse engañado tanto tiempo por querer amar a alguien más. Es exactamente así mi caso, hoy, un día demasiado tarde, yo no odio a nadie.

Les veo tomados de la mano. ¡Qué cliché más absurdo! Sintiéndose culpables, imaginándose descubiertos. Todo esto aumentando su vigor sexual después de checadas sus tarjetas. Con un suspiro espero haber cumplido todas sus expectativas.

Rechino los dientes y hago ruidos chistosos con la boca emulando a un caballo. No es coraje lo mío, es resignación. Es darse cuenta de tanta mugre que he provocado. Tanta mierda que en la vida existe pero que al final, como siempre, el culpable soy yo. Soy el único dueño de mis sospechas y  veo claramente,  un día demasiado tarde, que la cagué.

Ahí sobre el asiento de porcelana, suspiro nuevamente y siento el despojo freudiano, ese sentimiento de vacío. Nunca estuve más de seguro de algo. Ahora sé que me quiero enamorar, al fin y al cabo, todos estamos llenos de mierda, Él, ella y yo. Absolutamente todos y es natural sentirse sucio por dentro. Hoy le invitaré un café. Espero que no sea demasiado tarde. ¿A quién engaño después de este acto de catarsis impía por placentera, si termino odiándome por amarle tanto?

Enciendo un cerillo para disipar el olor, aun cuando vivo solo. ¡Qué absurdo ritual! Sé que no vendrá nadie, pero quizás, en esta ocasión lo que busco disipar es el trance, la melancolía y las náuseas que me doy cuando pienso en quien me engaña.

Mientras me lavo las manos con todo cuidado pienso: las excusas son para el excusado. Cuando se está solo olvidas subir el cierre. Qué importa, nadie vendrá, estoy solo y determinado a enamorarme. Tal vez la palabra escusado vendrá del francés, me dije, escuse moi, señorita que ando enfermo de la bestia y ya estoy que se le salen los dulces a la piñata.  Córrele que te alcanzo. Río en voz alta de mi estupidez, pero al final, el diálogo interno sostenido tiene un punto. Llamaré hoy, sin excusas porque definitivamente, hoy es un día demasiado tarde para ser un escusado.

Llamo aún con la bragueta abierta dos horas más tarde. Buzón de voz. Las excusas al excusado, me repito. Subo el cierre y tomo las llaves del auto, intrépido, como si interpretara al mismísimo Indiana Jones, en una versión mexicana, secuela número 8. Manejo hasta su trabajo sin detenerme y reniego un poco de la pobre educación vial de los demás conductores. Hoy no odio a nadie porque me prefiero enamorar.

Estacionado el auto y le veo en el café Madird. Ella le está acercando el menú desde la barra. No me han visto. No me han visto. ¿Eres hombre o un maldito retrete? Bájate, cagón. Al entrar en el café no se necesitaron palabras. Su mirada culpable. Su lápiz labial en la mejilla. Su olor a culpa. ¿Y si el perdón no llegara de forma natural, vale la pena forzarlo a salir con un esfuerzo estreñido? No. La llamé puta. Salí tras un portazo. El único vocablo que logre emir fue completamente innecesario, ya algún día demasiado tarde me arrepentiré.

Un remolino de emociones giró en mis entrañas. Un remolino que acarreaba toda esa podredumbre pestilente que llamamos emociones y terminé sintiéndome sucio, sucio aún cuando sé que he desechado aquello que tenía muy dentro y que de no evacuarlo a tiempo terminaría por matarme a retortijones. Limpio de culpas y sintiéndome sucio, justo como cuando me terminé de bañar esta mañana. Mi único desengaño fue que tomaban té. Un maldito té de yerbabuena que si bien cae al estómago de maravilla, a mi corazón le sentó fatal.

Al abandonar el Madrid sentí otra vez ese despojo freudiano, ese sentimiento vacío. Hoy no odio a nadie porque me doy cuenta que desde hace algunos ayeres me enamoré.

