Magazine del colectivo Quimera

Manuela cuento de Andrés Sánchez Redondo

In Uncategorized on octubre 4, 2010 at 3:21 AM

Manuela

Una vieja no puede estar nunca del todo sola: no la dejan sus fantasmas, sus sombras, el monstruo de su voz que ya no es más que la voz de otro. Espectros de ella misma la persiguen por los espejos, por los aparadores tintineantes. Una vieja inventa padecimientos para poder ver una vez más los párpados indulgentes, la mano amiga que acerca un depresor o un fonendoscopio, una vieja miente para obtener el abrazo dominical de un nieto, que sabe más que ella de embustes. Una vieja tiene perros o gatos y un gran bastón en forma de interrogante con el que aterroriza a su propia risa, o a los duendes sardónicos del almanaque. Yo no quiero ser una vieja, por eso me he comprado la radio. Bueno, en realidad la he mangado del hiper, así tan ricamente, porque nadie va a meter mano en los ijares de una vieja friolera. Y es que la radio es un simpático exorcista. Ahora mis cansados pies no se hunden en la neblina de medianoche: bailan ligeros sobre las baldosas, como espumas de una lejía inverosímil. La radio tiene la forma de una plancha, me refiero a la base de metal por donde sale el vapor, pero también tiene molduras y oropeles de pórtico de catedral, aunque es una radio moderna, fabricada en la China, que imita a las viejas radios de galeno.

Algunas músicas pertenecen al reino de lo vegetal. Wagner, por ejemplo, es el demiurgo de los bosques. Esas trompetas que preconizan un estremecimiento de helechos, un desbordamiento de musgo, un esplendor de robles y sicomoros, una gloria de pájaros en las frondosas copas, una saturación de los frescos arroyos. Imaginas la batuta mágica y ves los prodigios crecer en la nada, y mientras humedezco con el atomizador los crisantemos que holgazanean en el alfeizar, parecen felices, alegres y coloreados fragmentos de partituras en los que indiscretamente lee un rayo de sol.  Yo tengo siempre la radio muy alta, así no escucho más que lo que quiero escuchar. Salvo los domingos, cuando vienen mis nietos a lomos de no sé qué caballo del Apocalipsis, y desarman durante unas horas el universo en el que yo no soy yo, y vuelvo a ser una vez más una vieja que hace aparecer caramelos en la mano que tiembla como una imagen en un estanque.

Y pasa que ya hay pocas sintonías donde escuchar buena música, porque la juventud lo ha impregnado todo con sus ritmos frenéticos. A veces encuentro algo de folclore, y entran las dulzainas y los tambores en mi casa como si entrara una comparsa, y no tengo más remedio que abrir un vino y cortar algo de chorizo y algo de queso. Y me como yo esas viandas, pero es como si se las comiera la gente del pueblo, porque al poco no queda nada ni en el plato ni en la botella. Y entonces me digo, ahora sería bueno ir al ambulatorio y explicarle al doctor ese de los párpados colgantes lo de la vesícula y lo del runrún en el vientre, pero no lo hago, claro, porque es sólo una broma que me digo. Y luego cojo la escoba y me pongo a barrer un confeti que yo sé que no existe, pero que es como si estuviera recogiendo los restos de una felicidad para reaprovecharlos, como en la posguerra, cuando algunos hombres recogían las colillas de los cigarros que habían fumado otros.

La radio estaba de oferta, al fondo de un pasillo, allí donde las viejas pueden meterlas rápidamente bajos los chales. Esos laberintos  donde las viejas circulan con los carritos como cansados minotauros. Pero yo no soy una vieja: tengo mi radio y siempre la estoy escuchando. La música, no las personas. Las personas nos envejecen. Nunca escucho a las personas. Aunque algunas músicas son estrictamente humanas. El fox-trot es la música ideal para abrir un balcón en la cegadora mañana de un sábado, para afeitarse  minuciosamente, la cara sepultada bajo la espuma, entre sonoras ventosidades; y a veces he llegado a sorprenderme con la gillette en la mano, y me digo, riéndome para que el colmillo de oro tintinee en el espejo, me digo, ¿hasta dónde vas a llegar, vieja tonta y chocha?

Yo tengo siempre la radio muy alta, así no escucho más que lo que quiero escuchar. Salvo los domingos, cuando vienen mis nietos a lomos de no sé qué caballo del Apocalipsis, o los miércoles cuando voy al ambulatorio, porque claro, allí no voy a ir con la radio dichosa, y entonces no tengo más remedio que oír lo que no me apetece oír, y ese buen doctor, tan esmirriado y con párpados de enfermo, me retira el chal, me arrebata el chal, qué carajo, y me dice esas barbaridades e insolencias. Me llama, no se le ocurre otra cosa, señor Francisco, y su boca parece un crucifijo cuando dice ese nombre. Y luego dice que por qué me hago estas cosas, por qué me hago daño a mí mismo, dice, y que las cosas del cielo pertenecen al cielo, y que mientras nos quede un ratito en este valle de alegrías y calamidades, dice, lo mejor es que nos ocupemos de las cosas de este susodicho valle, dice. Pero yo ya no lo escucho, porque me estoy imaginando algo de Wagner, algo que seguramente no tiene nada que ver con Wagner, pero ahí suenan platillos y no sé qué tubas, y luego el chelo, que es como el vecino gordo que quiere poner paz y armonía en esa reunión de vecinos que es a fin de cuentas todo concierto, y entonces veo a través de la ventana como se doblan los plataneros en una especie de reverencia, y por encima de las copas una exuberancia de gorriones enturbia la atmósfera, y yo sé que en algún lugar de este dichoso mundo, o de cualquier otro dichoso mundo,  se está gestando un bosque, o quizás una selva, y hay grandes y nudosos troncos que brotan del suelo a cada golpe de violín y luego el follaje eclosiona como fuegos de artificio, y yo sólo soy una absorta espectadora, tan absorta que nada me importan las cosas del cielo o del infierno, las hostiles voces de las personas, los atroces caballos de la vida, los fantasmas y las sombras, y me digo a mí misma, ratificando mis palabras con un dedo gordo como un báculo, me digo, pues sí que has bien comprándote una radio, vieja tonta y chocha.

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