Yo nací para ser un niño idiota de Andrés Sánchez Redondo

In Uncategorized on octubre 4, 2010 at 3:24 AM

YO NACÍ PARA SER UN NIÑO IDIOTA

Los melancólicos.

Los melancólicos, a la hora de la siesta, nos abrimos las venas con el corte fino del recuerdo.

La luz.

¿No la veis?

¿No la recodáis?

El ruido y la furia.

Hay un patio de recreo, con animales pintados en las paredes, tiernos animales de fábula.

No sabemos qué hacemos. Corremos de un lado para otro, en tropel.

Gritamos hasta que se nos quiebra la garganta. Una soga de corazón a corazón, somos una red de pequeños sanguinarios.

La luz.

¿No la veis?

¿No la recodáis?

El ruido y la furia en los corazones tan tiernos.

Una tarde amarilla de domingo. ¿Tengo seis años o cinco?

Deditos que titubean. Volvemos mi abuelo y yo de la pastelería,

por la calle azul celeste. Abuelo de rostro angular que fumas como un muchachito de hollywood.

Una niña se une a nosotros. ¿Quién es esa niña, abuelo?

¿Por qué no habla? ¿Por qué son mudos los recuerdos?

Si fuera esto un grito, un arrebato.

La niña viene con nosotros, ¿querrá comer pastel abuelo?, ¿le daremos un trocito a esa niña tan guapa?

Pero qué descarada, se ha internado en nuestro portal y ahora sube las escaleras.

Si pudiera quedarse esa niña a vivir conmigo sería muy feliz,

yo que hasta ahora he sido el ser más feliz.

¿Qué son este tipo de contradicciones, abuelito?

Pero en el vano de la puerta le haces señas, abuelo, tus manos persianas que caen, telones de boca que sellan una función.

No importa, nos decimos la niña y yo con la mirada, ya nos veremos otro día, otro día.

Pequeña hija del misterio, ¿quién eres tú?, ¿por qué no puedo olvidar este ensueño?

En un parque, un niño me roba mi Ford clásico de arrogantes faros.

Compadezco a ese niño.

¿Soy una especie de idiota de la bondad?

Mi madre insiste en ello.

Mi pequeño imperturbable idiota,

¿por qué te pasas la tarde entera mirando las nubes que se deslizan por el cielo?

Como premio: el bollo con chocolate.

Ajeno a lo atroz, lidero mi pequeño ejército alemán.

Los alemanes me parecen más glamorosos, proféticos en su romanticismo. Tan valientes que se enfrentan al mundo entero.

Mis hermosos mártires, con qué bella dramaturgia os hago caer bajo el fuego enemigo.

El brontosaurio tiene un cuello tan largo que puede llegar a lamer el sol, a riesgo de quemarse la lengua.

Ciencias naturales.

Me dicen que salga a la pizarra y dibuje un pez.

¡Que dibuje un pez!

Es un pez de mirada lánguida, con porte majestuosa.

Él preferiría estar en el fondo del mar, burbujeando frente a un barco hundido.

¿El aparato digestivo? Pues donde va a estar, dentro, como le pasa a todo el mundo.

Y sin embargo, frente a mi casa hay un pequeño museo de historia. El más fabuloso museo del mundo.

Qué deleite observar los deformes cráneos.

Cuando el hombre todavía no era hombre. En mitad de la pradera atávica del tiempo quebraba su voz con alaridos, por el patio cuadrado de la memoria corría descalzo detrás de las bestias.

Y había una soga que unía corazón con corazón.

Hay hombres que nacen para ser adultos.

Yo nací para ser un niño idiota.

Edgar Allan Poe.

¿Qué es esa cabeza grotesca? ¿Qué son estas palabras?

Atribulado, renqueante, sórdido…

Me estremece el placer.

¿Existe la inteligencia?

¿Qué es la inteligencia, mamá?

Aléjate de esos libros, adorado niño que fui, apártate de la aberración, vuelve con tu tribu sanguinaria, reanuda el alarido,

sigue la soga que anida en tu corazón.

Vuelve a la luz.

Al ruido y la furia de tu corazón sagrado.

Ésta será mi cajita de canicas de Andrés Sánchez Redondo

In Uncategorized on octubre 4, 2010 at 3:22 AM

Ésta será mi cajita de canicas, mi pequeña y frágil urna. Ahorraré aquí mi estúpido patrimonio. Y al abrir la tapa, etéreas mariposas y flameantes tridentes, caramelos de franjas coloreadas, generosos conceptos arrinconados… Tlup, tlup, tlup… desde su interior, un adjetivo anciano o un secreto municipal, por decir algo, confundirá mi cercano ojo, mi ceja crispada, con un irresoluble dios. He aquí mi plan de pensiones, me aseguraré una demencia sana y luminosa.

Escribir ahora de cualquier cosa al vuelo, porque el pensamiento es un francotirador con los ojos vendados. Acerca de la rendición, la más hermosa de las actitudes. La primavera no es más que… El hombre de rostro cuarteado que bebe en el fondo del bar, el niño que llora, el derviche que se inmola en el corazón de una roca, el empresario inexpugnable, el jubilado que frecuenta las obras públicas, el despechado que escucha a Caruso, el idiota que escribe.

Un grito: la voz etílica de un sargento me despierta en mitad de la noche. Hay una oscura energía militar en el pecho de cada hombre. Pronto la realidad se ensaña con uno, te pone en su sitio. ¡La realidad es tan real! Hay una vaga luz en la ventana, por el patio de luces se desliza la atiplada voz de una mujer. Son las tres de la mañana y un matrimonio ha decidido que es el momento de conversar acaloradamente.

¿A dónde voy? Me alejo de las carreteras. Quiero distanciarme de las autopistas, de los caminos. Deseo -y sé que es un deseo impertinente y fatuo- hollar parajes inexplorados, encontrarme de pronto tan solo, tan lejos de todo, tan bellamente asustado. Quien ha caminado por un desierto no soporta ver de nuevo los violentos semáforos, los acechantes pasos de cebra. Pero quien ha caminado por un desierto, quien ha vivido la experiencia de un desierto, ése no puede decirte al respecto la más mínima palabra. De ahí esa furia cordial y benévola que arde en los ojos de un tuareg. Hombre que anhelas a Dios, envuelve la adorable miseria de tu cuerpo en una túnica y tu franca cabeza animal en los paños de un turbante, muestra al Supremo el glorioso espanto de tus ojos, tu embozada risa de trastornado.

Pero cuán contradictorio puedo llegar a ser, se diría que miento como un solemne bellaco, pero soy sincero, y en la propia naturaleza de mi espontaneidad, de la espontaneidad de cualquiera, anida el ave de la paradoja. Tanto puede excitar mi espíritu la nítida expectativa de un horizonte como la turbia calidez de un hogar.  Un hogar es cualquier sitio donde uno no se ve apremiado a marcharse. Este banco de la avenida en el que me he sentado junto a mis ensoñaciones, también era un hogar para un elegante y astroso anciano. Cualquier lugar es bueno para soñar despierto. Un hogar también es un sitio donde poder coexistir con otros sin tener que mediar palabra. Ese anciano anotaba frases en un bloc, he tenido la desfachatez de cruzarle la mirada, sus ojos eran tan jóvenes y vitales, el voltaje de la escritura iluminaba su espíritu. Dejad que los insensatos se acerquen a mí. Como los insectos, estamos tan ávidos de luz que no nos importa achicharrarnos. En efecto, soy un adicto a la escritura, pero menos que a la alucinación. Configurar códigos al azar, como una slot machine del lenguaje, ¡ja! Quizás un día obtenga una frase con premio, es cuestión de probabilidades. Eso es, los pequeños percances cotidianos no son otra cosa que monedas, la calderilla de cada día dánosla hoy, oh señor de la tempestad y la gloria. Soy un yonqui que transita la vida buscando una dosis, ¿de qué? Un ludópata de la sandez. Estoy enamorado del mundo. Del mundo y de la parodia del mundo. A veces, toda la energía de un ser se concentra en su rostro. Esa muchacha que ahora pasa discutiendo con otra. Toda esa excitación de las cejas, ese síncope de las ventanas de la nariz, el vehemente ejercicio de los labios. ¿No besaría uno esa estremecida cabeza?, ¿no la estrecharía uno contra su pecho? Y también la del anciano luminoso, y la de aquel guardia que se enfrenta al tráfico, y la de aquella panadera con manoplas. ¿Se puede estar tan ebrio de belleza?

Un hombre fornido camina oblicuo por la calle. Tensa todos los músculos, sus hombros contraídos quieren ser más altos que su cabeza porque esa transformación es horrorífica. Con violentos gestos, busca enemigos a un lado u otro, a un lado, y luego al otro. De repente se observa en el reflejo de un escaparate o en algún espejo, y contempla a una frágil mujer, quizás hermosa. En los forzudos puños, ahora unas crispadas manitas,  las bolsas de la compra. Su cabello flota en el aire rosicler creando un bonito paisaje de olas. Esto parecerá una idiotez, pero yo he conocido a alguien así, quizás demasiado de cerca. ¿No se podría hacer un cuento con este material? Claro, incluso una novela. Pero ya nos aprietan suficiente los zapatos en la oficina: al caballo de la escritura lo quiero salvaje, inocente, primitivo, que ignore el sabor de un azucarillo. ¡Qué hermoso debió ser el mundo antes de que el hombre aprendiera a leer! Ahora todo es evocación. Un poeta no es más que alguien con una portentosa memoria animal.  Hombre que escribes: son el tigre, el oso, el pato, el delfín, el hombre de la caverna, el gorila, quienes escriben a través de ti, ¡olvida todas tus ínfulas de conocimiento!  Abandona. Ríndete, anégate en el torrente de tu propia animalidad. Hombre que escribes, ¡eres el último chamán! Sea el espíritu del cóndor quien eleve tus palabras más allá de las albas cordilleras hasta ese espacio relumbrante y manso, hasta ese lugar tan familiar como innombrable. Hombre que escribes, condúcenos hasta el tornasolado cielo de las bestias.

Ese espíritu contemplativo. Tantas veces me sorprendo de mi profunda abstracción. Pero, ¿es esto la vida o es una dichosa película?

Enfrentarse a eso.

La muchacha tiene el rostro orondo y brillante de felicidad. La muchacha habla con un ser inexistente, dialoga con él intensa y arrebatadamente. Es un ser mucho más alto que ella, a juzgar por la pose. Cada día la veo, de buena mañana, en el metro. Yo, que tampoco estoy muy cuerdo, me imagino que habla con Dios, y me digo que todos los que han visto el rostro de Dios han enloquecido.

Enfrentarse a eso.

Hombre que has muerto, ¿qué podemos explicarte a ti que no sepas ya? Todo esto es pura cordialidad, como cuando saludamos en el camarín del ascensor a un apático vecino. Hombre que has muerto, ¿no ves la suerte que tienes? Pagaste la más cara de las hipotecas, y sin embargo ahora… Morir en vida es la experiencia más dura y la más gratificante. Hombre que has muerto: Bajaste al abismo tenebroso y encontraste la luz. No la llama magnánima de Prometeo sino la llamita azul y trémula que arderá eterna en las espitas de tu corazón. El castigo se anticipó al pecado, como es lo natural, pues en la biblioteca del espíritu la zeta va la primera. Hombre que has conocido la verdadera soledad, vuelve al rebaño del hombre. Hombre que, herido de muerte, huiste del hombre. Hombre despedazado por el rayo caprichoso del destino, yo te ordeno: levántate y anda. Limpiarás el barro de tu ropa, cuidarás tus cicatrices, maquillarás la lividez de tu rostro. Construirás un personaje, pues a diferencia del animal, el hombre no puede ser anónimo. Fabricarás un ciudadano a tu imagen y semejanza. Te confundirás con el hombre. Ganarás el pan día a día con el sudor de tu frente, pero eso no significará más que tu regreso al edén. A todos engañarás menos a ti mismo. Hombre que has muerto, soñarás en secreto.

Hombre que has muerto, ¡hágase en ti la felicidad!

Pues sí, en efecto, es tiempo de los nuevos eremitas. Ahora, hoy en día, hoy por hoy, en fin, no se aíslan en remotas cuevas sino en mitad de las hospitalarias oficinas. La oficina como nuevo estilo de leprosería. Toda una vida como convaleciente o como enfermo crónico.  Peregrino que te asomas al mundo a través del rectángulo fatuo del ordenador, deja tu bizantina huella de gorrión sobre la arena de esa clepsidra inmensa a la que llaman Internet, clava tu enseña sobre los cráteres de esa luna de electricidad y entusiasmo. La lista de las tareas estúpidas, los timbrazos recalcitrantes de los teléfonos, esos rostros torvos, esas ventanas enrejadas donde no se adivina el día apenas, ese aire acondicionado que te descuartiza la piel, que te reseca los huesos, esas paredes con marcas negruzcas, como de remotos fusilamientos cuyos fantasmas perduran grávidos sobre los escritorios y los teclados. Esa obstinación por encorsetar el mundo, por descender al subterráneo matemático, al lado oscuro y demente de los negocios. Hombre que hablas con las computadoras, diles que sumen A más B y dejen el resultado en C, no es urgente, dicen, puede estar para mañana. Después resta de C el valor de A y el valor de B y comprueba así que eres un solemne idiota. Eremita de la nueva era, haz que crean que tus sandalias desvencijadas son unos zapatos lustrosos, obra el milagro imaginario del betún. Opera sobre tus tiznados hábitos de vagabundo el prodigio irreal de la sastrería. Sobre la luenga  barba la quimérica gillette; sobre las axilas del hijo del mono, los vapores medicinales y botánicos; sobre la boca animal las mágicas lejías, sobre los ojos cegatos los maravillosos cristales.  Mi querido eremita moderno, que nadie sepa de tu condición. Hombre que hablas con las computadoras igual que antaño te dirigías a las bestias del monte.

Enfrentarse a eso.

En fin.

Al verano le quedan dos telediarios. ¿No es hora de ir haciendo acopio de leña?

Todas las cosas son todas las cosas. El ojo que circula por encima de estas líneas es la farola que lee, en el malecón, los barcos que pasan, la gente que viene y va. La farola es el brazo erguido del ballenero, el brazo que en la tempestad agita un farol. Lo que ve es lo visto. Yo soy tú y tú eres yo.

La bondad es una corteza de árbol. En mitad de la tormenta se comprende. La mandíbula del lobo comprende, la hormiguita fabril comprende. El alma arrecida. Por eso el humo de la leña nos hace llorar. Hombre que acaricias a ese niño con tus manos arborescentes. Todos los ancianos se ennoblecen, salvo aquellos pocos cuyo corazón es una petulante hornacina. Los dedos de los ancianos son ramitas crujientes que el viento mece. El fruto que cayó a plomo sobre la liza del mundo, durante un tiempo díscolo y renegado, retorna ahora a su origen vegetal. Deja, ¡oh, bosque ancestral!, que el hombre crepuscular se columpie bajo tu sombra admirable: es tu hijo que vuelve a casa.

Man

In Uncategorized on octubre 4, 2010 at 3:21 AM